La Ciudad

Por Fernando Catalano

Un pacto para vivir

17|06|19 09:32 hs.

Por Fernando Catalano


Federico Cajén tiene 51 años y aspecto de un laburante común y corriente. Es padre de tres hijas, y de dos niños más, pero del corazón. Pero detrás de ese rostro simple, se encuentra una verdadera historia de tormento. Durante 32 años fue adicto a la cocaína, sustancia que probó por voluntad propia -como él dice- a sus 17 años de edad. 

Su nivel de adicción fue tan grande, que además de perder a sus afectos y familiares más cercanos, fue relegando sus sueños, como el de algún día ser oceanógrafo. Después de haber estado internado en varias clínicas, rodeado de profesionales y medicamentos, que lo alejen del tormento de su adicción, halló la salvación en su último recurso. En la Fazenda, La Esperanza, una chacra de rehabilitación donde no tenía más que hacer que trabajar y creer. 

Dos años después de haber alcanzado su rehabilitación, dedica su vida a dar charlas preventivas y motivacionales; después de haberle dado vida a una consultoría en adicciones. A la Fazenda lo llevaron unos amigos, después de que en su última alucinación creyera haber matado a una persona, y de haber estado a punto de tirarse de un edificio de departamentos. 

A esta altura no había podido conservar cerca suyo ni a sus seres más queridos, su familia. Entonces esas amistades lo llevaron a ese sitio ubicado a orillas del lago Epecuén, en el partido de Adolfo Alsina, a unos 15 kilómetros de Carhué. 


Resumiendo
“Ocho años de mi vida estuve internado en comunidades terapéuticas, tuve siete tratamientos en total, pasé por dos neuropsiquiátricos, dos guardias de salud mental, una en el Hospital de San Isidro y otra en el Hospital de Olavarría”, dijo intentando resumir años con el intento de hallar una solución a su gran problema. 

Y añadió: “Tuve 10 sobredosis, una parálisis en la pierna izquierda, perdí el habla en forma temporal, sufrí ACV, estuve preso, y me recién recuperé en una comunidad religiosa”. Fue allí donde conoció a Lino Freyre, perteneciente a la comisión que dirige la Fazenda La Esperanza, y quien lo apoyó para que se dedique a dar las charlas en colegios. 


Fazenda da Esperança Nuestra Señora de Shoenstatt


Los excesos 
Cuenta que a los chicos a quienes les da las charlas en los colegios les pregunta si tiene “cara de falopero”. Y que una vez que le contestan que “no”, él les explica que “la droga no tiene rostro”. Su relación con los excesos comenzó a los 15 años con el alcohol y la marihuana. Luego, mientras cursaba 4º año en una secundaria de su ciudad, Olavarría, tuvo su primer acercamiento a la cocaína. 

“No había médicos, ni psicólogos, no había medicación, nada. Sólo un campo donde trabajábamos de sol a sol, también había una capilla”, dijo Federico para resumir su cura en la Fazenda.


Por entonces era coordinador de una empresa para viajes de egresados, y al ver que un compañero suyo consumía, quiso probar. Pero no fue hasta ocho meses después en que él mismo se decidió a buscarla para consumirla. “Desde ahí fueron 32 años en los que no paré. Por eso les hablo a los chicos del tema de las decisiones. Todos somos responsables, no hay que ser grande para ser responsables. Ya de chico uno es responsable, o irresponsable”. 

Sus años dependientes de la cocaína le enseñaron además que su consumo no se controla. “Es mentira, no tiene control, eso de que ‘yo salgo cuando quiero’ o ‘entro cuando quiero’ o ‘la manejo’, es un cuento, un verso. Yo me convencí muchas veces que la manejaba, y no es así”, afirmó Federico que tuvo sueños y proyectos. “Quería ser oceanógrafo, tener una familia. Tuve un montón de cosas de ésas que quería, pero no planeadas en la manera en la que hubiera sido mejor”, confesó. 

