Sociales

Agustín Iriart

Entintando la Pampa

24|03|19 12:30 hs.

Por Valentina Pereyra


Una pluma -esta vez de chajá- adorna la larga cabellera que Agustín lleva recogida, imposible no detener la mirada en ella. Imposible que pase inadvertido, atraviesa la puerta del hogar donde se realiza la entrevista y todo cambia, algo se ilumina en el ambiente. En su cuenta de Facebook juega con su apellido que escribe “Iri Art” a modo de presentación. 

Agustín Iriart, “Chupito” como lo llaman sus allegados, es un gran ilustrador y por ahí dicen que un excelente músico, aunque no quiso hacerse cargo de esa nominación. Es un hombre que trabaja seriamente y vive intensamente. Todo a su ritmo, incluso cuando hace cuentas de tiempo, espacio o posibilidades ante algún evento o propuesta por venir. No sabe por qué tiene ese sobrenombre, sólo que su hermano lo bautizó así: “No tiene nada que ver con el trago mexicano -bromea-, creo que fue porque conjugaba mal algunas palabras”, cuenta e inmediatamente después reflexiona: “Es increíble que algunos sobrenombres reivindiquen falencias. Me acostumbré, pero no es ni serio”, explica entre risas. 

Nació en Chaves por una cuestión de infraestructura hospitalaria, pero es de De la Garma, lugar del que tuvo que “salir” para encontrar esa vocación que no vio hasta que otros la descubrieron por él. 

En Mar del Plata -vivió desde 1999- estudió en la Escuela Superior de Artes Visuales Martín Malharro -carrera que terminó en seis años- hasta que en 2009 se fue a vivir a Buenos Aires. “Me doy cuenta de que viajo todos los años terminados en 9, es como un ciclo de decimales que me marcan”, irrumpe cuando descubre la coincidencia que asocia a un nuevo viaje que hará a Francia este año. 


“Herida de napa”, un acrílico sobre lienzo (80 x 60 centímetros)


Buenos Aires le dio muchas oportunidades para su crecimiento cultural, pero al mismo tiempo fue una jungla intensa, muy diferente a la pampa que retrata en su Ultratierra. “Trabajé en la capital, en una editorial de Adrogué ilustrando, con compañías de arte y teatro, de teatro y danza, haciendo escenografía y siempre presenté muestras y propuestas culturales, dí clases y talleres en establecimientos de Mar del Plata y en Capital”, relata Chupito. 

La vocación 
Agustín siente que es ilustrador desde que tiene memoria. “Encontré una historieta -me la acercó mi hermana- que hice en el año ´88, cuando tenía 8 años, siempre dibujé, mi mamá dice que nací con un lápiz en la mano”. Y agrega: “La vocación es entender lo que te está picando y tomar la decisión de seguir”.

Asistió unos días a la Escuela de Dany Duel en Tres Arroyos cuando era chico, pero cuestiones presupuestarias le impidieron continuar. Por eso, afirma que aprendió a dibujar solo. Recuerda que en la escuela primaria, que cursó en De la Garma, “andaba a los gritos” diciendo que iba a ser dibujante y artista. 

Fue un adolescente “rebeldón” como se define. Hasta que en su camino apareció su amiga Romina Saver que llegó un día a su casa y le dijo: “Dejáte de pavear Agustín y andá a estudiar arte”. Esto, porque de chico se hacía -según su relato- el heavy metal, “una especie de mártir sin gloria”. 

Bastó esa sugerencia para que Chupito tomara sus bártulos y saliera rumbo a la Escuela de Artes Visuales en Mar del Plata. Sin embargo, Agustín no quiso ver que su suerte estaba echada ya desde hacía unos años. Fue cuando conoció a la artista Lucy Mattos. La escultora, que inauguró su propio museo con el objetivo de exhibir la totalidad de sus obras, presentar las de otros artistas contemporáneos destacados y otorgar un lugar para las nuevas promesas, fue y es determinante en la vida artística del ilustrador y dibujante. 

La conoció a los doce o trece años como jurado de los Torneos Bonaerenses. Fue ella quien lo indujo a estudiar arte cuando vio su obra, pero ante esa sugerencia Chupito “rebeldón” contestó: “A mí me espera el campo y el tractor. ¡Cómo si alguna vez hubiera trabajado ahí!”, cuenta y se mata de risa con el recuerdo. “El año pasado y en 2015 expuse en el Museo Lucy Mattos, algo impensado cuando la vi por primera vez”. 

Después apareció Romina que le presentó a la “Malharro” y lo invitó a estudiar. Tras el reto que le dio su amiga y luego de los Torneos Juveniles tomó la decisión de ser artista. “Crecí leyendo El Tony y D´Artagnan, a Jose Muñoz, a quien admiraba. 

