La Ciudad

Día de la Memoria

“Carlitos era un líder natural”

24|03|19 09:52 hs.

“Esa noche, la que se lo llevaron, jugamos contra Estación Quequén. Y con Carlitos hicimos dupla en la defensa. Porque él jugaba donde lo pusieran. Me acuerdo que ese equipo tenía un 9 tremendo, el Grandote Díaz, y con Carlitos nos turnábamos para marcarlo”, recuerda Ricardo Mayer sobre la porción amigable de aquel martes 2 de febrero de 1977. 


“Después de ahí nos fuimos a comer y nos despedimos como siempre. A la mañana siguiente nos enteramos lo que había pasado. Fue algo durísimo”, agrega el Rusito sobre lo ocurrido en la oscura ya madrugada del miércoles 3. 

La enfermera María Rosalía Fernández encontró abandonados a un chico de tres años y a una beba de sólo cuatro meses en la puerta del Hospital Pirovano. Eran los hijos de Carlos Rivada (tenía 27 años) y su esposa, la chavense María Beatriz Loperena. 


Carlos Rivada


Del matrimonio nunca se supo más nada. “Carlitos tenía una Fiat Multicarga roja que había comprado hace poco, y que no apareció más. Se la habíamos vendido en la agencia de Bottino, porque yo trabajaba ahí”, agrega Mayer. En esa Fiat roja, Rivada llevó hasta su casa a Bartolo Flores, el arquero de Huracán en ese entonces. “Con Carlitos pasamos a buscar a mi mujer y a mi hijo que tenía meses, y nos alcanzó hasta la quinta donde vivíamos. Ya eran más de las 12 de la noche, él se fue para su casa”, comenta Bartolo, uno de los últimos -sino el último- en ver a Carlos.

“Carlitos era un líder natural. Era tremendo, mandaba, organizaba, tenía pasta para eso. Un gran muchacho”, asegura Mayer. “Siempre fue un delantero con desborde, muy completo, que además jugaba para la selección de Tres Arroyos. Era uno de los mejores de la época. Y muy buen tipo”, cuenta Carlos Azurmendi, quien además de jugar en Huracán con Rivada, compartió las inferiores en Villa del Parque.


Rivada con el seleccionado de Tres Arroyos enfrentando a su par de Azul. El tres de los visitantes era Claudio Pandolfo, quien jugara con Carlos en Huracán


Búsqueda 
Su padre Héctor “Chivo” Rivada radicó la denuncia en la Comisaría 1ª de Tres Arroyos el 4 de febrero de 1977 -que quedó caratulada como privación ilegítima de la libertad y hurto, ya que a Carlos le robaron su camioneta Fiat multicarga- y, desde ese día, no cesó de buscarlo por todo el país. 

Se entrevistó con autoridades militares y navales, les cursó telegramas al dictador Jorge Rafael Videla y a su ministro del Interior, Albano Harguindeguy y hasta le envió una carta al cardenal Raúl Primatesta. 

El 4 de julio de 1982 y sin haber conseguido ni un dato sobre el destino corrido por su hijo y su nuera, Héctor falleció. En los archivos de la Conadep, Carlos Alberto Rivada figura con el número de legajo 4345 y la inscripción de que nunca pasó por un centro clandestino de detención.  

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“Baldosas para un wing”
“Baldosas para un wing”, es un cuento en el que Ariel Scher hace referencia al talento que tenía Carlos Alberto Rivada como futbolista, pero también a los tiempos de violencia por la dictadura y “el paso de la barbarie”.

“En una baldosa, en el espacio de una baldosa, Rivada se sacó de encima a un adversario durante el partido del 2 de febrero de 1977 que lo puso enfrente del campeón de Necochea, Estación Quequén. Jugó de wing derecho como cada vez y jugó para Huracán de Tres Arroyos como cada vez, pero la existencia no era la de cada vez. Las baldosas de la Argentina, el país en el que Rivada se había construido como futbolista, como militante, como ingeniero y como papá, temblaban por la barbarie y se hundían por el peso de la dictadura. Unas horas después de ese partido, en la madrugada del 3 de febrero, Rivada y su esposa fueron secuestrados en su casa del número 30 de la calle 9 de Julio. A Josefina y Diego, los chiquitos, también los secuestraron y los abandonaron en las puertas de un hospital de la ciudad. Una enfermera los rescató del abismo, un núcleo familiar les permitió crecer en el cariño. Y sobre un millón de baldosas caminaron de allí en adelante preguntándose por su madre, por su padre, por qué”, dice Scher en el relato. 

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“Deporte, desaparecidos y dictadura” 
Así se llama el libro escrito por el periodista y escritor Gustavo Veiga, la obra que compila y reconstruye las historias de los 39 deportistas desaparecidos durante el gobierno de facto entre 1976 y el 1983. 

"La lista se reproduce a partir de testimonios de familiares, amigos y compañeros de equipo. Todos estaban federados y la mayoría compitió en el nivel superior de su respectivo deporte. Es muy posible que esta nómina tenga alguna omisión involuntaria”, aclara el autor. 

El periodista y escritor Gustavo Veiga lleva más de 30 años investigando y escribiendo en distintos medios gráficos como La Prensa, Clarín, Crónica, El Periodista, Goles y El Gráfico entre otros. Actualmente trabaja en Página/12 y Un Caño. También ha escrito sobre el deporte y sus negocios sucios: Donde manda la Patota, barras bravas, poder y política (1998) y Fútbol limpio, negocios turbios (2002).