Recién pudo terminar el Secundario a los 33 años, en 2000. Por ese entonces llegó a sufrir un ACV y como consecuencia no podía hablar ni caminar. Medicina nuclear mediante le hallaron una lesión en el cerebro que finalmente no lo afectó definitivamente en nada particular, aunque no había dudas que su padecimiento era consecuencia del alto consumo de cocaína. 

Un cambio 
“Tomaba 25 psicofármacos recetados -por día- por varios psiquiatras, con cuatro pastilleros. Fue así por más de 15 años, reconocidas las pastillas al 100 por ciento por la obra social porque las tenía que tomar de por vida, y hoy tomo un diclofenac cuando me duele el cuello”, contó para darle dimensión al cambio que experimentó su vida al pasar por La Esperanza. 

Antes de eso le habían diagnosticado desde “esquizofrenia, bipolaridad, trastorno de la conducta, y todo eso desapareció”. Sin embargo para llegar a la granja, tuvo que darse cuenta lo que estaba perdiendo en el camino. “La familia me dejó de apoyar. En el último tiempo cuando fui a la Fazenda, ya estaban cansados. Me quisieron judicializar en dos oportunidades, estaban recansados”, describió Federico quien llegó a robarle a toda su familia para bancar su adicción. 

Pero eso sólo no bastaba. Perdió muchos trabajos porque en cada uno, la ganancia era para pagar la droga. El precio después sería ver cómo sus hijas irían a visitarlo a sus repetidas internaciones. 


Federico Cajén, durante una charla con alumnos de las escuelas secundarias Nº 1 y 2


“Andaba a cocaína” 
“Para mí consumir era, como el auto anda a nafta, yo andaba a cocaína. No es que yo me drogaba hoy porque es viernes, o porque es jueves, me drogaba siempre para vivir”, dijo para definir su gran dependencia, que no dejaba de agravarse. Su mal estado como adicto lo llevó a cambiar la modalidad de consumo. “Empecé un sábado a la noche, después fue un viernes y un sábado, después jueves, viernes y un sábado, a la noche y mezclado con alcohol”, dijo. 

Sienten “impotencia por no estar preparados para esto, a nosotros se nos cerró el camino, no podemos hacer nada con los chicos. Eso pasa en las escuelas también”, explicó Freyre


Y agregó: “Después cambié porque la vida fue cambiando y empecé a consumir durante todo el día; desde la mañana hasta la noche. Yo ponía dos despertadores en el día, uno para levantarme como todo el mundo, y otro a la noche para frenar y consumir la última raya de cocaína, tomar la pastilla para dormir -que me tumbaba- dormía hasta las cinco porque me quería despertar rápido para volver a consumir. Me despertaba, procesaba la cocaína para todo el día, y ahí consumía. Tomaba un café, me bañaba, despertaba a mi familia, y llevaba al colegio a la nena”, describió para poder explicar cómo funcionaba su propio mecanismo de autodestrucción, algo que hacía a espaldas de su esposa, hasta ser descubierto, y para negarlo siempre. 

El adicto 
Al margen de cómo lo haga la medicina o la psicología, hoy él mismo define al adicto como a una persona “egoísta, mentirosa, manipuladora, ventajera y ladrona; y de esas cinco características van a salir un montón más”. 

Además del engaño y del robo a su propia familia, Federico llegó a perder trabajos y hasta hacer estallar su estado financiero aplicando métodos retorcidos para poder comprar droga cuando no tenía plata. Compró electrodomésticos a cuenta para pagar con su valor la cocaína con –por ejemplo- una heladera o aquello que el vendedor necesitase. 

Al día de hoy se reconoce “un poquito menos mentiroso, menos ventajero, porque –según explica- lo que más te cuesta es cambiar ese cuero grueso que se me hizo, y con eso además vivir. Así me manejé en la vida, mintiendo, aparentando, engañando, ventajeando, pero siempre tenía un mismo norte que era el consumo. No es que yo fui un tipo abusivo en otros aspectos. No robé para comprarme un auto. Lo hacía siempre para la sustancia”. 

