Sociales

La historia de Enzo Acosta

"El tambor es mi vida"

24|03|19 02:13 hs.


Por Alejandro Vis

Fotos de Leny Vis

Todo nació en un almuerzo, con una frase que Enzo Acosta recuerda de esta manera: “Papá, quiero tocar la música”. Su padre Néstor solía hacer percusión con los dedos en la mesa y atinó a preguntarle a su hijo de cinco años: “¿Qué cosa de la música?”. Poco después, Enzo empezó a estudiar percusión. 

Por supuesto, no hubo en esta situación nada de casual. Néstor Acosta era bajista, así como tocaba la guitarra y otros instrumentos. Enzo tomó clases con un profesor, Sergio García, durante un año, y luego –tras un paréntesis-, otros dos con Gonzalo García, alumno del Conservatorio. “Mi papá habló con Facundo Medina, profesor de percusión, y envío a Gonzalo García para que me de clases particulares. Ya encarando la música desde el lado académico, en cambio mi viejo siempre fue de oído”, relata.  Con nueve años de edad, pudo ingresar en el Conservatorio y continuar allí la formación. 

Su hermano, un año más chico, también es músico. Estudió guitarra en forma particular, posteriormente en el Conservatorio, y además toca el piano. “Hace unas obras de Piazzola que te vuela la cabeza”, destaca Enzo. Eligió, sin embargo, otro camino y se fue a vivir a Tandil para realizar la carrera de Ciencias Físicas, una disciplina que “le venía gustando desde hace muchos años”. 

En la casa familiar, el ritmo, las canciones y melodías tienen un espacio asegurado. Es que además su madre Laura Inés Ostiz “es fanática de la música”. Enzo cuenta que “ella no toca, pero le estoy dando algunas clases para que pueda hacerlo si quiere”. 

Hay que remontarse incluso a una generación anterior, porque el abuelo paterno, José Acosta, “era músico, guitarrista. Conocido acá en Tres Arroyos. Cantaba folclore”. 

Enzo tiene 19 años y vive con su madre. El papá Néstor, que vio con satisfacción cómo aquel pedido que le hizo el pequeño de cinco años se pudo hacer realidad, falleció en agosto de 2018. 

En el Conservatorio, Enzo cursó los seis años básicos y parte del profesorado en instrumento de percusión. “Mis viejos se separaron y hubo muchos problemas económicos, a los 13 años empecé a dar clases particulares, desde entonces no paré –comenta-. Por el laburo, me llevó más tiempo hacer el primer año de la carrera y cursé hasta la mitad del segundo, luego dejé. Surgieron oportunidades más vinculadas a lo popular, me sumé al proyecto Puentes en la Infancia en el CIC de Olimpo y en el Barrio Municipal”. 

 Junto a Ezequiel Coronel, a quien define como “mi hermano del alma hace un millón de años”, integran una escuela de percusión y trabajan en Tres Arroyos y la región. Cuentan con grupos de alumnos en Tandil, Gonzales Chaves, San Cayetano. 

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La posibilidad de dar clases de violín, bajo y batería lo hizo sentir bien. Descubrió que “me gusta el tema de la docencia, enseñar y poder compartir lo que yo sabía”. 

Se encontraba dedicado a esta actividad cuando recibió un llamado desde la Secretaría de Desarrollo Social, con una propuesta laboral; “me convocaron al proyecto Puentes en la Infancia en Olimpo, ni lo pensé y acepté. Yo me había acostumbrado a estar en mi casa, llegaba un alumno, le enseñaba una hora, me pagaba y se iba. Esto fue un cambio rotundo en mi vida”. 

Percibe que tuvo un crecimiento personal y al pensar en las razones, señala que “fue mucho por Puentes y por el laburo en los barrios. Primero el samba reggae me cambió la personalidad, después desempeñarme en los barrios modificó mi cabeza acerca de cómo encarar la vida. Mi relación con las personas, con mi familia, fue muy fuerte”. 

Es una experiencia que lo conmovió, modificó su eje, lo ubicó en otro lugar. Forma parte de un equipo, sobre lo cual subraya que “gracias a Dios me tocó un grupo de laburo hermoso, que están todos en la misma para ayudar y darle a los pibes lo que no tienen”. En Desarrollo Social, le propusieron igualmente ir al programa Envión, si bien finalmente no se incorporó. En forma paralela a los talleres en el CIC de Olimpo, brindó samba reggae en el Barrio Municipal. 

Disfruta del encuentro con los chicos y adolescentes, “poder ver a los pibes. Con el tiempo conocí y me di cuenta la manera de comunicarme, cómo tratar con ellos, hoy en día es mi segunda familia”. 

Con satisfacción, expresa que “acá lo que más se toca en cuestión batuque es samba reggae y fue a raíz de nosotros. Fui a Olimpo, al Municipal, Ezequiel ha trabajado en El Parquecito. Esta movida va llegando a distintos lugares”. 

Reconoce que a veces, en el barrio, “no te dan bolilla”. Más allá del afecto, del encuentro. Dice que en tales circunstancias, “agarro el repique, empiezo a tocar, se acercan y salen tocando. Alcanza con una mirada, hay una conexión, ahí empieza lo lindo me parece a mí”. 

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La evolución musical de Enzo tampoco es casual o consecuencia únicamente de su capacidad como artista. La disciplina al momento de sentarse a estudiar es fundamental. 