De muy chico, tendría siete años, encontré en una enciclopedia el tríptico de ‘El Jardín de las Delicias’ de El Bosco el gran artista holandés ¡y no podía creer lo que tenía en la mano! Lo vi, me absorbió más que cualquier canción, me dio vuelta la cabeza me redimensionó. Lo mismo con El Tony -que llegaba muy poco a De la Garma-“, dice Agustín que usa estas palabras un poco para fundamentar su partida del pueblo, quería ampliar su espacio cultural, necesitaba hacerlo. 

Sin dudas Chupito estaba en una encrucijada, o atendía su necesidad o explotaba. “Mis padres me re-apoyaron en esto, por supuesto se sacaban un mono de encima”, vuelve a jugar con las palabras y la comicidad. 


“Proteger a la Pampa Niña”, tinta china sepia sobre papel (35 x 25 centímetros)


Nace el historietista 
Los padres de Agustín tenían un almacén y el fiambre lo envolvían en un papel satinado de un lado y áspero del otro, ideal para sus dibujos con lapicera Bic o lápiz, que dieron vida a la historieta “Peripecias de Petroché”. Creó un personaje al que le salía todo mal y era gracioso. Cuando la terminó, se subió a su bicicleta Aurorita y la llevó para que la vendieran en el quiosco de Carlos Rubén y Chola Crespo. Chupito siente que a esa edad -siete u ocho años- “estaba más avispado que ahora” y que para su asombro el día que dejó su historieta en el quiosco, Crespo le preguntó si la próxima entrega la haría semanal, quincenal o mensual y le explicó que tenía que traer historietas en el período que eligiera. “Me dio una llave, me enseñó a seguir la historia”. 

Agustín tenía ya en ese entonces una compulsión irrefrenable por dibujar, incluso cuando recibía a sus amigos a jugar en su casa se encerraba en el baño, bajaba la tapa del inodoro y se ponía a hacer dibujos. “De lo único que sufro abstinencia en esta vida es de eso”, asegura. Rubén y Chola -años más tarde- le contaron que todos los días pasaba con su Aurorita y se paraba frente a la vidriera a mirar el expositor donde estaba su historieta a la venta. 

Hasta que ocurrió la magia, “fui y ya no estaba la revista, me bajé y entré al quiosco. Sé que Crespo algo me dio, además me preguntó cómo iba con el resto del trabajo porque la persona que la había adquirido quería el número 2”. Entonces salió corriendo a buscar el siguiente ejemplar -que ya tenía hecho-, además de otros 10. “Ellos fueron quienes me dieron la primera lección gratis de lo que es el trabajo editorial de ilustración y artístico”. 


Agustín Iriart, en su “matera-atelier”, como cariñosamente define a su lugar de trabajo


Un verano, muchos años después -durante el receso de sus estudios- volvió al quiosco a preguntar por la identidad del comprador de sus historietas. Cuando llegó lo recibió Chola, quien ante esa consulta lo llevó a la habitación matrimonial y lo condujo hasta un baúl muy bien cerrado. Lo abrió y ¡allí estaban todas las historietas guardadas en nylon y bien protegidas! Agustín no tiene duda de que Crespo y Chola le dieron la llave mágica. “Me contaron que cada tanto las leían y se morían de la risa. Esa gente maravillosa, única, me invitó a afianzarme, a darme cuenta de que mis dibujos tenían que ver con destinos mayores de vocación, disciplina, amor por lo que hacés, me invitaron a saltar un umbral maravilloso”, expresa. 

Fue su primer trabajo real y el matrimonio de quiosqueros los primeros que creyeron en él. Ese mismo día, Agustín pidió permiso para tomar las historietas del baúl, se sentó en la cama de los Crespo y no pudo dejar de leerlas, luego las guardó prolijamente como estaban y las dejó en el mismo lugar. 

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La actualidad
El artista trabaja para editoriales de Buenos Aires y para el exterior, “me doy el lujo de vivir en una quinta donde hay una nutria, patitos, una lagunita con carpas, todo esto porque tengo clientes sensibles de mi arte”, explica. Cuando llegó al Museo Lucy Mattos la muestra de Joan Miró en 2013, apareció nuevamente la escultora en su vida. “¡Yo conozco a esta señora!”, le dijo Agustín al amigo que lo invitaba a la exposición. “Fue la que me insistió para que fuera a estudiar arte -continuó- y a la que le contesté que no, porque me iba a subir a un tractor”. 

Esta era una segunda oportunidad que no podía dejar pasar, entonces se animó y le escribió un mail que Lucy respondió. Para asombro de Chupito la artista describió la obra que presentó Agustín en los Torneos Bonaerenses en los que había sido jurado. En el mismo mail lo invitó a su Museo. “Es una artista que estuvo dos veces en el Carrousel du Louvre, una misionera y gran persona a la que le debo mi carrera. Me presta, me dona su curadora -Paula Potenzoni- que hace la curaduría, me contacta con gente, me tasa las obras”, explica. 

