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"Locas por la Aventura"

La aventura de Kara, que sanó por desamor

03|02|19 14:29 hs.

Por Valentina Pereyra


Kara Marenque transformó el desamor en una nueva oportunidad para encontrarse y quererse. Fue otro amor, uno que no tiene dobleces. 

Es porteña, vive en Mar del Plata desde los 10 años y desarrolla su actividad empresarial en Buenos Aires. 

La historia que se narra a continuación no es una novela sino la misma vida de Kara, que aprendió a transformarse y se reinventó a pesar del engaño, la mentira y el sacrificio cotidiano, por lo que terminó con una úlcera a los 35 años. “No comía muchas veces porque decidía dejarles la comida a mis hijos, además de fumar hasta tres atados de cigarrillos y eso me enfermó”. 


Kara, contundente: “Durante años hice lo que pude, ahora hago lo que quiero”


Kara tiene tres hijos que cría sola desde los 29 años. Esta realidad la convirtió en una excelente vendedora de ropa ambulante, no quedaron oficinas públicas sin que las visitara y en las que no tuviera clientas. Durante treinta años hizo esta actividad hasta que comenzó otra historia, otra pérdida.

Kara es hija de papá desaparecido, tanto su mamá como ella sufrieron la ruptura de la familia en aquel momento y pasó de ser una nena de familia bien a otra desgarrada por la historia. 

“Desde muy chica estuve reinventándome“, explica Kara, que tuvo que “sobrevivir” por mucho tiempo. “Durante años hice lo que pude, ahora hago lo que quiero”, dice a modo de axioma como “frasecita de batalla”. 

Kara no tenía demasiado colchón sobre el cual caer, es más, no tenía margen para el relax, el descanso o el tiempo libre. Sus tres hijos la esperaban cada día para comer y eso implicaba vender, vender y vender sí o sí. “No sé si me gustaba hacerlo pero lo tuve que hacer”. 



El no amor 
Apareció en su vida un amigo de su infancia. Lo conoció a través de Facebook, “viste que las redes te traen todo aquello que después querés que se vuelan a llevar”, bromea Kara, que agrega, “pero esto estuvo bueno, siempre digo que lo que vuelve es porque uno no lo quiso sostener y volvemos a abrir”. 

La mujer plantea una interesante hipótesis: “Nos pasa a todas las mujeres cuando estamos aburridas recorriendo Internet, pero también está bueno y lo agradezco”. Kara no reniega de la red social, sólo de los “gusanos vanidosos”, como el que apareció 30 y pico de años después de que finalizaran la escuela, lugar en el que Kara confiesa le hacía bullying, algo que “después Claudio -así el nombre del protagonista- me lo hizo a mí”. 

El hombre vivía en Puerto Rico, se había separado de su esposa por lo que solo volvía a Mar del Plata a ver a su madre e hija que residen en esa ciudad. “En las relaciones a distancia, idealicé mucho lo que iba sucediendo, me pasaba -como a otras mujeres- que necesitaba ese: ‘¡Hola, buen día!’, es decir, una oreja, más que una persona que me escuchara. Por eso Claudio me saludaba y yo inmediatamente le narraba toda la historia del día”, cuenta Kara. 

La charla virtual se fue dando y los tiempos de conexión fueron muchos, sólo se veían una vez al año, cuando Claudio viajaba a ver a su familia. Pero a poco andar y con “la necesidad de tener algo ahí”, Kara sigue sosteniendo que “la relación hacía agua por todos lados porque cada vez que volvía a Puerto Rico desaparecía de todos lados”. 

Kara siente que su historia es la de todas, “el éxito de Locas por la Aventura es que nadie se pierde el disfrute, se trata de pasarla bien cuando tanto la remaste”. 



Ir a Puerto Rico 
Kara sospechaba que Claudio tenía una historia con otra mujer en Puerto Rico, pero “tenía que verlo, tenía que saberlo yo”, estaba cansada de esos reencuentros y pérdidas constantes por lo que la decisión llegó casi por obligación. Iba a ir a Puerto Rico a pesar de la negativa de Claudio y de todas las trabas que puso al respecto. Un día, volviendo de Buenos Aires con su auto cargado de ropa para vender, se dijo y le gritó al mundo que, aunque fuera sordo, podía oír su determinación: “Ya no iba a incorporar un nuevo desaparecido a mi vida”. Comercialmente fue muy prolija con la inscripción en el monotributo y con sus impuestos pudo tramitar la visa que le otorgaron por diez años. 

