Sociales

En Primera Persona

Manos verdes

30|06|19 09:34 hs.

Por Valentina Pereyra


Hace mucho frío. Las chapas de zinc que cubren los tirantes maltrechos apenas se ensamblan una con otra. Entra viento por todas las hendijas. Los agujeros que quedaron huérfanos de algún clavo son el conducto perfecto para que el chiflete llegue a cada rincón del galpón donde vivimos. Tal vez algún día tenga una casa… Parece que nunca podremos lograrlo. Sueño con eso muchas veces. 

Mi mamá se preocupa mucho por nosotros pero no da abasto. Pido como me enseñaron: golpeo las manos o toco el timbre, así la gente me trata bien. 

Salgo abrigado porque heló anoche. ¡Bah! No hay mucha diferencia, en casa está todo congelado.

Me arrimo a la verja de la casa al lado del negocio que vende ventanas de aluminio. Golpeo varias veces hasta que sale Marta Ravella. Me pregunta mi nombre y qué necesito. Le digo: “Soy Oscarcito y vengo a ver si tiene algo para mí”. Hace un gesto y entra. Al ratito sale con ropa y comida. Dice que vuelva mañana y me invita a la iglesia. 

No siempre se me entiende bien. Tengo que repetir varias veces lo que quiero porque me cuesta comunicarme. En general me responden. Marta me escucha siempre, es mi mamá espiritual y la que me ayuda a salir de la calle. 

Llego cansado de patear tantas y tantas cuadras. El galpón de la calle Charcas está lleno de humo. Enseguida empiezo a ayudar. Mamá siempre prende la salamandra que nos regalaron. Pero el viento que circula remolinea y ahoga el fuego cada vez que abre la puerta para cargarla. Se está por apagar. Espanto el hollín con unos diarios viejos que me dio la vecina para poner abajo de los colchones. 

Cuando todo está más tranquilo, mamá me cuenta que buscan gente para trabajar en la Municipalidad. “¡Andá a anotarte Oscarcito!”, me dice. Allí voy. 

Llego, me atienden, pero dicen que por ahora no hay laburo. Pego la vuelta. Le cuento a mi mamá y se pone triste. Pero pienso insistir, les voy a ganar por cansancio. 

Hago una huella en las veredas de tierra y pastos crecidos entre el Barrio Boca y el corralón municipal. Otra mañana fría, Marta me regaló un gorro de lana. Me lo pongo y vuelvo a pedir el laburo. El capataz me llama por mi nombre y me dice que estoy contratado. 

Me ponen a prueba. Espero que cuando sea jornalizado me den algún laburito en las plazas. Ayudo en paseos públicos y me gusta mucho. ¡Eso quiero hacer! Estar con las plantas. 

No me quedo callado, hablo mucho, los capataces y compañeros se ríen de eso. No me importa. Cada vez que puedo les digo que me encanta trabajar al aire libre.

Es viernes y estoy desde las seis en la plaza de los caídos en Malvinas. Me avisan que es cerca de las dos de la tarde. Guardo todo y empiezo a caminar despacio. Nunca me gustó correr. Voy para la Municipalidad a fichar. Ahí charlo con todo el mundo. Estoy acostumbrado al contacto con la gente. Tengo muchos amigos. Me gané el respeto. 

Me contaron que vamos a cobrar. Tengo el dinero y se lo doy todo a mi madre. ¡Ya me va a dar lo que necesito! ¡Ni se me ocurre pedirle nada, sé que lo administra bien y para todos! Con mi ayuda criamos a mis hermanos. Somos gente trabajadora, de bien. 

Me entero por mis compañeros que van a hacer un barrio cerca de la Terminal. Nos anotamos con mi madre. Pero no tengo muchas esperanzas. 

Me mandaron a otra plaza. No terminó mi horario. Empiezo a juntar. Llega el capataz y me dice que escuchó que nos habían dado la casa. “¡Un milagro!”, pienso.

Llego a Rivadavia y ficho. Me confirman la novedad. Camino lo más rápido que puedo. Creen que soy lento, yo pienso que soy tranquilo. Estoy muy nervioso. En la puerta del galpón le pego el grito a mi mamá. Me sale ahogado, ella no entiende bien. Dios nos dio la oportunidad de tener una casa en el Fonavi. Esta noche no voy a poder dormir.

¡Estoy tan agradecido a los hermanos de la iglesia! Me ayudaron a hacer los papeles y los trámites para entrar en el plan de este barrio. ¡Vamos a dormir entre paredes de material, calentitos en invierno y frescos en verano! 


En su casa del Barrio Fonavi tiene un invernadero. Vende los plantines casa por casa


Tengo 57 años y me gustaría progresar. Soy categoría cuatro en la Municipalidad. En este momento ayudo a dos hermanos que se quedaron sin trabajo. 

Ahora estoy en la plaza Torre Tanque. Hay a mi cargo uno o dos chicos, los rigoreo un poco para que cumplan bien. Les doy órdenes mientras acomodo las plantas caídas o pisoteadas. Hago el mantenimiento. Miro a los pibes y me acuerdo de mí. Pienso que el que no trabaja es porque no quiere. 

Corto, podo y cuido la plaza. Hoy en día los padres no educan a sus hijos. Los veo muchas veces romper los juegos, los bancos, las plantas. Enseguida los reto. Tienen que entender que a la Municipalidad le cuesta mucho trabajo arreglar lo que ellos destrozan. No saben cómo comportarse o los padres no los pueden controlar. 

