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La Ciudad

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Una tempestad solidaria para Maka

13|01|19 10:15 hs.

Por Valentina Pereyra


“Vino un cabezón de remera azul que no sé quién es y me ayudó”, le dijo Fernando “Maka” Morán a sus amigos a través de un audio de Whatsapp. La tormenta, el granizo, el tornado, nada fue tan fuerte como los lazos de amor entre Alejandra, Valentina, Martina, Catalina y Fernando. El abrazo que los fundió entre las lágrimas, los vidrios rotos, la puerta ventana estallada y alguna herida sangrante fue sanador, disipó cualquier miedo y los fortaleció ante la adversidad. “Vi que la pared temblaba, que se movía y salí corriendo para el rincón cerca del portón de entrada”, revela por primera vez Martina a sus papás quienes se sorprenden ante la descripción de su hija, y aparece nuevamente el pánico por lo que podría haber sucedido. Las piedras y el viento azotaron la vivienda de la familia Morán -en Hipólito Yrigoyen 1700- justo unos minutos después de que Alejandra saliera del taller rumbo a su casa para ver cómo estaba Catalina, que dormía en la habitación del matrimonio. 

Antes de eso, por consejo de su madre -que se encontraba en el galpón junto a la familia- cerró las ventanas porque parecía que se avecinaba viento. “Yo miré, pero como la pared del taller es muy alta no vi que estaba tan negro -cuenta Alejandra-y no terminé de cerrar las persianas cuando las piedras empezaron a golpear fuerte sobre la casa”. 

Los gritos de Catalina la llevaron hacia el cuarto donde dormía, intentó cerrar la puerta y el viento le arrancó la manija, luego estallaron los vidrios de otra abertura que da al patio interno y lo único que pudo hacer fue consolar a la niña. “No pasa nada, tranquila, todo va a estar bien”, le dijo Ale a la más pequeña de sus hijas. 


El 10 de enero fue el cumpleaños 38 de Fernando. El año pasado el festejo fue adentro del taller, este año al aire libre, sin techo y sin paredes, entre escombros prolijamente apilados, con la bandeja de pizzas arriba de los ladrillos rescatados del derru


Unos minutos después vio entrar a Martina ensangrentada y a Fernando con su sobrinita y Valentina -de 20 años- en brazos ya que voló de su silla de ruedas y terminó en el suelo en medio de las piedras y la lluvia.

“¿Dónde está Loreta?”, preguntaron las niñas a su papá que salió nuevamente hacia el taller y encontró a la perra Golden en una de las esquinas del lugar en ruinas, debajo de los escombros.

"No quería ni asomarme a ver lo que pasaba, no entendía que el portón caído en la vereda era el del taller o que las chapas que los vecinos encontraron a muchos metros de casa hacia la avenida (Aníbal Ponce) eran las nuestras”, recuerda Alejandra.

Un día después de la tormenta LA VOZ DEL PUEBLO visitó a Fernando que había pasado la noche en vela, yendo y viniendo de su casa al taller, desencajado y conmocionado todavía por lo ocurrido. Durante la entrevista contó todos los detalles del momento vivido, parte del relato quedó plasmado en un video que se publicó en la página web de este diario junto a la nota que también salió en la edición papel.   


“No quería ni asomarme a ver lo que pasaba, no entendía que el portón caído en la vereda era el del taller o que las chapas que los vecinos encontraron a muchos metros de casa hacia la avenida (Aníbal Ponce) eran las nuestras”, recuerda Alejandra


Solidaridad sin fronteras 
En Estados Unidos, Joe F -un joven tresarroyense- vio la filmación en la que Fernando contó su historia y rompió en llanto al recordar cómo se habían salvado sus hijas y sobrina de no quedar aplastadas por la mampostería que se desplomó como papel ante la inclemencia del viento. Conmovido por su relato, Joe se comunicó con su amigo Diego D. y ambos decidieron que la historia tenía que tener mejor final y que el sacrificio de la familia no podía volarse junto con las chapas. 