A los 47 años empezó a tener ataques de no querer seguir haciendo lo que le daba de comer, a pesar de saber que era necesario para subsistir, sabía que tarde o temprano dejaría la venta ambulante. El mismo año en que sacó la visa no pudo viajar, pero sí juntó la plata para hacerlo al siguiente. En trece días logró salir hacia a Puerto Rico y con el aéreo en mano le envió un mensaje a Claudio que le dijo: “Si venís me voy a enojar mucho”, algo que Kara desoyó y para nada le impidió seguir con el plan interno que había ya dispuesto su corazón y su razón. 

Tiempo después se enteró de que Claudio la había ido a buscar, pero ella dejó el aeropuerto por otra puerta y nunca lo vio. Con el auto que había rentado fue al Albergue Olímpico en el que trabajaba su pareja como entrenador de triatlón. Allí lo encontró y le pidió al menos alojamiento. 

A pesar de todo estaba feliz porque era su primer viaje al exterior, sola, sin sus hijos y a esa tierra tan maravillosa, no tenía “ni idea dónde estaba parada”. Claudio vivía en un lugar bastante feo, muy lejos del mar y de las playas y cuando lograron llegar le dijo “ahí tenés la cama, las cosas, agarró su ropa y se fue”. 

“Así que me fui enamorando del país que no conocía -sigue el relato Kara- a medida que me perdía, el mar transparente fue mi locura”. 



Una vecina de Claudio -María- se acerca a la casa que él rentaba y yo habitaba momentáneamento y me dijo: “Perdoname, pensé que eras Yolanda”, quien fue su socia y tras las palabras de la vecina, descubrí que también era su pareja. Hoy hice una muy buena amistad con ella, las dos dejamos a Claudio y nos quedamos con nosotras”, suelta la carcajada Kara. 

Fue la familia de la vecina de Claudio quien la ayudó a conocer el “Caribe de verdad”, así que comenzó el recorrido y la posta de lugares en los que vivían la hermana de María y sus amigos. 

En Aguadilla se enamoró del pueblo, por lo que agradeció el desamor que la ayudó a conocer otro amor que es Puerto Rico. “Claudio me buscó, tenía otro humor, pero yo ya tenía amigos en Puerto Rico y él no me interesaba”. 

Conocer el país 
Con base en la casa de Claudio, Kara se movía en un jeep viejo que no tenía frenos y perdía gasolina y así comenzó a recorrer todo el país. “No quería ni verlo, pero como no tenía dónde quedarme le usaba la casa como base”, se ríe Kara. 

Cuando empezó a perderse, encontró gente a la que amó en aquellos lugares que visitó, hasta que el último día, en Caja de Muertos -una isla- conoce a “su hermana de la vida” y termina -como lo muestra una foto en la que posa con tres yates detrás suyo- festejando con ella en uno de esos enormes y hermosos yates. 

Radamés -un amigo que tiene actualmente en Puerto Rico- fue quien le dijo que el país la necesitaba y que se lo estaba mostrando ese día en el que participó de la fiesta en el yate: “Te pasa porque sos una bendecida”, le dijo su amigo en esa oportunidad. 



Frances -que es su amiga y hermana- un año después la invitó a quedarse en un apartamento de su propiedad, “sabiendo que no iba a poder vivir sin ellos”. 

Fue en ese segundo viaje que conoce a Yolanda -la ex de Claudio- y a través de María, que las conectó, ambas se cuentan la historia y descubren que no necesitaban a Claudio para ser felices. 

“Con ella nace la idea de llevar gente a Puerto Rico porque Yolanda hacía eventos deportivos y la idea surgió así. Aunque esa primera inquietud no se pudo llevar a cabo, la tierra me fue diciendo qué hacer”. 

Kara decidió que amarse era lo más importante, ya había dejado mucho arriba de su auto mientras iba de oficina en oficina vendiendo ropa. Perdió a su padre en la última dictadura cívico-militar y no estuvo dispuesta a seguir perdiendo a más personas. Por eso, ni la crianza de sus hijos en soledad, ni el destrato de un hombre que no la amó -pero que el universo puso allí para que ella conociera Puerto Rico- la hicieron desistir de una lucha que hoy disfruta. Kara se volvió loca con ese país y su gente y ya no pudo dejarlos.