Sociales

Tema de mujeres-secretos de amigas

Orlando, una historia entre aires de milonga

07|07|19 10:39 hs.

Por Raquel Poblet

Antes de contarlas, las historias son como un papel arrugado adentro de un puño. Hay que desplegarlo, estirarlo para que la historia se vea. 

A mi amiga Aurora ya la conocen. En mi última entrega ella estuvo en el Madrid de los noventa. Ahora quisiera traerla a un tiempo más cercano. Bueno, en realidad, parece cercano, pero ha pasado de aquello, diez y nueve años, aunque a mí y a muchos nos parezca que fue ayer nomás. En el año dos mil uno andábamos todes medio al pedo por la vida. Perdón, quiero decir que andábamos medio ociosos, con poco trabajo, o con ninguno, con muy poca plata, o con nada. Eso sí, agua, gas y luz, había. En fin. En medio de esa deriva, de ese estado de desocupación que a muchos los llenaba de ira y a otros de una abulia mareada, hubo alicientes, salidas desde las cuales emerger. Las asambleas barriales, las reuniones, algunas acciones solidarias como los comedores populares. Para mi querida amiga Aurora fue la milonga. ¡Qué tiempos aquellos! La entrada era barata, y, en ciertos casos, gratis. Las madrugadas eran eternas, el cielo no se veía, pero sabíamos que permanecía violáceo y que por eso, a esas horas de las tres o las cuatro o las cinco, éramos todos bailarines, hombres y mujeres, dioses del baile. Mi amiga Aurora lo era, juro que lo era y sin horario. Bailaba como diosa a cualquier hora de la noche y de la tarde también. Sus amigas habían evolucionado a la par: Cármina, que había empezado a tomar clases con ella y que tenía un andar como sigiloso y que parecía patinar cuando bailaba. Lili, con su cabellera rubia natural de rulitos encendidos, muy alegre, siempre risueña. Mora, flaca alta, una estudiante de psicología a punto de recibirse. Todes habíamos hecho un recorrido más o menos parecido. Habíamos empezado yendo a clases de La Viruta, que comenzaban a las nueve y se extendían hasta la media noche. Después nos quedábamos viendo cómo arreglaban el salón para el baile. También ayudábamos a acomodar las sillas y las mesas que iban alrededor de la gran pista. Hacia el fondo había un mostrador grande, bien de salón de fiestas de los de antaño, de esa elegancia que uno hoy añora. A los costados, detrás de las mesas y las sillas había espejos, uno al lado del otro. Esos espejos parecían ventanas, porque tenían cortinitas amarradas como en los cafés parisinos o madrileños, o porteños, por qué no. Aunque el salón fuera un subsuelo. 

Correr, poner el mobiliario a la par de los profesores, nos hacía sentir que pertenecíamos al lugar, a la organización milonguera hecha por amor al tango, que era más que el amor a nosotros mismos en esos tiempos de sensación de disolución. Los que realmente organizaban eran Horacio, Cecilia y Luis y el elenco de profesores a quienes hasta el día de hoy, siempre lo comentamos con Aurora y las chicas, les debemos algo que es impagable. Me refiero a los profes Tate, Mariangles, Ale Guti, Melina, Carla. Con ellos dimos los primeros pasos y los del medio. Y bailábamos con ellos, a veces bien entrada la noche. Porque eran generosos y nos prestaban esos cuerpos tan armónicos, casi fantásticos. 





A Aurora, a mí y a las chicas nos pasaba que a la tardecita-noche, dejábamos lo que estábamos haciendo y nos poníamos las pilchas de ocasión, que era ropa cómoda para bailar, un poco sexy, y salíamos de casa, digo, dejábamos lo que estábamos haciendo y partíamos hacia la gran batalla festiva, hacia nuestro momento de fulgor, de seducción, de roce con cuerpos, de convertirnos y poder transformarnos en el mismo Pichuco, o en Di Sarli, que era el más amado por los principiantes, o en Fiorentino, o en los Reyes del Tango, que era una orquesta de las de ahora.  

