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Despejado

Opinión

Por José Eduardo Moreno

En el nombre del padre

17|02|19 09:55 hs.

No me arrepiento de lo que hice. Y los que hoy me denostan saben en el fondo que fue justo, que alguien lo tenía que hacer. Con este texto quiero contar la verdad de los hechos ante la avalancha de calumnias que circulan en los medios. Y a los acusadores de siempre les digo, yo no estuve en Hiroshima y Nagasaki, yo no manejaba el Enola Gay. 


En principio cabe decir que no fui el primero ni el único. Son conocidas las historias de atentados frustrados, como cuando le tiraron una bolsa de papas desde el faro. O el loco de Bellocq que, siguiendo un focus group que lo sindicaba como ícono de la villa balnearia, descargó su furia pueblerina y lo encaró con una Estanciera. 

No lo voy a responsabilizar a él, pero todo esto comenzó con mi viejo y su maniática obsesión por Beethoven. Nos paraba a mis hermanos y a mí contra la pared del fondo del patio, ponía sus discos y nos iba preguntando a que pieza pertenecía. Quien respondía mal recibía de inmediato un doloroso impacto de aire comprimido. 

Con alguna que otra secuela psicológica a cuestas llegué a la decisión de hacerlo y armé mi plan, a mi modo y con mis herramientas. Estudié por semanas todos los movimientos y encontré una oportunidad perfecta. Tenía que tapar los disparos con la avioneta y los tambores, el momento en el que todos confluyeran. Y tenía que ser discreto, un par de disparos y que vuele por los aires. 

Ese día busqué el fusil Mauser de mi viejo, lo metí en el estuche de la sombrilla y encaré mi destino con la certeza de que la historia recuerda los actos de justicia. Como amanece temprano, me enterré en la arena antes de las 5 am, con la ayuda de mi sobrino que venía borracho del boliche. Hicimos un pozo de un metro de profundidad, como una tumba. La cerramos con unas maderas, bolsas de consorcio y después lo tapamos con arena. Hacia el lado del mar hicimos un volcán con un agujero desde donde iba a divisar mi objetivo. Cuando me metí, mi sobrino la cerró por completo y me dijo con los ojos rojos de alcohol, "Hacelo por el abuelo", y se fue tambaleando. 

Las primeras horas fueron más bien aburridas, incluso dormí por ratos. La última, cuando desperté, una familia de más de 20 personas estaban sobre y alrededor mío, con reggaeton y trap fuerte, y un obsceno despliegue de facturas, bizcochos, churros y sánguches de milanesa. Además de un gran desconcierto, me dio mucha hambre.

Intenté no desesperar y me concentré en los huecos de visión que dejaban los cuerpos y las cosas. La playa se había llenado y la posibilidad de un disparo limpio era casi imposible. Cuando lo revivo me pregunto qué fuerza me sostuvo. Tal vez el recuerdo de esa música atormentándome en pesadillas. O el "TE AMO" a mi primer amor que nunca se escuchó por su culpa. O los años viendo familias gritándose, violentándose; amenazando la propia armonía social. 

La presencia de la familia, si bien inquietaba, también me entretenía. Vi retazos de tres partidos de tejos, el último de los cuales terminó con agresión física y un tejo impactando en la nariz del abuelo Ramón, al que le pararon hemorragia con dos chizitos. También vi pasar innumerables veces la ignominiosa frontera que separaba los glúteos de quien aparentaba ser el padre de familia, una línea oscura y vellosa, una gata peluda provocativa y amenazante. 

Cada movimiento, cada reacomodamiento de la familia, podía significar el fin de la operación. Pero mantuve la calma. Por obra de la providencia, de pronto se dibujó un pasillo entre el gentío y tuve una visión casi perfecta hasta la orilla. Pero el alivio fue fugaz, porque en ese momento reparé en otro problema axial de mi plan: la estúpida y sensual luna y su implacable poder de atracción. 

El agua empezó a filtrarse por las paredes del pozo a medida que la marea avanzaba. En media hora el agua había superado la mitad del nivel del escondite. Las paredes iban cediendo y se volvía cada vez más real la posibilidad de morir sepultado allí. Como si eso fuera poco, en ese momento se escuchó la voz de Mirko, uno de los nenes que invitaba a hacer un canal que llevara agua al volcán. 

Mis nervios despotricaban y tensaban las pocas cuerdas de templanza que apenas los maniataban. En la desesperación prendí un cigarrillo para mostrar que el volcán estaba activo y así disuadirlos. Pero el humo sólo inundó mi guarida y lo poco que salió a la superficie se confundió con un Particular que pitaba furiosa la tía Mabel. 

Con el agua casi llegando al mentón y el aire irrespirable, cuando todo indicaba que era el fin, los astros iniciaron un caprichoso alineamiento. Primero se escucharon los tambores, que avanzaban como una tribu milenaria y tozuda, y enseguida el motor de la avioneta que iniciaba sus pasadas rasantes y homicidas. Finalmente, como la estrella que demoraba su ingreso, aparecieron débiles las notas inconfundibles de ese Beethoven modo sirena. Largué un sollozo de alivio y entre lágrimas y mucosidades, busqué con la mira a esa amenaza de la humanidad. 

Cada segundo que corría, el agua subía y las paredes se desmoronaban. La música aumentaba lenta y daba cuenta de su conocido "paso hormiga", de su sadismo intrínseco. El agua ya acariciaba mi boca y mi cuerpo estaba prácticamente sepultado. No había tiempo y mis párpados cayeron con el peso de la desesperanza. 

Fue en esa oscuridad resignada que apareció su imagen. Con sus ojos inmensamente celestes, mi viejo me miraba, sonreía y me decía, asintiendo con la cabeza, que sí, que había que hacerlo, que se fuera todo a la puta que la parió. Como Luppi, pero mejor. Sonreí con la boca llena de agua salada, tosí un poco de arena y con el último hálito, abrí mi ojo derecho, fijé la mira y disparé. 

Lo que pasó después es de público conocimiento. La garrafa estalló y con ella la pecera. Los pochoclos volaron por el aire como un enjambre de abejas albinas en libertad. Hubieron gritos y corridas, llantos y carcajadas demoníacas. Los chicos juntaban los pochoclos del piso y los comían con arena. Los mayores aprobaban argumentando la riqueza de hierro ingerida. 

Mi escape no fue el que esperaba. Salí jadeante de las entrañas de la arena como una mezcla de zombie y cangrejo. Si bien la atención estaba puesta en la explosión, no pasé desapercibido del todo y nunca faltan los delatores viscerales. Con todo el cuerpo dormido, mi huida era la de un anciano con gota y coma alcohólico. A los pocos metros sentí el tackle de uno de los guardavidas y enseguida otros dos se me tiraron encima, frotándome sus cuerpos sudados cubiertos con diminutos slips rojos. 

No sé si estuve bien. Quizás fue exagerado. Sobre todo pensándolo desde dónde estoy ahora, como lava tupper oficial honoris causa del pabellón 3 de Sierra Chica. Pero sí tengo una certeza, es que en algún lugar, en alguna dimensión, mi viejo y Ludwig sonrieron aliviados y, probablemente, se tomaron algo juntos.    

Por José Eduardo Moreno