“Aparte de todo lo que hacía, tenía una rutina en mi casa. Después la dejé medio de lado por un tema de edad, del boliche, me duró un año y pico hasta que mi cabeza me dijo ‘¡No, pará! Estás desperdiciando tiempo’. Hace un año y medio que estoy haciendo una rutina de estudio de cinco horas por día y cuando puedo, siete”, explica. Lo académico más la calle, la preparación formal que confluye con las vivencias que lo enriquecen en Olimpo y el Barrio Municipal. 

Otras puertas se abrieron poco a poco. Pudo tocar en el grupo de percusión Cafundó, de la capital federal, en Niceto Club, y lo contactó César Bongiovani para la Fiesta del Trigo. “Son posibilidades que se presentaron supongo yo que por la forma de tocar y por lo que me dieron los maestros con los que estudié”, observa. 

La actuación con César Bongiovani y Nito Inal surgió a partir de una invitación que lo sorprendió. En este sentido, manifiesta que “primero se comunicó conmigo el productor José Luis Rodríguez. Me dijo que ellos venían de gira y no habían podido trasladar instrumentos. Fue una locura, porque recorrí todo Tres Arroyos, pero terminé consiguiendo dos congas con los pies, timbal, accesorios, campanas, platillo. Después me dijo, ‘Bongiovani te quiere invitar a tocar tres o cuatro temas, porque le hablaron bien de vos’. Yo no lo podía creer. Pensé, si son de Neuquén estos tipos ¿cómo me van a conocer?. Esta conversación sucedió cuatro días antes del show”. 

Dos días más tarde, recibió un mensaje por whatsapp del saxofonista, con un agradecimiento por haber conseguido los instrumentos y la invitación a participar durante todo el recital. Enzo afirma, con énfasis: “Después de 14 años haciendo música, llega una retribución así y decís valió la pena”. 

La primera conversación entre ambos fue musical. Lo llamaron para la prueba de sonido y en forma previa, armaron los instrumentos en el camarín; “nos saludamos, ‘hola, ¿cómo estás?’ y tocamos unos cuarenta minutos. Terminamos y empezamos a charlar. Se quedaron súper contentos y me sentí halagado porque se refirieron al buen nivel musical que hay en Tres Arroyos”. 

A modo de ejemplo, puntualiza que “tuve el placer de tocar dos veces, en la Fundación Campano y en La Estación, con Hugo Fattoruso”, un referente uruguayo del candombe. “Se quedó chocho. Y dijo que el nivel de candombe y percusión que hay en Tres Arroyos no lo vio en otros lados”, recuerda. 

Cuando era chico, solía ir con su hermano y sus padres a ver a Bongiovani en la Fiesta del Trigo. “Nos encantaban las locuras que hacía, ir de acá para allá con el saxo”. Reflexiona que estar sobre el escenario, con el mismo intérprete que tantas veces vio como espectador, “fue como un saludo a mi viejo, hoy que ya no está. Decirle ‘che, logré hacer esto’”. 

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Enzo y Ezequiel quieren partir en diciembre para radicarse en la ciudad de Buenos Aires e integrarse a la escuela de samba reggae Cafundó. “Allá está nuestro maestro, vamos una vez por mes a capacitarnos. Tienen una banda reconocida que está haciendo giras por España, Uruguay, México y Chile. Yo laburo en realidad para juntar la plata e irme a estudiar allá; pegamos mucha onda y en una cena, los dos directores generales fueron muy claros: ‘no les estamos diciendo que se vengan a Buenos Aires, pero en el caso de que lo hagan tienen lugar en la banda Cafundó y en la escuela”, señala Enzo con entusiasmo. 

Retrocede en el relato algunos años y describe un sentimiento muy personal. “Cuando mis viejos se separan, tuve un momento muy complicado con mi salud, de la única forma que podía descargar y sacar todo era a través del tambor. Necesitaba liberar de alguna forma”, confiesa. 

Lo movilizó un festival de percusión organizado por el Conservatorio y Facundo Medina, al que fue invitado el director general de Cafundó, Ezequiel Szusterman. “Enseña samba reggae. Me hizo un clic en la cabeza, con Ezequiel empezamos a armar esta movida. En un momento éramos 60 personas tocando, tuvimos el grupo Bom Batuque, actualmente la escuela Combo Afro. El problema de salud lo descargué primero con el candombe y luego mediante el samba reggae”. 

Es un género que nació en Salvador de Bahía, Brasil. Hacia allí viajó Enzo el 8 de febrero y permaneció veinte días para “estudiar esto en la cuna. Pude ir, obviamente rompiéndome el lomo. Allá mismo hice la promesa de no dejar jamás la música”. Además de la diversión y la alegría, el sentido de su origen es “sacar a los pibes de la calle, con una finalidad social, no solamente curtirlos como músicos, sino formarlos como ciudadanos”. 

No duda al afirmar que “el tambor es mi vida” y tal como le ocurrió personalmente, al trabajar en los barrios siente que “en los chicos y chicas empieza a haber como una cuestión de descarga en el tambor. Cuando los vi en la misma situación que yo dije ya está, esto es lo mío”. 

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 Enzo lleva la percusión en su identidad, en el ADN. Ritmo, movimiento y también inclusión. Un apellido y el legado de su abuelo y su padre. Es clave la columna firme que significa su madre, que “todos los días se banca los ensayos en mi casa, no le molesta para nada, al contrario está orgullosa. Cuando han venido maestros, les dimos hospedaje y hasta dictaron clínicas en casa. Fue el motor más grande, junto con mi hermano”. Reitera su agradecimiento y con convicción, concluye: “Nunca fui creyente, pero la música me provocó un cambio profundo”. Se acomoda la gorra y sonríe. Es presente y futuro. Vive, proyecta, sueña con todo lo que vendrá.                               

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