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La Ciudad

La científica que voló en zeppelin con premios Nobel

Florencia carga baterías en Claromecó

31|12|18 10:04 hs.

Por Valentina Pereyra


“Pasaba nueve meses en Moreno y tres en Claromecó”, cuenta Florencia Marchini y dice que tanto su familia como ella ya tienen documento claromequense. La química recibida en la UBA conoce la localidad desde que estaba en la panza de su mamá. Por eso, aunque nació en Moreno, se siente ciudadana de Claromecó. 

Su papá, Alberto Héctor Marchini, y su mamá, Marta Pardo, se jubilaron y decidieron vivir en Claromecó. Sus hermanos mayores, Mariano y Diego -quien también vive en la localidad balnearia- completan su familia cercana junto con sus esposas y seis sobrinos. 

Aunque actualmente reside en Paris, en capital federal vive con su pareja Ana Foi -quien es química- y sus dos perras Juana y Melva. 


Florencia (primera desde la derecha), junto a sus padres Héctor y Marta, y su pareja Ana Foi


Florencia Marchini está orgullosa de “ser la misma”, porque a pesar de haber volado en Zeppelin con varios premios Nobel, no se la cree. 

Estudió licenciatura en Química en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires y más adelante, realizó un doctorado en Ciencias Químicas. Actualmente hace un posdoctorado en el College de France en París. A los 31 años desarrolló -junto a su mentor y director del proyecto- un método para extraer litio de las salmueras de las salinas de la Puna argentina. Sin embargo, durante toda la charla deja en claro que lo más importante es tener los pies bien en la tierra. 

El encuentro de celebridades de la ciencia es organizado por una condesa sueca y se desarrolla en Lindau, Alemania. Volaron en Zeppelin y en una fiesta en un barco, bailaron “Despacito”


Para Florencia muchas experiencias por las que pasó son “surrealistas”. Es que en julio del año pasado, la química argentina de la UBA, ganadora del "Mentes brillantes" por sus investigaciones en litio, fue seleccionada para pasar una semana con 30 laureados en Lindau, Alemania. 

La investigadora voló sin escalas desde su Moreno natal hacia la elite de la ciencia mundial y, pasó sin que se diera cuenta, de atender el quiosco de Barlovento en temporada, a sacarse una foto con el “hombre de la ecuación”, como llamó a Rudolph "Rudy" Arthur Marcus, uno de los Nobel con los que se relacionó y bailó durante su experiencia en Alemania. 

No se siente turista en Claromecó, es parte del lugar. “Me conocen todos los comerciantes, siempre me encuentro con el chico que atiende en ‘La gallina’, que me servía el puré con crema que me gusta, cada vez que se lo pedía. Por eso siempre sentí pertenencia y confianza”, expresa. 

La casa que sus padres construyeron con enorme sacrificio está en la calle 46, cerca del Faro. Por esta razón, los primeros años de su niñez la bajada obligada era por esa zona. Ya adolescente, el interés la llevó a los balnearios más céntricos, el trabajo la dejó un tiempo en Dunamar, pero el placer lo encontró siempre en el Vivero y en andar a caballo.

“Es difícil decir todo se puede o siempre se puede -reflexiona-, porque las oportunidades no siempre son iguales y los obstáculos son distintos, te chocas mil veces contra la pared. Pero esos son factores que tienen que estar minimizados y los que tienen que maximizarse son el entusiasmo y la motivación propia. Una vez leí una frase que decía: ‘Si la voluntad existe hay mil recursos’”, destaca Florencia. 


En ese barco los premio Nobel bailaron "Despacito"


Tiene su origen en una familia trabajadora del Conurbano, que veraneaba en Claromecó en una casa construida con mucho esfuerzo y considera que fue la universidad pública, además de toda su experiencia -en parte gracias a su formación- y a un componente muy fuerte de curiosidad, por lo que terminó viajando en Zeppelin con los premios Nobel y bailando con una condesa “Despacito”, lo que describe como “algo surreal, que está buenísimo”. 

El Encuentro de Premios Nobel en Lindau nació en la Alemania de posguerra, a partir de la necesidad de reconciliar a sus investigadores con el resto de la comunidad científica mundial. En 1951, un comité organizador presidido por el conde Lennart Bernadotte logró reunir a siete Nobel de Medicina en la isla bávara de Lindau, frente al lago Costanza. El éxito inicial condujo, no sólo a ampliar los encuentros a premiados de todas las Ciencias Naturales, sino a hacer extensiva la invitación a estudiantes de doctorado y posdoctorado. El conde falleció en 2004 y quedó al mando su hija, la condesa Bettina Bernadotte. 

