La Ciudad

En primera persona

Más cerca que África

07|07|19 09:07 hs.

Por Valentina Pereyra

Salgo fierro a las chapas para casa. Belén debe estar por venir y tenemos que sacar los muebles de la cocina al patio antes que lleguen los chicos. 

Me pega el frío en la cara, las manos sienten el rigor de la helada que se levanta de a poco. No me asusta, sigo adelante, ya casi son las dos y cuarto, en menos de una hora van a estar acá. 

Es loco, pero siempre soñé con esto. Me imaginé yendo a Africa a buscar a algún chiquito huérfano para adoptar. No sé, no puedo ver que sufran. 

Ato la bici, me bajo y enfilo para la puerta. No tiene picaporte así que saco la llave para abrirla. Cuando tengamos tiempo la arreglamos. 

Revoleo el abrigo por ahí y corro hasta el baño para ver si Juan Ignacio puso el alcohol en gel como le pedí que hiciera. Todo está en su lugar. De pasada me voy hasta la ventana y saco la percha que colgué ayer del barral. Tiene los disfraces de princesas y otros que van a servir para hacer juegos. Los vuelvo a colgar, esta vez del palo de escoba, cerca de la heladera. 

Me acuerdo de las estrellas de cartulina, las puse en un cajón que está en mi pieza. Las traigo y acomodo arriba de la cama, de una ojeada miro que estén todos los nombres. El que no se coma todo no va a conseguir la dorada. ¡Es lo que se me ocurrió para que no dejen nada en el plato! 

Justo a tiempo llega Belén y empezamos la mudanza hacia el pasillo de entrada y al patio. Si no corremos las cosas no vamos a tener dónde sentarnos. Por ahora en el suelo. ¡Es lo que podemos! En la calle hay chicos yendo y viniendo en sus bicis, pero no sé qué hacen. Me intriga. 

Mientras despejamos la cocina charlamos. Nos acordamos del día que decidí conocer qué pasaba en el barrio y le conté a mi compañera la idea. 

Arriba de un mueble de dos puertas pusimos las cajas de las leches que nos donaron. Las empiezo a bajar mientras busco la olla grande. La apoyo sobre la hornalla, levanto la cabeza y pegada en la pared la foto del día que nos vestimos de payasas y salimos a visitar vecinos. Golpeamos las manos y esperamos. En general encontramos madres solas, de vez en cuando algún papá que cría a sus hijos porque su mujer los abandonó. La vuelta es larga. En la recorrida payasolidaria nos damos cuenta de que algunas mujeres la pelean, laburan para tener un mango más, son muy luchadoras pero no llegan a fin de mes. 

Me hacen acordar cuando tenía 16 años y tuve a mi hijo. Mi mamá me re ayudó, siempre estuvo, pero yo tenía que elegir entre tener un manguito más o estudiar. Así que dejé la escuela. 

Acomodo las tazas amontonadas arriba de la mesada y corto los envases de la leche que vuelco para calentar. Revuelvo para que no se queme. Enciendo el fuego y a dos manos sigo con otros ingredientes, los de la cena. Cocino “raro” según dice mi compañera. Si les doy lentejas en un plato no las comen, pero si a las hamburguesas les pongo zanahoria rallada, cebolla picada, avena, lentejas, morrón picadito y las meto al horno, las devoran. 

Los primeros cuatro ya están paraditos en la puerta, llegan temprano porque se les quemó su casa y viven casi a la intemperie. El olor a chocolate invade la cocina que cada vez queda más chica. El aroma inconfundible de la leche calentita los atrae. Se arriman otras cuatro nenas, ya son ocho. No puedo contarlos porque si me distraigo se hierve la leche, pero con los del barrio Fonavi creo que suman doce. Agrego otro litro más porque hay de los Aromos y de Chacra de López, son quince. 

La miro a mi compañera. ¡Hay que agrandar el lugar! Pero no es tiempo de pensar mucho. 

