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Más allá de las fronteras

13|01|19 12:13 hs.

El 12 de abril de 2017, Joel Faber salió hacia la ruta con una mochila y algo de dinero que había ahorrado “a ver qué pasaba”. Las palabras que pronuncia dejan en claro la idea de ir al encuentro de un mundo desconocido, totalmente diferente, tan interesante como incierto. Recuerda que “salí ni bien me recibí en enfermería”. 


Cursó la tecnicatura en la escuela que tiene su sede en el CRESTA. “Los últimos dos años de la carrera trabajé en el Hospital. Cuando logré el título estaba muy contento. Tres Arroyos es muy lindo pero quería algo más, conocer otros lugares”, señala. 

Por esta razón, decidió renunciar a su empleo y emprender el viaje. Sólo tenía el contacto de un conocido que reside en San Luis, “un amigo de un amigo, es de Tres Arroyos y estaba construyendo su casa en esa provincia”. Participó también en el inicio de la aventura Mariana Alarcón, una compañera de trabajo. “Ella viajó sólo una semana porque estaba de vacaciones, recorrimos un poco la provincia de Córdoba –comenta-. Me ayudó a salir, porque uno solo es más difícil todavía. Más que yo dejé todo para cambiar de vida. Lo hice bien económico, armaba la carpa al lado de la ruta y no necesitaba mucha plata para comer”. 


Mariana Gómez y Joel Faber en La Voz del Pueblo. Se conocieron en Salta en las vacaciones de invierno de 2017


A dedo, el primer día llegaron hasta Coronel Suárez. Luego ingresaron a la provincia de La Pampa y desde allí a Córdoba. Después siguió solo hacia San Luis, donde ayudó a construir la casa de su anfitrión en un campo. Recorrió posteriormente el norte del país; “en La Rioja estuve una semana, en Catamarca también, estuve unos días en la ciudad de Salta, luego fui a conocer Jujuy”, enumera. 

Por entonces, había acordado que sus padres Alejandro y Sandra lo irían a visitar. “Era ya el período de vacaciones de invierno, quedamos en encontrarnos en Salta capital. Me quedé como dos meses en un voluntariado, trabajé en un hostel a cambio de alojamiento y comida”. Allí conoció a Mariana Gómez, quien es salteña.

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Con dos amigas, Mariana partió el 16 de enero de 2016 de vacaciones con la idea de ir hasta Machu Picchu, en Perú, y regresar a Salta. “Juntamos re poca plata y dijimos vamos igual. Teníamos unos tambores, tocábamos y queríamos probar de tocar en la calle. Ibamos en un plan muy gasolero”, relata. 

En Bolivia, encontraron otros dos amigos y se dirigieron hasta Cuzco. Las vacaciones devinieron en un recorrido más extenso, sin fecha. Es que, cuenta sobre aquellos días, “nos dimos cuenta de que podíamos hacer plata tocando música en la calle y en los restaurantes. Nos quedamos un tiempo más, fuimos hasta Ecuador y seguimos por otros lugares”. Estudiaba Psicomotricidad, carrera que quedó inconclusa cuando le restaba cursar un año. 


En la isla Barú, Colombia. Un encuentro con la naturaleza


Sus amigas “fueron volviendo porque empezaban las clases. A mí me atrapó el viaje y quería seguir conociendo”. Estuvo en muchas ciudades de Perú y posteriormente permaneció seis meses en Brasil, hasta que regresó de visita a la Argentina. “Cuando ya me estaba por ir nuevamente, lo conocí a él”, dice mirando a Joel. 

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Están juntos desde las vacaciones de invierno de 2017. Hubo una coincidencia clara: “Ella se encontraba en Salta hacía cuatro meses, trabajando. Quería retomar la recorrida por otros lugares y yo pensaba salir del país para seguir con la experiencia que meses antes había iniciado. Nos conocimos, nos gustamos un poco -confiesa Joel con una sonrisa-. Y salimos hacia Bolivia”. 

Para él fue una novedad. Con sus padres, estuvo “alguna vez en Chile”, pero esto era distinto. Tras el límite, un nuevo territorio. Otra realidad, aunque no tan diferente. “En la frontera no ves bien la cultura de un país –argumenta-. Las ciudades que están en la frontera son distintas a los países, tienen su propia cultura. Todos hablamos el mismo idioma, el cambio es más gradual. Lo más concreto es que se usa otra plata”. 

“Siempre hemos tomado contacto con muy buena gente, nos acompañaron y recibieron”.


Reflexiona Mariana que “el nacionalismo no está bueno. Es muy separatista. Gente de Perú te dicen ‘los chilenos éstos…’. Pero ni se conocen. O piensan que nosotros odiamos a los chilenos, les decimos que no pasa nada”. En este sentido, Joel plantea que “en realidad es un problema de gobiernos de ese momento. La gente es igual, cambia un poco la comida, la música”. 

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En el inicio de la experiencia que compartieron por Latinoamérica, estuvieron “más que nada en el oriente boliviano, la parte de la selva, los alrededores de Santa Cruz de la Sierra, de ahí a Rurrenabaque”. Permanecieron aproximadamente tres meses y se trasladaron “en bus, porque en Bolivia es muy barato –explican-. Desde La Paz entramos a Perú”. 