Hoy, estos encuentros consisten en reunir durante una semana en Lindau a unas 500 personas, entre jóvenes científicos de todo el globo, premios Nobel, científicos invitados, prensa, funcionarios y empresarios, para que interactúen bajo el lema "Educar, inspirar, conectar". 

Los Nobel 
“De repente estaba hablando con tipos que eran nombres de ecuaciones como Marcus, con el que tengo una foto. Es decir, me fotografié con un hombre que es una ecuación”, recuerda Florencia su experiencia entre risas. 

La química retoma la idea inicial de la importancia que tiene para los científicos la motivación y menciona a sus dos directores de tesis, a los que describe como sus mentores en la ciencia. Sin embargo, tampoco se olvida de su profesora de Química del Secundario, que fue la que le trasmitió la curiosidad y aprecio por el área.

“Está bueno volar, pero también tener los pies en la tierra, yo soy la misma de siempre, desarrollando la actividad en mi país, en París o donde sea”, insiste en su humildad. 

Cuando se abstrae y se ve en la situación en la que voló con premios Nobel en Zeppelin como una igual, Florencia considera la experiencia como “surreal”. Ese fue un premio que le otorgaron por ser uno de los mejores perfiles científicos en temáticas de energía. “Como para que se entienda que estar ahí es volar muy alto, tuve la fortuna de ser elegida junto con otros 14 jóvenes científicos y seis Nobel para subirme a un Zeppelin en Friedrichshafen, donde hay una sede de esa empresa”, escribió la química en una publicación de su autoría, a poco de realizar el vuelo. 


Florencia con Rudolph Marcus, premio Nobel de Química en 1992


Para llegar ahí sorteó un proceso de selección basado en sus antecedentes, su producción científica, sus actitudes, cualidades que agradece a la universidad pública. “No soy una iluminada, ni una mente brillante, simplemente tengo ganas de crecer y entusiasmo por lo que me gusta”, señala. 

Los Premios Nobel son científicos que llegaron a lo más alto de sus carreras. Por eso al conocerlos, la joven doctora pudo reflejarse en ellos; “compartimos el mismo entusiasmo, atravesaron los mismos obstáculos y problemáticas, cuestiones que de alguna manera nos acercan”, señala. 

Durante el mismo encuentro y una vez aterrizado el Zeppelin, hubo una fiesta en un barco de tres pisos en el que una banda alemana tocó hits multiculturales, incluido "Despacito". En el escrito de su autoría, Florencia describió a doctores y doctorandos bailando y haciendo trencito, “la condesa también”. 


Junto a Jean-Marie Lehn, quien obtuvo el galardón en 1987


La mujer científica 
Florencia analiza el lugar que tiene la mujer en la ciencia y dice que “en las etapas iniciales de la carrera del investigador científico hay un cincuenta y cincuenta de investigadores hombres y mujeres. Sin embargo, en altos cargos jerárquicos o puestos de investigadores superiores del Conicet, el porcentaje de mujeres es bajísimo, también en el comité directivo del ex Ministerio de Ciencia eran todos hombres”. 

Entre los fundamentos que dan lugar a estas estadísticas, señala que “el sistema científico se evalúa por productividad, que baja por la maternidad de las científicas. Es algo que no está contemplado, cuando -sin embargo- impacta directamente en esto”. Y reflexiona que “algunas cosas ahora están cambiando”. Florencia voló tan alto como el Zeppelin y tan lejos como su imaginación, perseverancia, sentido de la curiosidad y motivación la pudieron llevar.

Saltó del laboratorio de Exactas al del College de Francia, de su casa en Moreno a capital federal y todos los veranos a Claromecó. 

El mar, el aroma fresco de la costa y, hasta el viento, la traen de vuelta a la localidad. Claromecó es su lugar en este mundo, el que comparte con su familia y con Ana, al que regresa a sentirse Florencia, no la química, no la investigadora, no la que se codea con los premio Nobel, vuelve para encontrar a la niña, a la joven que va a “La gallina” a pedir puré con crema.