116 años junto a cada tresarroyense

ST 5. 8°
Despejado

Opinión

Por Juan Francisco Risso

Gatos, moscas

30|06|19 11:12 hs.

Aquella noche había un círculo de unas treinta o cuarenta personas en el punto más céntrico de Tres Arroyos. Un par aún montaban sus motos, que apuntaban al centro del círculo. He aquí que un perro callejero había tomado a otro por el pescuezo y no lo largaba. Hacía un buen rato que estaban así. Algunas personas gemían condolidas, otros daban gritos sin resultados. Dije a mi pequeña hija que aguardara, me ubiqué tras el perro atacante y lo tomé por el saco escrotal. El perro, sencillamente, soltó su presa. 


Esto lo saben quienes cazan jabalí con dogos. Pero yo soy ratón de biblioteca, afecto a la poltronería y a la indolencia. Eso lo leí en El País de las Sombras Largas, best seller que leyó la generación anterior a la mía. Y describe la vida esquimal del Artico, trineos y perros incluidos. De hecho, la casa playera de mi tío Arturo se llamaba Ivalú, como la heroína de la novela. Y creo que todo lo mío es así: sacado de novelas y de cuentos.

También he tenido experiencias personales. En mi nota anterior refería que los perros presienten el sismo que se avecina, y aúllan lastimeramente.

Como diría Fidel Pintos, yo estuve en una ciudad donde hubo un sismo. Así acostumbraba a suceder allí. Pero tuvo lugar en mitad de la noche, cuando yo roncaba. A la mañana, La Estrella de Panamá decía que se había derrumbado la cúpula de una iglesia y que un hombre había muerto por infarto. De perros nada. Aquello del aullido lastimero he debido leerlo quién sabe donde. Pero quedé un poquitín mortificado de haber alabado perros y no gatos. Y supongo que mis lectores se dividen por mitades. Vamos con los gatos. 

Hector Hugh Munro, inglés nacido en Birmania en 1870, escribió verdaderas obras maestras bajo el seudónimo de Saki. Básicamente, pintaba la sociedad de su tiempo, sin favorecerla demasiado. En La Reticencia de Lady Anne, comienza pintando, a la manera de Balzac, el salón donde se habrá de desarrollar el diálogo entre Lady Anne y Egbert, su marido. No olvida mencionar al gato Don Tarquinio tendido sobre una alfombra persa ni al pinzón real, en su jaula. Ella: “Su postura en el sillón junto a la mesa de té era más bien elaborada y tiesa…”. El caso era que Egbert, por alguna razón, debía disculparse con Lady Anne. Comienza con comentarios casuales para romper el hielo, pero sin resultado alguno. El buen hombre se sirve té, larga dos o tres comentarios más, Lady Anne sigue tiesa y no le responde. Finalmente, él suspira, le dice que la culpa ha sido suya –de él-, y afirma que va a cambiarse para la cena. Don Tarquinio, el gato, piensa que Egbert es un idiota, luego sube a una estantería, al alcance de la jaula. “Por primera vez parecía notar la existencia del pájaro, pero en realidad llevaba a efecto un viejo plan…”, dice Saki. Y sigue: “El ave, que se había creído una especie de déspota, se comprimió de súbito a un tercio de su porte normal… aunque había costado veintisiete chelines sin la jaula, Lady Anne no dio señales de intervenir. Llevaba dos horas muerta”. 

Tampoco he de inmiscuirme en los gustos de cada dueño de mascotas, pero miren esto que sigue. Es de alguna escritora argentina… de cuyo nombre no quiero acordarme. Ni haciendo el mayor esfuerzo recordaré su nombre. El cuento trata de una joven que odia a su padre, borrachín y tiránico. Tras la cena, este mal sujeto se duerme, a consecuencia de sus libaciones, sin duda. Como siempre sucedía. La cabeza hacia atrás, roncando estertorosamente. La hija lo mira con asco, la piel de la cara surcada por venillas rojas, la boca abierta. Una mosca se posa en su mejilla y camina por ella. Se mete en la boca abierta. Y tras un instante… sale. Porque las moscas diferencian a un borrachín de un cadáver. De hecho, viven de los segundos. La mosca sabe lo mismo que el gato, no necesita alimento balanceado ni creo que pueda ser vacunada. Todas ventajas, en cierto sentido. En los tiempos que corren, deberíamos pensarlo. 

Pero si quieren saber de tipos que han vivido la vida real, googleen a Saki y a Hans Ruesch, este último autor de las sombras largas. No a mí. Mi mérito fue agarrar de las bolas a un perro, que –digámoslo- estaban regaladas. Le diría que amagó con morderme, pero no lo hago por el resto de honestidad que me queda. Lo agarré y… se terminó el perro malo. Como hazaña… tuve público. Algo es algo.    

Por Juan Francisco Risso