La Ciudad

En Isabel la Católica 1110

La mano extendida

07|07|19 08:32 hs.

Por Alejandro Vis

En sus palabras, Rosa Fontana muestra la incomodidad que genera pedir. No lo hace para ella, pero de todas maneras, la frase parece un pedido de disculpas. “Que me perdone la gente de Tres Arroyos que la voy a molestar, pero no hay otra salida. De lo contrario, no lo voy a poder hacer”, dice. 

En el comedor Los Angeles de Rosa, un centenar de vecinos, la mayoría chicos, reciben un almuerzo todos los sábados. Cuenta que “a veces son un poquito más, porque viene gente que ese fin de semana no tiene. Además tengo cuatro abuelos a los que voy a visitar”. 

En Isabel la Católica 1110, el garaje de la casa de Rosa se convierte en un espacio de mucho movimiento. Un equipo de trabajo que cocina y recibe una vez por semana a los pequeños y mayores. 

Habla con LA VOZ DEL PUEBLO sobre la aspiración de servir una merienda de lunes a viernes, durante las dos semanas de vacaciones de invierno. La acompañan Roxana Benítez y Johana Vidal, con su hija más chica Mía en brazos, integrantes de una familia que no la está pasando bien. El pedido de Rosa es también por ellos. 

La leche 
“Quiero, como todos los años, darle la leche a los nenes de lunes a viernes en las vacaciones”. Expresa con claridad su deseo y afirma que “le voy a tocar el corazón a la gente de Tres Arroyos porque es tan buena, a ver si nos pueden donar leche, algunas galletitas, o que nos den harina. Porque tengo las mamás de los nenes que son maravillosas, siempre ayudándome, la mano de obra está, falta la materia prima”. 

Describe las carencias básicas que percibe y subraya: “Es muy triste”. El jueves, un guiso solidario fue el plato caliente que llegó a muchas casas de Olimpo. Lo organizaron integrantes del CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular) Evita Tres Arroyos. Rosa indica que “yo trabajo para la gente, no en política. Adela (Cornú) y las chicas vinieron de corazón, me llamaron y dije que sí. Dimos dos vueltas en el barrio, me llevó Adela, y entregamos noventa viandas”. 

Conoce, por supuesto, la situación. Es algo con lo que convive y le genera dolor. “Había gente que no tenía para comer”, exclama. 

Posee el comedor desde hace cuatro años, pero con anterioridad llevó adelante tareas sociales. “Sé que hay gente que ayuda a otros comedores que tienen una situación difícil como yo –sostiene-. Les pido que me ayuden esta vez, para que pueda dar la merienda en las vacaciones”. 

Si todo sale bien, ya pensó como va a desarrollar esta actividad. “Les hago la leche a las chico de la tarde y al menos, se van a dormir con un alimento más. Lo que pueda donar la población es bienvenido, si tengo que ir a retirar a algún domicilio voy”, manifiesta. 

El año pasado padeció un golpe duro, cuando le detectaron cáncer, motivo por el cual fue operada el 21 de mayo pasado en el Hospital Pirovano. “Me sacaron dos tumores, todavía no sé si tengo que ir a quimioterapia –cuenta-. Estoy recuperándome, me cuesta mucho porque soy diabética”. 

Su mamá María le ofrece un apoyo incondicional, pese a sus 80 años. “Sigue trabajando conmigo –dice Rosa agradecida-. Me lava los pisos, porque yo no puedo hacerlo. Cada tanto, nos reta un poco”. 

Lo que falta 
Rosa hace un llamado a la solidaridad por una familia, dos de cuyos integrantes participaron en la entrevista con este diario. 

Roxana Benítez llegó desde Santa Fe, su ciudad natal, en febrero. Admite que “estábamos muy mal”. Su nuera Johana Vidal afirma que también es santafesina y tiene tres hijos. 

“Vinieron hace un mes y medio a estar conmigo –agrega Roxana-. Además las acompaña una hermana de Johana con una beba. En total somos diez en la casa”. 

Su marido Diego Muñiz es tresarroyense y no puede desempeñar el oficio de camionero por problemas en la vista. “No está en condiciones de renovar el carnet. Estamos luchando para que lo operen. Mi esposo conocía a Rosa desde antes, ella nos ayuda con la comida y con lo que necesitamos”. 

El techo que los cobija “es un lugar que conseguimos y estamos tratando de sacar adelante. Estaba feo. Le faltan un montón de arreglos. Rosa nos dio una mesa, sillas, fuimos consiguiendo de a poquito”. Mira a Johana y manifiesta que “ahora estamos tratando de conseguir para ellos. Están los cinco durmiendo en una cama de dos plazas”. 

Su hijo tiene 21 años y es ayudante de albañil. “Se da maña para todo. Si alguno necesita limpiar un patio u otro tipo de tareas él lo puede hacer. Se pueden conectar con Rosa y nos avisa enseguida”, afirma Roxana. La mujer, de igual manera, se ofrece para trabajos domésticos en viviendas: “sé limpiar casas, lo puedo hacer bien. Tengo experiencia”. 

“Les hago la leche y al menos, se van a dormir con un alimento más. Lo que pueda donar la población es bienvenido”


Necesitan frazadas, una cama de una plaza, un colchón. “Si hay que arreglar la cama lo hacemos, mi hijo la repara. En caso de que a alguien le sobre un mueble, aunque sea chico. Lo podemos arreglar si hace falta”, reitera. 


Roxana y Rosa. La vecina que llegó en febrero al barrio y la responsable del comedor. Se conocen hace poco, pero se aprecian mucho




Lo que abunda 
Fue hace poco tiempo, en febrero. En una ciudad donde nunca había residido, sin amigos ni conocidos. “Cuando llegué a Tres Arroyos estaba sola, con mi marido y mi hija más chica. Con la primera persona que entablé una relación fue con Rosa”, recuerda la mujer de Santa Fe. 

Las adversidades la llevaron a pensar en regresar. “Quería volver y ella me dijo que no, te voy a ayudar, ya te vas a acomodar, vas a salir adelante –valora-. Hasta el día de hoy nos sigue ayudando muchísimo”. 

Como un gesto de afecto recíproco, Roxana y su familia están cerca de Rosa en el proceso de recuperación de su enfermedad. “Es lo menos que podemos hacer, cuando necesitamos algo siempre está”, subraya. 

Rosa interviene y expresa con énfasis que “conocí gente buena”. Habla de su amiga Andrea, “mi enfermera personal. A la mañana viene y me cura, a la tarde también” y elogia a Roxana y su familia, porque “me lavan los pisos, colaboran siempre”.  
Pese a las limitaciones por su salud y a que a veces cuesta bastante obtener alimentos, Los Angeles de Rosa mantiene las puertas bien abiertas. “Al comedor lo hago de corazón porque veo la necesidad. Es más fuerte que yo, no sé si lo llevaré en la sangre, pero si veo a alguien con hambre o frío se me parte el alma”.

Antes de despedirse, Rosa sonríe y vuelve a pedir “que me perdone la gente de Tres Arroyos que la voy a molestar”. 

Seguramente, en vacaciones de invierno, va a tener la merienda lista sobre la mesa. En el garaje de su casa, los gestos generosos abundan, atenúan las carencias, las alivian y contienen.