Entran todos juntos, no es día de patio porque llovió, cayó nieve, está todo embarrado. En el verano vamos a salir a jugar y espero que recuperemos la huerta, el ciruelo y el ceibo que se llevó el temporal de Año Nuevo. Entre las dos repartimos la merienda, las tortas que alcancé a hacer anoche y algunas masitas que juntamos el “Día de las payasolidarias”. Inventamos eso. Salir casa por casa en algún barrio que elegimos al azar a buscar donaciones. Así sumamos voluntades y comida. 

La ronda se agranda, todavía estamos sentados en el piso. Pasamos de mano en mano los platos con comida y cuando terminamos ya saben qué hacer. Uno levanta las tazas, otro barre las migas del suelo y traen los cuadernos para estudiar. De reojo vigilo la mesada. Corté la cebolla y la piqué, pelé las zanahorias, pero falta y ya son las cinco y media. 

Me arrimo a la mesada mientras Belén sigue con las tareas. ¡Soy la que cocina! Las lentejas están cocidas, desde anoche que las tengo en remojo, no queda mucha avena, pero para esta vez va a alcanzar. Los escucho leer tan mal que me estruja el corazón. Revuelvo la preparación que hice en la sartén y contesto algunas preguntas. Meto la carne picada y la tapo con un repasador. 

Pensar que fueron las malas experiencias que nos ayudaron a abrir el comedor. Costó mucho dejar el piso y acomodarnos decentemente alrededor de la mesa. Sin embargo, ¡acá estoy! Sin proponérmelo con el sueño casi cumplido. 

Es sábado y los chicos entran directamente al patio. Sin querer los contamos, ¡son cincuenta! 

“¡Tenemos que hacer más lugar, conseguir mesas y sillas!”, le digo a mi amiga. Acá todo es movimiento, nada puede esperar demasiado tiempo. Entonces volteamos paredes, acomodamos muebles, sacamos una ventana y hacemos lugar para una mesa, pizarrón, un puf, banquetas. 


Cristina Ruiz y la persistente idea que la acompaña desde chica: “Quiero tener un hogar para chicos de la calle”


La idea de un hogar 
Si no le meto pata no llego. Los mando a lavarse las manos y a prepararse para la cena. Antes saqué el molde de las hamburguesas y las armé para asarlas. Otro aroma que invade la casa. 

Nunca hay espacio para pensar demasiado, la cabeza firme sobre el cuerpo trata de concentrar las ideas y no volar. Pero no puedo. Sigo con la misma idea desde chica. Quiero tener un hogar para chicos de la calle. De pronto salta un recuerdo, se mete sin que lo autorice e ilumina mi mente con una imagen. Se trata de una publicación en Facebook en la que pido un traje de payaso. La respuesta de Belén que aparece en casa con el vestuario y me cuenta que va con el payaso Tallarín al Hospital, a divertir a los niños y abuelos internados. La charla sigue hasta la noche y las empanadas que comemos nos unen para siempre. Se apaga el recuerdo cuando apoyo la fuente sobre la mesa. 

Meto el tenedor en dos o tres y compruebo que están listas. Los veo llegar del baño con olor a alcohol en gel y a jabón. Comen hasta terminar todo, nadie quiere que su nombre esté en la estrella caída, todos quieren ser la dorada, la que brilla cada vez que dejan limpito el plato. Son casi las nueve de la noche y empezamos a juntar los bártulos. Enfrento la ventana que me cuenta de otros días como éste, aquellos en los que todavía no había tanto bullicio en casa. 

Los tiempos son cortos, del trabajo a casa, cocinar, atender a los nenes y nenas, salir por ayuda. Belén se compró una motito con changas que pudo hacer en el verano y cuando hace mucho frío los vamos a buscar para que no se queden sin la merienda o la cena. 

No me rindo, porque si pienso en algunos padres ya hubiera bajado las persianas. Pero le meto para adelante. Imposible no sonreír a medida que van entrando. Abrazos, caricias, besos, cartitas. Seño de acá, seño de allá. 