Hay bastante viento, pero le hago fuerza, lo empujo y llego de nuevo a fichar. Más de treinta años igual. Camino lo más rápido que puedo. Entro al Palacio y saludo a todos. Me encuentro con los concejales y charlo con ellos, les doy mi opinión. Me tratan como a un chico. Pero entiendo perfecto todo lo que pasa y se los explico. Subo las escaleras y tomo unos mates con Coca en la cocina del Concejo Deliberante. 

La política es mi pasión, me gusta militar, pero sanamente. No me gustan las mentiras porque para hacer política uno tiene que ser honesto. Pienso en la unidad del peronismo. Parece atado con pinzas. Por eso no tiene que haber peleas. La gente nos tiene que ver juntos. ¡Es la única forma de dar soluciones! Veo la pobreza que hay por la tele. Me dan mucha lástima los niños en la calle que salen a pedir. 

Termino la recorrida por todos los bloques, saludo a Coca y me vuelvo por San Martín para casa. 

Paso por La Voz del Pueblo y corto para la pista de ciclismo, voy por el costado, cruzo la calle La Madrid y al 1147 estoy en casa. Entro, me lavo las manos, almuerzo y enseguida me pongo a trabajar.

Mi hermano me ayudó a construir un invernadero en el jardín de adelante. Compré los tirantes con la venta de las plantas. 

Acabo de recortar los brotes al rosal y martillar los cabos que voy a injertar. Así nacen más rápido, y germinan enseguida. 

Mucha gente piensa que los cactus no son lindos o no los quieren porque pinchan. Para mí son hermosos. Algunos no tienen espinas. Tengo muchos, parecen feos, peligrosos. No los entienden. 

Acomodo los geranios y le saco los yuyos a las lavandas. Estuve replantando algunas suculentas. Hice plantitas nuevas de otras a las que les saco algunas “zapatillas”. 

Atrás del invernadero también tengo plantas. De ahí saco los injertos. Adentro están todas las demás, algún gajo que me trajo mi hermana desde Necochea y otras que compramos en Mercado Libre. Pero la mayoría las hice yo. 

Esto es un trabajo de hormiga, gajo por gajo. 

Valoro a las hormigas, todas colaboran, ayudan y se entienden muy bien. Me sentí muchas veces así, pequeño, invisible, vulnerable. Cualquiera me podía dar un pisotón. Ellas tienen mucho tesón, voluntad. Igual que yo. Son animalitos de Dios como nosotros. Yo confío en Dios, es el que te salva. 

Es viernes. Tengo que tener todo listo para mañana. Empiezo la recorrida a las nueve y media. Los sábados la gente duerme hasta tarde. 

Me levanto, tomo unos mates con mi hermano, preparo el carrito que me regaló una señora. Es de esos que usan para los mandados. Tiene rueditas. Le meto un cajón, lo ato con gomas y salgo a vender mis plantines casa por casa. 

Estoy acostumbrado a trabajar al aire libre. Soy un vendedor “deambulante”. Es otro trabajito extra. ¡No me queda otra! El invernadero está muy escondido y no se ve. Como yo. 

No pongo un cartel afuera. Prefiero que la gente pase y mire. No quiero hacer mucho ruido. 

Tenía este emprendimiento en la mente para juntar algo más de dinero y comprar más plantas. Todas las que están en este invernadero las hice de gajos, cuidando la tierra negra. 

Les saco los yuyos todos los días. Sembré también cedrón y otras cositas. Aprendí solo, me gustan las plantas y pongo todo para que las cosas salgan bien. 

Quisiera tener un puestito fijo en la rotonda frente al diario. Espero que algún día me den permiso, pero yo soy respetuoso, si no se puede, no se puede. 

Quiero que la gente venga y vea la calidad de las plantas que tengo. ¡Les puedo enseñar cómo cuidarlas! Yo invito a todos. Si son gustosos de venir al invernadero me van a encontrar siempre. Estoy acá, con mis injertos, podas, yuyos. 

Esto es un trabajo de hormigas, gajo por gajo. Como en la vida, un día estás en la calle, otro podés tener una casa. Conocés a alguien bueno, buscás trabajo y no aflojás. La gente te empieza a ver. Nunca hay que descuidarse. Siempre hay un pisotón listo para aplastarte. 

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Perfil
Oscar Esteban Crederio tiene 57 años y es empleado de la Municipalidad de Tres Arroyos desde que se salvó del servicio militar. Cumplió funciones en diferentes sectores y hace unos años lo hace en Paseos Públicos. Recorrió varias plazas de la ciudad realizando el mantenimiento de las mismas. Actualmente cumple funciones en la Plaza Francia (de la Torre Tanque). 

Asiste a la iglesia “Revolviendo las Aguas”, “Rey de Reyes Príncipe de Paz” que está en San Martín 1950. Allí coordina las reuniones, lleva el servicio de alabanzas. 

Trabaja en FM Cristal 107.9 donde tiene un programa para transmitir el evangelio. “Por eso cuido muy bien las palabras que digo. Trato de dar el ejemplo. Les digo a los jóvenes que se vuelvan a Cristo que es la llave de todas las cosas. Los hombres pasan, pero Dios llega a lo profundo de cada corazón”, dice Oscarcito antes de finalizar la entrevista.