La cura 
En la Fazenda La Esperanza todo fue distinto para Federico, y donde finalmente encontró su cura. “No había médicos, ni psicólogos, no había medicación, nada. Sólo un campo donde trabajábamos de sol a sol, también había una capilla. No me acordaba ni el Padre Nuestro ni el Ave María, hasta que empecé a entender que lo que me salvó es la espiritualidad que empecé a desarrollar en base a la religión”. 


Federico Cajén junto a Lino Freyre, en La Voz del Pueblo


En la granja se forma una comunidad de puertas abiertas. “Te vas cuando querés, pero después no podés entrar tan fácil. No me quedaba otra que quedarme, tampoco nadie quería estar conmigo, me había quedado solo”, recordó. 

Fue en ese contexto en el que también entendió que “hay cuatro caminos directos con el consumo de sustancias; la cárcel, la muerte, la locura y la soledad. De ésas, a tres las venía atravesando, y estaba en el de la soledad que venía en conjunto con la locura. No sólo me recuperé de las adicciones sino que salí de la locura. Pero me costó muchísimo, pero fue una elección, como fue una mala elección haber consumido la primera vez. En esta ocasión fue una buena elección estar bien”, afirmó Facundo recordando el día en que dejó de lado las sensaciones que lo llevaron por el mal camino, como el sentirse mal siempre, deprimido, inseguro, teniendo la autoestima baja. 

“Me cansé un día y dije, hoy voy a estar bien. Empecé fingiendo y para una persona que toda la vida aparentó, no me resultó difícil agarrarme de esa frase”, resaltó. 

“Tomaba 25 psicofármacos recetados -por día- por varios psiquiatras. Fue así por más de 15 años, y las tenía que tomar de por vida, y hoy un diclofenac cuando me duele el cuello”, confió


Las charlas 
Dos años después de haber salido de la granja y de haber acumulado experiencia brindado charlas, ahora Federico puso en regla su actividad, y la transformó en su medio de vida. Se hizo monotributista y junto a Lino –que desde Coronel Pringles deja su financiera y lo alcanza para acompañarlo a la escuela del distrito que sea, y hasta le organiza charlas también, recorren escuelas llevando sus presentaciones donde se necesitan. 


Federico Cajén, durante una charla con alumnos de las escuelas secundarias Nº 1 y 2


Así fue como lograron contactarse con la diputada de Cambiemos, Laura Aprile y con el concejal de la misma fuerza, Horacio Espeluse, quienes cubrieron los costos para que en vez de un día le dedicaran más tiempo a Tres Arroyos visitando más casas de estudio para hablar con estudiantes de escuelas públicas y privadas de la ciudad. Hasta poner en marcha el arancelamiento por la actividad que desempeña Federico, Lino, explicó que han empujado la actividad gratis o aceptando colaboraciones por tener “el corazón abierto y sabiendo que el Estado no está”. 

Un ejemplo de ello también lo pudieron comprobar en Tres Arroyos cuando una de las docentes con las que han podido compartir tiempo durante las charlas les confiara –llorando- que sienten “impotencia por no estar preparados para esto, a nosotros se nos cerró el camino, no podemos hacer nada con los chicos. Eso pasa en las escuelas también”, explicó Freyre que además tiene familiares en nuestra ciudad. 

Para cada encuentro con alumnos y docentes, las charlas de Federico también tienen en cuenta una selección de canciones que lo ayudan a reforzar cada pasaje. Así pasan Patricia Sosa, con “Aprender a volar”; Diego Torres, con “Color esperanza” y hasta la Bersuit Vergarabat, con “Un pacto para vivir”; canción esta última que está dedicada a la lucha contra el consumo de drogas, y no a un amor, según explicó. 

La Consultora 
Sus presencias además pueden organizarse en cualquier lugar donde se crea necesario aplicarla. No sólo en escuelas sino también en empresas o en entidades privadas o del Estado, pueden contactarse con él a “Consultora de Adicciones, Federico Cajén”; en sus redes sociales de WhatsApp 2494000310; Consultora de Adicciones, en Facebook ó en consultoradeadicciones@gmail.com.

Apuntó que también se pueden realizar talleres con niños de entre 10 y 12 años de edad, e incluso con adolescentes para lo cual también es necesario –previamente- orientar al cuerpo docente.