Interés General

DIA DEL PADRE

Un riñón que cambió dos vidas

16|06|19 00:35 hs.

Hace 24 años, Oscar Valenzuela le donó uno de sus riñones a su hijo y el trasplante fue sanador para ambos. A Diego le permitió realizar una vida plena y a su papá aliviar la culpa por no haber podido en su momento dar con el diagnóstico correcto y evitar el deterioro renal. “Si bien es una tristeza que me acompañará siempre, haber podido ofrecer la solución me llena de orgullo”, dice



Cuando se ríe mucho, Oscar siente algo parecido a un calambre en el costado derecho de la panza. Ya está acostumbrado a esa leve dolencia, y casi que la disfruta. Es síntoma de que la está pasando bien, y también es el recordatorio de que su hijo del medio, tiene una vida plena igual que sus dos hermanos. Ese tironcito es la única consecuencia física que le dejó haberle donado su riñón derecho a Diego. 

El próximo 29 de junio se van a cumplir 24 años del trasplante y apenas comienza la charla con Oscar, queda claro que esa intervención no sólo le cambió la vida a Diego, también modificó la de él, que siente que enmendó un error que había cometido en forma involuntaria y que le había costado la disfunción renal a su hijo. 

Desconocimiento 
Diego nació con un problema a nivel uretral que durante su primera década de vida le generó un deterioro renal no percibido por los médicos. “Todo saltó a partir de una infección urinaria que tuvo a los 10 años. Le hicieron un estudio y se dieron cuenta de que los riñones ya casi no funcionaban”, cuenta Oscar. La noticia fue un terrible shock para él y su esposa Marta, quienes hacía un par de años venían detrás del problema que tenía su hijo, que se orinaba de día y de noche. 

“En su momento hicimos consultas y nos dijeron que no era un problema de su organismo, sino que era psicológico, que tenía que ver con que era el hijo del medio. Un año estuvo yendo a la psicóloga y no aparecían las causas de que se orinara…”, recuerda. 

“Una vez que nos dan el resultado del estudio por la infección urinaria, nos enteramos de que tenía los riñones atrofiados. Entonces viajamos a Buenos Aires a que lo vieran en el Hospital de Clínicas. Ahí, en muy pocas horas se determinó lo que tenía. Y los médicos de allá estaban sorprendidos de cómo habíamos llegado a esa situación”, cuenta Oscar ya con la mirada brillosa.

“Nosotros no entendíamos nada, cómo había ocurrido eso, cómo habíamos llegado a que no le funcionaran más los riñones, pero ya era tarde”, dice. 

El descubrimiento derivó en dos años plagados de viajes a Buenos Aires, estudios de todo tipo, cirugías varias y distintos tratamientos para mejorar la función renal. 

 “Diego tuvo que vivir situaciones duras para él, con una fortaleza terrible, porque que un chico venga a seguir el colegio acá y que ande con dos bolsitas al costado de los riñones, y que ande hasta subido arriba de un corralón, o irse a bañar a la playa y no tener ningún pudor… Gracias a Dios él fue mucho más fuerte que nosotros”, relata. 

Además de la fortaleza de su hijo, Oscar destaca la entereza de Marta, la mamá, que fue la que acompañó a Diego en las excursiones médicas a Buenos Aires. “A mí no me quedaba otra que trabajar, era encargado de estancia, para mantener la familia y darle lo mejor también a mis otros dos hijos”, indica siempre con la mirada apagada, como reviviendo el dolor que le producía haber llegado a esa situación. 

Así pasó toda la etapa del Secundario, hasta que ya con 21 años a Diego la función renal dijo basta y lo derivaron a un médico especialista en trasplante en el Hospital Italiano. “Como siempre las noticias feas se las comió la madre, que estaba con él en Buenos Aires. No había otra alternativa que el trasplante”, comenta. 

El destino quiso que Oscar y Marta fueran compatibles como para donar el riñón que necesitaba su hijo. Después de una puja familiar, porque los dos querían dárselo, el antecedente del padre diabético de la mamá, hizo que don Valenzuela fuera el elegido.  

Mis dos riñones 
Después de análisis varios y viajes relámpagos al Italiano, llegó el día de la intervención. El recordado 29 de junio de 1995. “Fue todo simple y rápido, a los tres días a mí me dieron el alta, Diego estuvo una semana internado”, recuerda Oscar. “Fue algo muy lindo el momento cuando lo fui a ver después del trasplante. El estaba en terapia intensiva, y lo vi bien, estaba contento, hablando con normalidad. A partir de ahí faltaba que pasaran los primeros tiempos y que no rechazara el órgano ni surgiera ninguna complicación”. 

El resto es historia gratamente conocida: Diego nunca tuvo problemas y lleva adelante una vida plena. 

“Para mí el hecho de ser donante no tuvo ningún costo. Ni siento que me falta un riñón. Yo hago una vida normal, con mis dos riñones, lo único que uno lo tiene Diego”, explica Oscar sobre la ausencia de consecuencias que le trajo desde lo físico el trasplante. En cambio, a nivel emocional y espiritual, sí fue un tremendo impacto. “Tuve la posibilidad más grande que alguien puede tener, la de ayudar a un hijo. 

Y en mi caso, que sentía responsabilidad porque Diego había tenido que llegar a eso, sentí que algo estaba devolviendo. Estaba dando la solución al problema”, agrega. “Y sí, uno sentía culpa porque en su momento no tuvo la capacidad por desconocimiento de hacer otras consultas, preguntar a otros médicos en otro lado, y así evitar lo que ocurrió. Eso es lo triste, lo que uno no hizo por ignorancia, y porque eran otros tiempos… Eso a mí me duele mucho, no haberlo podido resolver antes”, completa la catarsis con emoción. 

El 29 de junio pasó a ser un día tan importante para Diego y su familia como el de su cumpleaños. “La fecha la tengo bien presente siempre. Es imborrable, es un aniversario de su cambio de vida. Y siempre nos hablamos”, indica Oscar. Don Valenzuela revela, casi con vergüenza, que interiormente siente un “orgullo tremendo” por haberle donado el riñón a su hijo. “Fue un acto hermoso para mí, es un privilegio porque pude ayudarlo. Y que para mí no tuvo ninguna consecuencia”, insiste. 

Y aprovecha para dejar un mensaje contundente: “La gente tiene que entender que donar es importantísimo, porque le da la posibilidad a otro de hacer una vida normal, como le pasó a Diego”. 

En la despedida, Oscar necesita hacer una aclaración: “Nos tocó atravesar un problemón con lo de Diego, yo doné el riñón, es cierto, pero su mamá aportó tanto o más que yo en todo esto. Fuimos los dos los que lo hicimos posible”.