Esta vez, Machu Picchu no formó parte del itinerario. “Ella había ido dos veces en su viaje anterior y yo estaba más en la idea de ir hacia donde me llevara el viaje –dice Joel-. Según el camino que siguiera el que pasa y nos lleva. No quería elegir un lugar”. 

Se quedaron en Arequipa, la segunda ciudad más poblada de Perú. Desde allí, “decidimos subir hasta el Caribe, pero rápido, para después ir bajando de a poco”. Cuentan que por entonces “disponíamos de poco dinero y dijimos con la última plata que tengamos nos vamos al Caribe. Llegamos en noviembre”. 

Antes estuvieron cuatro días en Ecuador y el paso siguiente, con más tiempo de residencia fue Colombia en lugares como Pasto, Cali y Támesis, un pueblo que les dejó muy buenos recuerdos. “Estuvimos como un mes. Había un chico argentino que estaba en un bar cocinando asado, con carne colombiana, pero usando la técnica tradicional argentina. Vendía mucho y nos invitó a quedarnos con él y ayudarlo a servir tragos. También hacíamos empanadas y las salíamos a vender; la receta argentina, nuestra forma de hacerlas allá no existe y tuvimos éxito. Fue nuestro primer trabajo oficial”, comentan y vuelven a sonreír. 


Tocando en un restaurante en Ipiales, Colombia


En el Caribe “sí es otra cultura, más afroamericana”, observa Joel. Pasaron las fiestas de Navidad y Año Nuevo, a fines de 2017, en Isla Grande, una de las Islas del Rosario. Realizaron un voluntariado, mediante el cual “uno trabaja de mesero y te dan alojamiento y comida. Es muy caro todo, para nosotros era la única forma de conocerla. Durante un mes la recorrimos a fondo, su pueblo, la gente. El agua es cristalina, los peces de colores”. 

Hablan en idioma español, pero “con un acento particular o usan palabras poco comunes para nosotros. Cuesta entenderlos”. Mariana agrega que “hay otras islas, pasando San Andrés, donde tienen su propio idioma. Una mezcla de francés con inglés”.  

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En Cartagena, Colombia, al regresar del Caribe, Joel recibió otra visita de sus padres. Destaca que “ahí fue que a mis papás les cambió un poco la cabeza acerca de que hacía uno cuando viajaba. Fueron al hostel donde nos estábamos quedando, lleno de chicos viajeros, la mayoría argentinos, también había colombianos, venezolanos. Gente como nosotros, que trabajaban el día a día. Se pusieron a conversar y vieron que era re buena gente”. 

Sobre las dudas razonables que genera la partida de un hijo, considera que “ellos quizás se imaginarían que en otro país te podés encontrar con personas malas. Siempre en nuestro viaje hemos tomado contacto con muy buena gente, nos acompañaron y recibieron”. 

El regreso hacia el sur transcurrió sin apuro, con tranquilidad. Dos meses en Ecuador, otro tanto en Perú. La estadía en Chile resultó más breve, porque estaban ansiosos por volver a la Argentina. En Salta, el reencuentro con la familia de Mariana se extendió durante más de un mes y el 28 de diciembre llegaron a Tres Arroyos. Hubo un aprendizaje. Animarse a cantar frente a la gente, pasar la gorra, tocar en restaurantes o colectivos. 

“Estar en movimiento te hace reinventarte todo el tiempo. Cantás, vendés artesanías, buscás la forma”


El con la guitarra primero eléctrica y luego criolla; ella con un tambor peruano y más tarde con un yembé, que su novio le regaló. “En Perú empezamos a dedicarnos a las artesanías –indican-. Tuvimos varios trabajos en el camino, todas cosas que fuimos aprendiendo”. Mariana valora que “vas ganando seguridad” y Joel asiente: “uno está más seguro, vas ganando firmeza. Me lo dio el viaje. Tenés desafíos, un día te falta el dinero, agarrás la guitarra, cantás y se soluciona todo. Uno con su familia está seguro, no vive esas cosas”. 

Ella entiende que “estar en movimiento te hace reinventarte todo el tiempo. Buscas la forma, cantar, vender algún alimento como hicimos con las empanadas, hacer artesanías”. 

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No tienen fechas establecidas. “Cuando nos eche el frío de Argentina seguiremos viaje- coinciden en señalar- Esto es como un descanso”. Porque la recorrida en otros países continuará. Eso así, antes retornarán a Salta. ¿Los destinos? “Uno piensa en México, también Europa. Está muy abierto el panorama”, dicen. 

Las alternativas son “el barco stop. Ayudar con el voluntariado. Son prácticas que existen”. En los últimos días del año que terminó, participaron con las artesanías en una feria en la Plaza San Martín. “Nos fue muy bien. A la gente le gustó lo que trajimos”, expresan con alegría. Joel tiene 24 años y Mariana 25. Disfrutan de un tiempo en familia, antes de volver a un modo de vida que los llevó a conocerse. Desde entonces, van transitando día a día un camino en común.