La Ciudad

En primera persona

La golondrina viste de hornero

21|07|19 09:52 hs.

Por Valentina Pereyra


Antes de preparar el bolso voy a cubrir un revoque que quedó mal. Busco los baldes y la tierra que amontoné prolija al fondo del terreno. Me agacho y amaso con las manos ese barro saludable, digno, divino. Suave y áspero, blando y rígido, meto hasta el fondo los dedos, los brazos también se pierden en esa negrura fina y consistente, algo chiclosa. Relleno los sacos con la tierra y me hundo en el arte de construir, de diseñar, de la permacultura. 

Levanté esta casa orientada hacia el este con mis propias manos. Empecé a jugar con la tosca que abunda en el pueblo, pero tuve que comprar tierra para hacer los revoques sin abandonar la idea del circuito perfecto en el que todo está resuelto dentro de la naturaleza. Puedo hacer adobe, súper adobe, ladrillos de barro, quincha. Tardé cuatro años, pero monté este hogar sustentable y natural alrededor de los palos que sostienen la paja bien prensada que hace de techo. 

Giro sobre mis pies descalzos y veo un diseño que salió de mí. Una casa sustentable, fuerte, noble como la tierra y la tosca que la conforman. Muchos piensan que estoy loca porque saco el agua con la bomba, no tengo luz, ni heladera. Es un aprendizaje personal. ¡Tenemos todo y sin embargo pensamos que necesitamos tantas cosas! 


Verónica Román sonríe y celebra la vida


En Reta aprendí el respeto por la naturaleza, por lo que crece y se mueve alrededor. Es increíble poder captar y escuchar los mensajes de la tierra, conocer con exactitud los movimientos del sol según la estación del año. 

Cuando empecé con esta idea mis chicos creyeron que me había pirado. No entendían que me gustara bañarme con agua que caliento en el fuego. 

No sólo diseño mi casa, también hago como en la cultura maya “los muñecos de julio” que coso para todas las madres que van a parir durante el año. Nunca dejé de hacer muñecas, antes de papel con pelos de hilo, ahora de tela. Preparo los rellenos después de hilvanar cada pieza, los brazos, las patas largas, la cabeza. Pego los ojos y la boca, junto lanas y tiritas de telas sueltas para convertirlas en hermosas cabelleras. Desparramo géneros sobre la mesa y elijo los colores más brillantes con los que diseño vestidos de fiesta, delantales, pantalones de cueros rockero. ¡Todo le queda bien a mis muñecas! 

Cuando coso mis hijos me preguntan: “¿Mamá, estás jugando?” Tienen razón, ¡me divierto! Con barro o con telas. 

Hacer muñecas y ropa es entrar en un estado en el que dejo de ser yo. Superpongo las gasas, las fibranas, el broderie, las puntillas, los lienzos de lino, me entrego a un proceso que se va de mí. Corto telas, las pongo en la mesa y agarro cachitos que estampo, agrego cintas, lanas, me gustan las texturas. Nunca tiro nada, soy la gran rata, fan de juntar telitas con las que lleno bolsas. 

Máquina de coser y telas viajan conmigo. Son compañeras de aventuras y sinsabores. Así fue cuando llevé por primera vez a “Secun” a Claromecó el año que me separé y fui a hacer temporada en La Barra. 

Soy nieta e hija de modistas. Mi abuela, Secundina Menna, “Secun” para sus clientas, cosía trajes de novia, de madrinas, de quince. Me permitía hacer y deshacer, jamás me perdí ni una sola prueba. Aunque insistía para que no me dedique a la costura por ser “una tarea muy esclava”. Mi mamá cosía para afuera, la abuela era la dueña de la trayectoria. 



Me encantaban las lentejuelas a full, cuando era chica pensaba que eran telas traídas de no sé dónde, los terciopelos bordados, las gasas, un mundo que desplegué al preparar eventos y fiestas, pero nunca volví a ver géneros como aquellos. Me gustan los colores que me recuerdan a los caminos frutales de Cipolletti donde viví desde los doce años. 

Haga lo que haga siempre tengo una máquina a mano para despuntar el vicio, sé amasar barro para levantar paredes y también sacar hilo por hilo de cualquier tela para cerrar con una aguja y dar forma a distintas figuras. La costura es parte de mí, enseño desde el pensamiento que todo es posible y que un error se arregla. 

Soy una permacultora, una costurera, una focalizadora de danza circular. Soy una mujer que quiso ser invisible, hablar poco y escuchar mucho, ingenua, casual, madre, mujer, andariega, golondrina. 

Tantas mudanzas me dejaron con pocas cosas, con una mochila chica podría viajar a cualquier lado. Aprendí del desapego y de la experiencia de vivir sin ningún servicio. Dejé ciudades, trabajos, dejé de teñirme, de maquillarme. 