Otro día nuevo, merienda, clases, cena. Ya saben que hay que respetarse, levantar la mano para hablar, comer todo, estudiar, no decir malas palabras. Nos paramos una de cada lado del pizarrón y repasamos todas las materias, llega la hora del cuento y se sientan a escuchar. Oscurece, pero no nos asusta, no se nos viene la noche. 


Belén Daria y Cristina Ruiz (a la derecha), socias en el proyecto Payasolidarias y en la atención del comedor que abrieron en Jujuy 1042.


Otra mañana lluviosa, no amaneció y ya me pregunto si podrán salir de sus casas para venir. Cuando vuelva del trabajo veo. Pero si no pueden les armamos las viandas y se las llevamos. No se pueden quedar sin comer. 

Antes de irme reviso la carpeta en la que guardamos las fichas médicas, las autorizaciones de los padres y las fechas de nacimiento. Hoy hay cumpleaños. ¡Menos mal que las chicas de “Sin torta no hay cumpleaños” van a traer todo para el festejo! Espero que la mamá del cumpleañero venga, no siempre se acercan y terminan festejando solos con los otros chicos y nosotras, pero sin sus familias. No me rindo, sigo, sigo. 

Mejora algo el clima, así que recobro la esperanza de tenerlos a todos firmes a las tres y media. Llegan, charlan, otros más tímidos esperan la hora de tomar la leche en silencio. Los conozco muy bien, a algunos los llamamos con sobrenombres cariñosos, cuentan con nosotras y nos cuentan… 

Hay mermelada y una torta cortada en perfectos cuadrados que trajo hace un rato la mamá de un compañero de básquet de mi hijo. La sirvo una vez que están todos. Faltaron algunos, me destroza saber que es porque no los dejan venir. Siempre pasa cuando les señalamos algo que no anda bien. Agacho la cabeza y sigo. Hoy hago pollo así que tengo que cortar muy chiquita la carne para los que tienen la boca destruida por las caries. Otra vez veo que uno de los más chiquitos está lastimado y nos dice que es porque juntó tortas de leña para prender en la estufa. Lo curamos e intentamos que su mamá lo haga también. Nos derrumbamos, cuando no los mandan más, nos derrumbamos. 

El perfume del limón que le eché al pollo delata que ya está lista otra cena más. Todo lo que gano lo pongo en el comedor. Hace doce años que estoy con mi marido, nos juntamos hace diez. El sale a trabajar para mantener la casa y yo para los chicos. Les enseñamos que todo cuesta. Les explicamos que la gente dona algo para que lo aprovechen bien y que todo tiene valor. 

Están llenos y cansados, son las nueve y media de la noche y tienen que volver a sus casas. Terminamos de limpiar mientras tratamos de cambiar el mundo. Pensamos que lo mejor es ver que ya no dicen malas palabras, se respetan, si le sienten olor a pis al compañero me lo dicen, porque antes lo gritaban a los cuatro vientos. Belén se va a su casa, apago las luces, pero antes dejo la lista de las verduras que tengo que comprar. 

Tuve un sueño, no me fui a Africa para cumplirlo, resulta que cerquita de casa me necesitaban más que en el continente negro. Aunque vi negra a la vida. Llegan, sonríen, abrazan, miman. Leen mejor, vamos al circo, nos divertimos juntos, escuchan cuentos y vuelan, tienen fantasías, sueños.  

Al final, no puse un hogar, hice que el mío fuera el de ellos y les serví comida. No le tengo miedo a la oscuridad, ni a las lágrimas, ni a las bocas cariadas o a los pies descalzos y lastimados. Voy fierro a las chapas de frente, vestida de payaso o de Cristina, con ayuda de la gente, Belén y mi familia. Voy fierro a las chapas, atrás de esta idea que no abandono ni loca, ni loca.