Sociales

En primera persona

Una familia de raquetas con capacidades diferentes

14|07|19 08:44 hs.

Por Valentina Pereyra


Es feriado. Afuera la temperatura asciende, parece que va a llegar a los 13 grados. Adentro de casa pasa lo mismo. La tele está encendida desde la previa, el quinto set en marcha con el tanteador 5-4 y el saque de Raonic. Guido tuvo un match point, pero el canadiense lo paró cerca de la red. Por lo menos hoy podemos verlo. La mayoría de los partidos se juegan mientras trabajamos y eso es ¡mortal! No puedo sentarme, lo miro de pie. No son games, set, es mucho más que un partido. Es la vida la que va pasando dentro de un club, en un aeropuerto, en la soledad de una habitación de hotel, en lugares recónditos. No es Wimbledon, son los torneos que ya ni recuerdo sus nombres, las horas interminables arriba de un auto o esperando el colectivo más barato. 

Guido vuelve a tener dos pelotas para cerrar el partido -con ventaja 6-5-, pero su rival lo bombardeó con su saque y no le dio opciones. Carlos está conforme, se lo veo en los gestos, está jugando bien. Nuestro hijo es fuerte y aprendió mucho. 

Afuera los sonidos de la ciudad se callan, no hay clases, ni administración pública. Se pusieron de acuerdo para dejarnos disfrutar de este memorable partido. Pienso en la carta que le escribí la primera vez que superó una ronda en Wimbledon. Sigo creyendo lo mismo. 


Charo, Carlos, Guido y su novia, Stephanie Demner, en otra postal familiar


Ya en el 7-6 Guido acierta la devolución y los relatores se entusiasman. En mi casa todo es tensión. Raonic dejó una pelota en la red y nuestro hijo levanta sus brazos, se agarra la cabeza, la mueve hacia un lado y al otro ¡No lo puede creer! Carlos me mira, nos abrazamos, lloramos. Los relatores gritan, como en eco escucho palabras sueltas, “no se venció”, “es un luchador”, “hizo historia”, “es el cuarto jugador argentino que queda entre los ocho mejores en este torneo”. Las dejo pasar, al mismo tiempo las guardo. Las imágenes muestran a Stephanie en la cancha, es importante que el amor esté allí presente, al entrenador. Guido sube los puños, mira a la tribuna. Seguro se acuerda cuando tenía que esperar para ponerse la remera que le secábamos con el secador de pelo que llevábamos a todos lados. Hace cuatro horas que estamos firmes frente a la tele. Los relatores dicen que su cara lo dice todo. Nadie mejor que nosotros para saber cuánto más hay adentro suyo que no dice. Hubo muchos momentos de zozobra en los que la raqueta podía colgarse de un minuto a otro. 

Ganó, ganó, lloro, lloramos. Garra y corazón es lo que le pusimos en los sets que enfrentamos en nuestras vidas. Desde que lo vimos en posición de espera durante sus primeros partidos hasta este drive de zurda tan perfeccionado y hábil, todo es sacrificio. 

Siempre digo lo mismo, fuimos una familia discapacitada, mejor dicho, con capacidades diferentes porque tuvimos que transitar un camino y mostrar una realidad que se nos hacía demasiada adversa. Me resulta más fácil enumerar las cosas sencillas que fueron mucho menos que las otras. Fue un camino arduo. 

Lo único que espero es hablar pronto con él. Sol sube a Instagram un mensaje, llora emocionada. Lloro con ella. Se agolpan las sensaciones y la garganta se estriñe ante el recuerdo. Fue un domingo en que despedí a Guido cuando tenía 14 años. Dos días antes Carlitos llevó a Caty y a Guido a probarse en Buenos Aires y a que los viera un sponsor. Le dijeron que eran buenos, pero para que los apoyaran tenían que entrenar en Buenos Aires. El sábado nos sirvió para pensar. Nuestra hija no podía ir, tenía 12 años, sin embargo Guido con 14, aceptó rápido el desafío. No había plata suficiente por eso el pasaje que sacamos fue el más barato. Lo despedimos. No volví a pasar por la terminal, no puedo, todavía lloro a ese chiquito que dejé ir. 



Los canales deportivos reiteran la jugada. Prepara el saque y queda en posición de ventaja. Ahora mismo pienso en su carita, es muy parecido al papá en su presencia. El tenis nos unió desde todos los lugares. En mi familia, desde las bisabuelas de Guido están ligadas por ese deporte. Es más, el tenis nos unió como familia. No puedo evitar dibujar una sonrisa y que el corazón me devuelva un latido un poco más fuerte que hace un rato. La de mi casa es una historia de raquetas, aunque Carlitos siempre dice que él es un híbrido porque no había nadie en su familia que amara el tenis tanto como él. 