“¿Conocés al dueño del taller que se derrumbó con la tormenta?, le preguntó Diego D, a este diario y agregó, “con un grupo de amigos queremos ayudarlo”. A partir de ese momento todo lo que ocurrió fue veloz, efectivo y pragmático. 

Diego llamó a Joe, entre ambos concertaron un monto para llevarle a Fernando y esa misma tarde se concretó la entrega. 

“¡Sabés cuando fue la última vez que yo vi un dólar!”, le dice Maka a LA VOZ DEL PUEBLO en referencia a la ayuda recibida. “Fue en el ‘98 cuando era empleado del zorro Cattáneo y nos tiraba 100 dólares que eran 100 pesos. Hacía años que un dólar no pasaba por mis manos”. Diego D entregó su ayuda, pero Fernando no se dio cuenta qué le había entregado hasta que ingresó a su casa y lo compartió con su esposa. “No podíamos creer que pudiéramos arrancar tan rápido a reconstruir todo”, menciona Alejandra. 



Diego llegó al taller, se bajó, estrechó la mano de Maka y firmó en ese momento -sin percibirlo- un acuerdo de hermanos, de caballeros, de fierreros. “Lo vi entrar, no sabía quién era ni de dónde venía. Yo les dije a ustedes que no quería nada, que no iba a aceptar nada, no soy como otra gente que aprovecha estos momentos para recibir ayuda, a nosotros eso no nos sirve”, relata el pintor de autos con respecto a su encuentro con Diego. 

“Lo vi, no sabía de qué lado venía, hasta que me dijo que eran un grupo de amigos espectaculares que vieron una nota desde Estados Unidos y decidieron ayudar. No quieren decir quiénes son, por eso sólo a los de mi confianza les digo sus nombres. Acá no hay política, no hay nada, lo que hay son amigos nomás. Es más, después de hablar con uno y con otro nos dimos cuenta que somos todos conocidos”. 

“¿Conocés al dueño del taller que se derrumbó con la tormenta?, le preguntó Diego D, a este diario y agregó, “con un grupo de amigos queremos ayudarlo”. A partir de ese momento todo lo que ocurrió fue veloz, efectivo y pragmático


A Joe y a Diego se sumó al día siguiente Mario D -que vive en Europa y también es de Tres Arroyos-, Carlos M quien visitó el taller para colaborar desde su profesión con ideas para la reconstrucción y José A. quien puso a disposición la empresa familiar y aportó gran parte de los materiales a un precio muy conveniente para Maka además de donar otros. 

“No me crié pensando en que me den, mi papá nos crió de laburo, llegaba a casa a las 12 y almorzaba con nosotros -son seis hermanos- a las 12.15 ya salía en bicicleta a trabajar para otro taller. Mi viejo hacía kilómetros en bicicleta para darnos de comer, no nos faltó de comer, pero estábamos siempre al borde”, recuerda sus orígenes Maka. 

“A los 10 años ya ‘pintaba’ que yo iba a pintar, todos trabajamos, hasta mi mamá lijó en el taller, todos somos gente de trabajo y eso es lo que nos inculcaron en mi casa”. 



Manos a la obra 
La tercera vez que LA VOZ DEL PUEBLO llegó a la casa de Fernando lo encontró agachado haciendo un pozo para enterrar las columnas. Alejandra, sentada sobre una pila de 320 ladrillos -que ambos rescataron del derrumbe- cebaba mate a su esposo, mientras Valentina les hacía compañía y sus hermanas jugaban en la casa. “Esto que ves quemado acá no es de Claromecó -dice Maka y levanta la manga de su remera para enseñar las marcas del sol-, es del sábado y domingo que trabajamos todo el día para limpiar y rescatar los ladrillos que se pudieran”. 

En medio de los escombros increíblemente hay orden, “mi hermano y amigo Cristian Villalba me ayudó a apuntalar las paredes y viene todos los días a trabajar conmigo, se queda hasta la madrugada laburando acá”, explica Maka que una y otra vez lo menciona, al igual que al hijo de Villalba, Agustín. 


Volver a empezar para Maka Morán y su familia


Otra mano importante es la que les brinda César Núñez que “sin compromiso de nada” se ofreció a levantar con “Pochito y conmigo de nuevo el taller”. 