Corto telas, las pongo en la mesa y agarro cachitos que estampo, agrego cintas, lanas, me gustan las texturas


Salgo un rato porque siento frío, el sol calienta poco, pero lo suficiente como para poder pegar la cara a sus rayos y sonreír. Guardo algo de ropa mientras pienso en el nuevo y conocido destino. Vuelvo al punto de partida desde donde partió mi familia móvil. Volar está en mi sangre. ¡Me quiero quedar quieta, pero no puedo! 

El amor me mueve y conmueve, lo cargo en el bolso, es lo único que llevo siempre y no olvido jamás. Transformé dentro del círculo de la danza a la Verónica silenciosa en otra. Bailo con mis alumnas, la música, las formas, la respiración, alzar los brazos, girar las manos hacia el cielo, respirar, todo me nutre. Conocí las danzas circulares en Ushuaia, allí había mucha gente sola que llegaba de todos lados del mundo, por eso la maestra del Jardín de Victoria proponía todos los viernes un espacio muy amoroso en el que enseñaba danzas muy preciosas y meditativas, eso me inspiró. En ese círculo que armamos con los otros me siento invisible y se crea una energía impresionante. Eso es lo que siempre quise para mí. 

La mezcla de “Susanita” a la décima y la ingenua que soy confluyen es ese círculo sin principio ni final. Muevo mi cuerpo y también mis emociones, suelto todo lo que me agobia y descubro la esencia de la vida. Se mete a danzar aquella adolescente que volvió de Neuquén a Tres Arroyos para descubrir un mundo hasta ese momento lejano e incomprensible. Se mete a danzar la mujer que en Ushuaia cosía para las mamás de las compañeras de primer grado de Joaquín. ¡Artistas increíbles que lucían mis diseños sobre escenarios nada convencionales! Danzar es parte de mí, igual que la costura y que los bolsos que armo y desarmo cada vez que cierra algún círculo. 

Junto los retazos ya en penumbras. En un rato vuelvo a partir. Esta vez por tierra y sola, ¡tan distinto fue a los 27 años! Llegué en avión con Joaquín y Victoria a la isla más austral de la que me enamoré cuando todavía estaba en el aire. Llevé más equipaje esa vez, todavía me faltaba aprender mucho. Trabajé en hotelería donde confirmé que tengo el don de atender gente, de la escucha corporal y de la palabra. Atendí en Tía Elvira, un restaurante de centollas y mariscos frente al Beagle. A los que viajaban del frío al calor les cosía para que llenaran sus valijas, mientras vaciaba las mías. 

Repaso mi pequeña mochila raída por el tiempo, muevo la cabeza sin dejar de sonreír de un lado al otro, no en señal de no, sino de ¡qué feliz soy! 

No puedo dejar de mirar la blancura que refleja la luna sobre los álamos. Es el paisaje que me devolvió a Reta


La noche llega por el lugar convenido. No la voy a extrañar porque siempre vuelvo. Un nuevo intento de familia me trajo hasta Reta, mi tercer hijo Popke por nacer y otro emprendimiento. Salió La Luna en calle Moreno que iluminó hasta que sus halos plateados se escurrieron por el asfalto y quisieron regresar apurados a Reta. 

De nuevo a danzar, a empacar cada vez menos, cada vez más. No puedo dejar de mirar la blancura que refleja la luna sobre los álamos. Es el paisaje que me devolvió a Reta después de otro paso por mi ciudad natal. Preparación de eventos, ambientación, maquillarme, teñirme... También me pesó. Vuelvo a casa, salgo y entro, circulo y bailo. 

Con la estructura del cosmos como aliado creo mi espacio sagrado, el poder de la sanación llega sin prisa, se acomoda en mis entrañas y duerme en mi corazón “Susanita” que se enamoró de muchos lugares y que desde este círculo de vida hace emerger el sentido de unidad. Celebro la vida y armonizo. Coso, hago con barro mi casa, vuelo y danzo. 


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Perfil

Verónica Román nació en Tres Arroyos y es una viajera incansable, una hornera increíble. Son cinco hermanos, es hija y nieta de costureras, focalizadora de danzas sufís y circulares, mamá de Joaquín, Victoria y Popke. Armó con el papá de su tercer hijo el proyecto gastronómico La Luna en Tres Arroyos y en Reta. 

Hizo muñecas patas blandas sin nada de plástico, a mano. Trabajó en La Huella, en La Barra de Claromecó, en hotelería y el restaurante exclusivo de centolla y mariscos Tía Elvira en Ushuaia. Fue ambientadora de eventos junto a Sofía Naza en el Hotel Elegance. Se formó en danzas circulares en San Marcos Sierra, Córdoba y como focalizadora en Buenos Aires. Organizó encuentros en Reta, donde participó también de Ferias con su marca de indumentaria Secun, hizo parques, macetas, plantas. Tiene el proyecto de plazas comestibles. 

Trabajó en el programa Envión y actualmente imparte un taller de reciclado textil para niños, de costura y moldería para mujeres y danzas. Produce fajitas menstruales protectores y remeras. Aprendió permacultura y formó parte de la Escuela Agrícola de Claromecó.