El “approach” fue punto. Carlitos era profesor de tenis de mi hermana Flor en el Club Pacífico. Fue ella que un día me dijo que tenía un instructor re-lindo “¡Te va a encantar!”, me repetía. Decidí ir a la salida de su clase y lo vi: “Tenías razón, está re-bueno”. De esto hace más de 35 años y no nos separamos nunca más. Guido y Caty se quedaron con el tenis después de pasar por varios deportes, pero Sol se plantó a los siete años y nos dijo que odiaba ese deporte, así que ahí mismo largó la carrera. Los chicos representaron al país en Sudamérica aunque a Caty le cuesta mucho más por ser mujer, pero sigue con la raqueta en la mano porque es su pasión. 

Inhalo y pienso en los chicos. Voy y vengo pero la cámara lenta muestra el punto final y la ovación de la tribuna. Me apoyo con ambas manos sobre el borde del escritorio revuelto de papeles. Relojeo y veo una de las cien carpetas que armé para pedir en los comercios deportivos de Bahía alguien que quisiera ser su sponsor. ¡Así podía tener más de una remera cundo jugaba singles y dobles en el mismo torneo! No tuve suerte. 





Me gusta escribir, siempre publico alguna nota. Hay una carta que quiero repetir, una que hice cuando le ganó en 2018 a Marin Cilic, que relata la esencia de lo que somos. Entonces uso la tecnología, se me escapan desbocadas las palabras y los dedos no corren tan rápido como mis ideas. Busco la página de tenis en la que anuncian el triunfo de Guido, miro rápido el video del punto que le hace a Raonic y la gente que se pone de pie para ovacionarlo. Late fuerte mi corazón, lo sostengo con la mano que no escribo. Frases brutales, crudas, literales, toda la verdad que reflejo en esos pocos minutos, cuento lo que hay atrás de un triunfo. 

Aprieto enter, salió, ahora es de todos, necesito que entiendan lo difícil que fue para nosotros separarnos, dejar que nuestro niñito se vaya de Bahía Blanca. En esta ciudad ya no alcanzaba lo que podían enseñarle, tampoco lo que Carlos podía darle. 

Guido entiende bien el juego adelante, aprendió como nosotros que el tenis sin quererlo es nuestra forma de vida. 


A pesar del martillazo que dio el canadiense en el saque, siguió, seguimos. Mientras devuelvo los mensajes con saludos amorosos de compañeros, alumnos, familia, mi respiración se acelera. No puedo dejar de pensar en tantos apremios económicos. Tuvimos todo embargado, todo prendado porque es extremadamente caro este deporte y nosotros jugamos en dobles. Cata y Guido no paraban, mientras Caritos acompañaba a uno a Salta, yo iba a Neuquén con el otro, eso todos los fines de semana. Bancamos nosotros, fue un proceso de gasto enorme por lo que recurrimos a préstanos. 



Llegan imágenes de todos los diarios y portales deportivos del país, la foto de Guido emocionado, su gesto duro y luchador recorre el mundo cibernético. La hazaña tan inolvidable como efímera. Todo comparable con los cinco trabajos que tuvimos para seguir por el camino que nos trazamos sin darnos cuenta, sin proponérnoslo. 

La pelota es toda suya. Corre, corre, es veloz. Raonic no logra parar la devolución y es punto. Mira al cielo y aprieta los puños. Mi hijo no es la excepción, a todos los tenistas les cuesta mucho llegar, por eso publiqué en las redes lo que pienso. Necesito que se sepa lo que cuesta y todo lo que hay que esforzarse. La verdad es que nuestros hijos no compitieron nunca para disfrutar los partidos, lo hicieron para mostrar lo mejor de ellos. El disfrute venía después cuando estábamos juntos, en familia. Pero durante los sets hay que hacer todo lo mejor y jugar con todo lo que se tiene. 

En todos los canales hablan de la hazaña. Seguro vamos a analizar las jugadas y mirar mil veces el punto que levantó a la tribuna de Wimbledon. Abro el celular, y releo mi escrito. ¡La gente piensa todo lo que gana un tenista! Yo sé que todavía no alcanza para pagar las deudas, para los 120 mil dólares anuales que cuesta seguir en competencia. Todos los trabajos que hacemos no son suficientes para acompañarlo. Es un mundo diferente, de muy alto costo. Aprendimos que hay que hacer las cosas convencidos de lo que elegís para tus hijos y nunca dejar de creer. 

"No es sólo un triunfo y tal vez no tenga nada que ver con el tenis. Es sacarse la camiseta de jugador y ponerse la de la persona que está dentro de una cancha. No es la marca que hoy lo viste, son las veces que lavamos la misma remera y la secamos con un secador de pelo”.