El pintor resalta la colaboración de la peña de Sebastián Tascón que son “los chicos del techo que me ayudan muchísimo y estuvieron desde el primer momento”.

Todo lo que recibió como donación del grupo de amigos solidarios lo llevó a un corralón de materiales y compró lo que necesita para reconstruir el galpón que albergará nuevamente al taller de pintura. “Todos esos chicos que aparecieron, ese grupo de amigos, me dieron una gran mano y Diego D es un loco hermoso que me entusiasma y me dice que vamos a poner los focos, vamos a mejorar el taller, increíble. Viene casi todos los días a verme y a planificar conmigo lo que vendrá”. 

Fernando describe la situación y sin rodeos dice: “Toda la ayuda me alivió muchísimo, hoy me encontrás mucho más contento, es mi cumpleaños y voy a poder festejarlo, entre escombros, pero sabiendo que seguramente voy a volver a levantarlo”. 



Empezar de nuevo 
“Lo principal es que las nenas y nosotros estamos bien. Lo material se puede volver a conseguir, hubiera sido muy feo que se lastimaran o pasara algo muy grave”, manifiesta Alejandra. 

“Nadie nos regaló nada, estos ladrillos los compramos nosotros y, ¡Mirá ahora, voy a tener un taller regalado!”, exclama Fernando. “Estos chicos me lo regalaron, el material me lo regalaron”, insiste.

“Esto es como un sueño, no puedo creer que estemos ya levantando todo de nuevo. El siempre decía que tenía que tener su casa y su taller antes de los 40 y con lo que pasó, parecía que nunca iba a ocurrir”, señala la esposa de Maka. 

El matrimonio trabaja para que las chicas no pasen por las mismas vicisitudes que ellos. Fernando también menciona a otra de sus hijas que no está presente en el lugar y dice: “Constanza es muy buena alumna y siempre queremos que estudien, trabajen y se formen como buenas personas”. 

El entusiasmo del grupo de amigos que se juntaron para colaborar desde Europa, Estados Unidos o Tres Arroyos es conmovedor, gente de buen corazón, solidaridad de la buena, preocupada para que Maka vuelva a pintar autos. Diego, Joe, Mario, José, Carlos, Pochito Villalba, César, los de la Peña de Sebastián Tascón, no dudaron, hicieron. 

El mejor regalo de su vida
El 10 de enero fue el cumpleaños 38 de Fernando. El año pasado el festejo fue adentro del taller, este año al aire libre, sin techo y sin paredes, entre escombros prolijamente apilados, con la bandeja de pizzas arriba de los ladrillos rescatados del derrumbe que causó la tormenta feroz del 1 de enero en Tres Arroyos. 

“El continuamente nos dio fuerzas -cuenta Alejandra-, nos decía que estaba todo bien y que lo material no era importante, una vida hubiera sido peor y nos quedó la casa, algo que no le pasó a otras personas”. 

Fernando aprendió a trabajar desde chico porque pasó su vida en los talleres, lo suyo no era el estudio, tanto que no terminó el primario, “aunque Alicia Hurtado me retaba para que aprendiera las tablas”, recuerda. Pero esto no invalida que sea un padre comprometido con la educación de sus hijas a las que les exige mucho. 

Emocionado agradece el oficio que heredó de su padre y empieza a contar una anécdota detrás de otra que arranca la risa de Valentina, que lo escucha atentamente. “Todavía hoy se acuerda Luisito Menna y otros del barrio cuando jugamos a la pelota contra el Fonavi Norte y le ganamos con tres goles que les hice con botas de goma, ¡hasta podría haber hecho un cuarto! Pero fallé porque se me salió la bota. Es que no tenía zapatillas, era enero y yo de botas de goma”, describe Maka parte de su infancia. 

El sueño de Fernando casi se había cumplido hasta que el 1 de enero la tormenta se lo llevó, pero los amigos de siempre, los de la Peña, los de los fierros y de la vida, más los otros, los solidarios, los que juntaron sus voluntades para ayudarlo, le hicieron el mejor regalo de su vida para su cumpleaños, le devolvieron su sueño.