Para aquel primer encuentro personal con Lucy el dibujante no llevó su obra, por lo que la escultora “le exigió” que se la mandara. “Es un museo de la hostia, le llevé una obra, -“la doma”- unos bocetos, unos estudios, algunos escritos de la premisa que trabajaba y una tinta y media de lo que hacía. Me aceptó e invitó a realizar una muestra de medio museo”.

Agustín está seguro de que Lucy apareció en su vida para tirarle un salvavidas y fue la que lo convenció de volver a su pueblo. Para ella no tenía sentido que viviera en Buenos Aires mientras pintaba mulitas, peludos, chajás, teros, chimangos, cardos. “Volvé a la Pampa Húmeda. ¿Por qué no te vas y te armás una muestra? Andá, que tu mamá te dé de comer, andá a dar talleres, me dijo”, rememora en medio de risas. 

Regresó a De la Garma y se abocó a pintar para la muestra en el Museo Lucy Mattos que se llevó a cabo a fines de 2015. Comenzó a dar clases y como ganaba poco no tenía movilidad, por eso lo único que tenía que hacer era pintar. “Hice muchas obras en mi querida matera-atelier”. 

“Soy muy colgado, muy desdoblado, si pasa un águila gigante y me invita a subirme me voy y luego me acuerdo que tenía algo que entregar. Para esa muestra hice 14 obras. Volví a exponer en 2018, en las vacaciones de invierno, con mi amigo y colega Germán Genga. Cada vez que me vienen ideas a la cabeza las tengo que espantar como moscas porque hay que hacer cuentas de tiempo, de trabajo, de movilidad y son ideas que duran hasta dos años”, describe su trabajo. 

Es el único artista que expuso dos veces en el Museo Lucy Mattos, “para mí la cara de seco que tengo es tan graciosa que por eso me dejan exponer sin cobrarme”, vuelve a traer el chiste y la gracia a la entrevista. Agustín se bajó hace algunos años de su Aurorita buscando su destino. 

Lo encontró fuera de la jungla, cerca de la Pampa Niña. Chupito Iri Art traza la historia de su tierra que le duele y ama. Ya no sobre el papel que envuelve el fiambre del almacén de sus padres, ahora sobre lienzos, directo al Carrousel du Louvre y con la motivación de Lucy Mattos. 

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Exposiciones
En febrero Agustín Iriart expuso en el Museo San Marcos de Toledo de España y la devolución que recibió fue muy buena. “Fue una buena experiencia con muy linda repercusión”. 

 Asimismo lo llamaron a exponer en Paris y en Alemania a través de la Galería Gaudí para que los represente en esas muestras. “Me da miedo levantar el celular porque me invitan, pero no tengo plata, aunque está rebueno que me pase”, dice y otra vez risas. Alejandra Arrube le abrió las puertas de Europa, si bien en otra oportunidad había expuesto en Italia lo hizo en muestras más chicas. 

Poder participar del Carrousel du Louvre fue gracias a Mariela Ballesta y Diego Reale que son los que organizan la delegación que va a exponer. “Me invitaron con la posibilidad de ir. Exponer en Europa es muy difícil por costos y por apertura del mercado”. 

Ante la expectativa de ir a Francia el artista no sólo piensa en la experiencia profesional sino en la personal. Agustín se califica como un enfermo consumidor de obras. “Cuando esté en el Louvre y me siente a ver ‘las Meninas’ de Velázquez va a ser como ir a ver un recital del Indio Solari, porque me van a sacar muy estresado, en ambulancia. Soy muy fanático de la pintura” confiesa. 

Actualmente también trabaja para la editorial Loco Lectivo ilustrando libros y presentó el primer capítulo de Ultratierra -ocho en total, 120 páginas- “esta joda que armé la pasé a historieta y se publica en una revilibro que se llama HDP, Historietas de Política donde está José Muñoz, gente a la que admiro mucho”. 

Ultratierra tiene su propia música que compuso José Luis Lalanda -también garmense-, que vive en La Plata donde desarrolla su actividad profesional y artística. El profesor creó una música maravillosa para sus obras y esta aventura permitió que se graben CDs. 

En el Museo Lucy Mattos presentaron juntos la muestra con las composiciones musicales que la inspiraron y parieron al libro que nació de ambos trabajos artísticos. En septiembre esa misma exposición estará en el Museo Mulazzi en nuestra ciudad. La Ultratierra de Agustín es sonido, son acordes que flotan en el aire pampeano, reflejan en cada cuadro de su historieta todo lo que lo inspira y conmueve.