Los compañeros también merecen un buen lugar en este relato. Leopoldo mi amigo, al que ya conocen por sus incursiones a la ciudad de Cabanillas, a Ricardo, al alemán Klaus, que hablaba un argentino perfecto y era perfecto y buenazo también, a José el de la quimera, que así le decíamos, a Juan el rubio, a Marko, que era croata y muy buen bailarín, al grandote Leonardo que se creía encantado y al Gaita, que era en realidad chileno y encantador de verdad. Bailábamos entre nosotros y con gente nueva, con desconocidos que llegaban de otros países y de otras milongas, y que, aunque recién llegados, en las horas mágicas de la madrugada ya eran parte de la intimidad milonguera. En la noche a la que me quiero referir -noche especial como pocas-, la flaca Mora bailó mucho con el Gaita. Probaban unos pasitos de canchengue y los metían con todas las tandas, tanto con la de D’Arienzo como con la de Piazzola. Cármina bailó mucho con Ricardo, pero también con Marko el croata, que bailó tuba tango conmigo y los Di Sarli con Aurora que bailó también con Juan el rubio que bailó con Lili y con una yanqui después. Yo bailé con Leopoldo, que también bailó con Aurora y con Cármina y Cármina después con Horacio, el profe organizador que la hacía bailar milonga; y vi a Lili con el encantado Leonardo, al que muy cortésmente abandonó para bailar con Klaus, que, pobre, andaba suelto y solo y que después bailó conmigo. Había un hombre muy atractivo en la pista, de camisa lila claro, buen abdomen y pantalones marrones. Bailaba muy bien. Estaría arribando a los setenta. En nuestra cultura se acostumbra a despreciar a los viejos. A nosotras, las milongueras nos encantan. Son los mejores bailarines, los más tangueros. Lili había bailado con él. La hizo volar. A nosotras también. Y, además, queríamos verlo bailar. Parecía simpático, buen conversador, hechizaba la pista, y se comentaba que tenía un pasado interesante. 

Orlando era taxista. Solamente dejaba el trabajo para bailar. Era peón y tenía que tributarle una importante suma diaria al dueño, suma que ahora, después de diecinueve años, no podría precisar. Aún así, a la salida de la milonga, nos llevaba muy solidariamente a casa a todos los que andábamos sin laburo, como era el caso de Aurora, de Mora y de José. Después, nos decía, se iba derecho a la cama porque “estaba molido”. Tenía un hijo al que no veía porque se había enojado con él y se había ido a vivir a Estados Unidos. También, un nieto al que no conocía. “Mejor,-me acuerdo que nos dijo,-así no sufre esta malaria”. Su padre había venido de Italia ·con una mano atrás y otra adelante·, se casó con una criollaza fiel y trabajadora, gran mujer, su madre. Ayudaba mucho al marido en el negocio de verdulería, que, con mucho esfuerzo, había puesto en Barracas. Su padre napolitano, era un hábil y honesto comerciante. El después, desde joven tuvo siempre una rotisería en Villa Urquiza. “me fui de una punta a la otra de la ciudad”,-nos contó-. Por eso me la conozco tan bien. Llevé el mismo negocio más de cuarenta años. Sobreviví a todos los barquinazos económicos de este país. Mi esposa era una gran cocinera. Era incansable. Y, en el barrio, ustedes saben, los vecinos nos conocemos y somos muy exigentes, así que había que esmerarse. Comprar la mejor materia prima, hacer todo fresco y a buenos precios. Lo tenía en la calle Achega. Achega y Tamborini. Y nuestra casa estaba a unos metros. Pero, bueno, tuve un balurdo espeso que me llevó unos años arreglar. Vendí todo y alquilo el taxi.” 

Una vez, era una noche de Octubre medio lluviosa, con un calorcito incipiente. Nos quedamos después de las clases y de las orquestas, unos pocos bailarines conocidos, los profesores, los artistas que salían de los teatros y nosotros. La pista no estaba muy llena. Sonaba Pugliese. Ya muy de madrugada, Leopoldo, Cármina, Juan, Klaus, Aurora y yo nos fuimos a sentar a una de las mesitas más del costado, cerca de la puerta, para ver todo. Nos pedimos una botella de vino y muchas copas. Queríamos ver y descansar los pies. El baile estaba en lo mejor. Nuestro amigo pasó llevando a una chica japonesa. Tenía unos pantalones livianos y una camisa color lila claro que le quedaba muy bien en su cuerpo de señor mayor con un poco de panza, pero erguido y derecho. Su compañera iba feliz. Se le notaba en la cara. El también. Estaba en su esplendor. Lo admirábamos, nos enamoramos un poquito de su paso. Trajeron la botella y las copas. Leopoldo nos acercó y nos dijo:  

- ¿Saben ustedes la historia de Orlando?” 
- No, dijo Cármina. 
- Ah, ¿no saben? 
- No, contestamos los seis entre sorbos. 
- Vio a la mujer con un amante, la mató y se comió los cuatro años de cárcel. 
- Ah, y ¿cumplió su condena?-preguntó Cármina 
- Sí. Creo que por buena conducta le conmutaron a cuatro. 
- Y, sí,- dijo Aurora.- Después de todo, es un buen tipo. 
- Y fue fiel a sus sentimientos, -aseveró Juan, casi con suficiencia. -Nosotros nos reprimimos esas violencias. Somos hipócritas con lo que más deseamos. 
- Sí,-dijo Aurora. -Fue alguien capaz de cometer un acto ilegal para obedecer al corazón. Y fue capaz de descender a lo más bajo del hades y emerger después hasta llegar acá, a este universo estelar del tango. 

Cármina abrió los ojos y tomó más. Klaus también los abrió y creo que no estaba seguro de haber entendido bien el idioma.

-Eso es arriesgarse y bancarse las consecuencias.-Dije yo, más seria. 

Orlando había dado un cuarto de vuelta en la pista. Lo miramos los seis fascinados. Él iba con su camisa lila y su japonesa feliz.  

Pasaron los años, salimos de aquel ensueño y nos pusimos a pensar. Había algo que se nos escapaba. ¿Algo? Aurora siempre pensó que el centro de la tierra no era más que un cúmulo de cuerpos de mujeres muertas entremezclados. O una masa abigarrada de cuerpos de mujeres indiferenciados y anónimos. ¿Quién sería, cómo sería la esposa de este “héroe” que tan genuino y sincero fue consigo mismo? Aurora investigó un poco, y lo que no supo, lo inventó. 

Una señora.Una señora con tetas grandes y pesadas en un cuerpo ya veterano, esos cuerpos que las mujeres empezamos a tapar. A tapar con blusas amplias, con pantalones de confección. A tapar, a tapar la carne blancusca que se afloja, que se empieza a arrugar, a llenarse de globitos difusos, a tornarse de un amarillento transparente, a dejar ver las venas y las piernas, los muslos que se caen, duelen las rodillas arriba de los tobillos anchos y los zapatos sin taco. El marido, paulatinamente dejó de mirarla. Le hablaba como de lejos y se daba vuelta en la cama para dormir de costado, lejos. Lejos de ella, de espalda, casi al borde para no olerla ni oírla dormir. Dorelia, Doris, lo esperó. Quizá, alguna vez la volvería a querer, la volvería a tocar como antes, como en el zaguán de la casa de Barracas, en esas madrugadas eróticas, el barrio durmiendo, el silencio y el viento y los arrumacos de otras parejas en otros tantos zaguanes, las manos y las bocas en la carne infinita. 

Ella lo esperó y Orlando se fue poniendo cada vez más amable y distante. Diligente, también. La reemplazaba en la rotisería, ordenaba, reponía, hacía las compras, hasta limpiaba. Ella más ociosa y sola empezó a salir. El la dejaba. Ella deambulaba primero por el barrio, pero después tomó el hábito de caminar las cuadras que la llevaban al Parque Saavedra, y se quedaba ahí, sentada en un banco, viendo la declinación del día, las madres llevándose a los chicos, los artistas recogiendo sus bártulos, los perros y los dueños yéndose. Y al muchacho que barría juntando las hojas y los deshechos. Porque era otoño. El barrendero la vio sentada en el anochecer durante varios días, hasta que se acercó. Se sentó y la acarició. Era un hombre joven, de unos treinta, un poco mayor que su hijo, notó ella. Con ropa de trabajo, alto, pelo corto. Ella lo había visto y lo había deseado con toda la culpa y la vergüenza. El vino, la abrazó por los hombros. Dorelia creyó que la miraban, pero no. El barrendero la acarició, le besó el cuello, la boca, la panza y ella a él. Después él se levantó y le pidió permiso para llevar los enseres de limpieza al galpón del parque. Y volvió a buscarla. Los dos se fueron por la calle hasta la rotisería. Ya era de noche tarde y los negocios estaban cerrados. El de ella también. Entraron despacio. Orlando había limpiado, cerrado y apagado las luces. Fueron detrás del mostrador hasta el depósito del fondo. Los dos se movían despacio. Dorelia quedó cubierta por el cuerpo del hombre joven. Sintió los puntitos del cosquilleo calentito, un poco eléctrico en el bajo vientre, los pezones encendidos, un movimiento ondulante que ella no controlaba y un poquito de esa humedad que emergía y la sorprendía. 

Orlando estaba en el comienzo del mostrador. Oyó los suspiros, los pasos, los roces de las suelas. Con todo apagado llegó a ver el pantalón de trabajo del barrendero. Vio, supo y calculó todo. Bueno, casi todo, porque la ira le apuraba el pensamiento. Por suerte, él ya tenía un arma con permiso y certificado. Estaría dispuesto a soportar lo que fuera. Con paciencia los dejó terminar y salió como un gato. 

Llegó a la casa mucho antes que ella. Se puso rápido el pijama, y, sin terminar de abotonarse, se acostó en el costado, bien distante. Fingió dormir. Dorelia llegó, fue al baño, se puso el camisón. Fue y volvió varias veces al baño, después se acostó, prendió el velador, leyó. Orlando, sin moverse ni preguntar, fingió un sueño profundo. Esperó hasta que ella se hubo dormido. Fue hasta el cajón más bajo de la cómoda. Sacó el revólver. Era un arma liviana. La mano no se movería por el peso. El tiro fue en el entrecejo, casi rozando el caño con la piel. Bien preciso para que no sufriera. La vio muerta, la recordó joven y la lloró. Con los ojos acuosos se vistió y fue a la comisaría.