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La vida es bella

11|08|19 12:24 hs.

Por Juan Berretta 


Dos accidentes graves, gravísimos. Uno en moto, sola; otro en auto con su hijo. Más de una docena de operaciones en total. Semanas en coma. Semanas sin poder ver a Maxi. Meses internada. Meses de rehabilitación. La panza hecha una cicatriz. Los dolores que siguen ahí. La plata que no alcanza. La lucha para que su nene pueda hacer una vida sin una parte del cráneo. Dos dolorosos fracasos de pareja… Todo en ocho años. 

El relato es desgarrador y una de sus hermanas no puede evitar las lágrimas. Agustina Mateluna habla, gesticula, mirar sin mirar y hace fuerza para no quebrarse. Contar su historia le hace bien, es un ejercicio sanador y tal vez el último escalón que le falta escalar para convencerse de que ahora empieza lo mejor.  

La ruta 228 
El primer accidente fue el 28 de septiembre de 2011, cuando iba a buscar a Maximiliano a un pelotero. Agustina circulaba en moto por la ruta 228 en sentido hacia Necochea y al cruzar la calle 1810 una camioneta dobló y se la llevó puesta. “No me acuerdo de nada, lo único que sé es que yo no hice nada mal, el hombre no me vio y se tiró a doblar. Si no llevaba el casco no contaba el cuento”, dice mientras ceba un mate dulce. 

Su costado derecho se llevó todos los impactos, en una muestra que ella, en un acto reflejo, evitó pegarle de frente a la camioneta. A los pocos minutos ya estaba en el Hospital Pirovano, pensaba que apenas había sufrido unos golpes y que en un rato se iba a la casa. Segundos después se descompensó y recién recuperó la conciencia a las tres semanas. 

“Tenía dos costillas rotas y el hígado partido al medio, me llevaron al quirófano de urgencia. El cirujano le dijo a mis viejos que si pasaba la noche, al otro día me trasladaban a Bahía porque acá no tenían la aparatología para mantenerme viva”, cuenta. 

Pasó la noche y la llevaron al Hospital Penna. Ya estaba en coma inducido. En Bahía surgieron nuevas malas noticias: los médicos constataron que tenía un pulmón perforado y lleno de sangre. Siete operaciones y más de 20 días en estado inconsciente. En su garganta se ve la secuela de la traqueotomía que le tuvieron que hacer para que respirara. 

En Bahía con ella estaban su pareja, sus padres y algunas de su siete hermanas, quienes también se iban turnando en el cuidado de Maxi, que por ese entonces tenía seis años. Con un agregado que complicaba el cuadro: habían descubierto hacía muy poco que el nene era celíaco y eso obligó a que las hermanas tuvieran que cambiarle los hábitos de alimentación, y en tiempos en los que casi no había productos para celíacos. 

El 3 de diciembre, a pocos días de haberse cumplido los dos meses del accidente, Agustina recibió el alta y regresó a Tres Arroyos. En realidad, fue el primer paso de una larga rehabilitación que le demandaría un año y, en un principio, periódicos viajes a Bahía. “Me pusieron una malla en la panza que mi cuerpo la rechazó, además me agarró neumonía, por eso los tiempos se alargaron”. 

Haber estado tan grave y haber logrado sobrevivir le sirvió para darse cuenta que tenía que valorar más su vida y superar los obstáculos que le impedían ser feliz. Uno era su tormentosa relación de pareja y decidió separarse. No fue una decisión fácil, porque fue ella quien se tuvo que ir con su hijo de la casa que compartía con su pareja. El destino fue el hogar de su padre. 

Un par de meses después de separarse cobró una indemnización por el accidente y eso le trajo alivio al bolsillo. “No hubo juicio, llegué a un acuerdo con el hombre”, cuenta. Al señor lo conoció en esa primera y única audiencia, y no sólo nunca le guardo rencor porque no la vio venir en la moto, sino que además siente culpa de no haberlo ido a visitar después para contarle que estaba recuperada. “El se portó muy bien, se quiso acercar, se preocupaba por mi estado, y sé que quedó mal. Después del accidente se enfermó y falleció. Tengo el remordimiento de no haberlo podido ir a visitar y decirle que a cualquiera le puede pasar, una distracción un segundo…”. 

Con una parte del dinero que recibió logró cumplir un sueño que tenía: “Pude comprar la casa donde vivo, que era de mi mamá y la tenía alquilada. Cuando la agarré no tenía luz, ni agua, ni inodoro, estaba en muy mal estado, pero yo era feliz. Amo mi casa. Porque es mía y porque ya tengo algo para dejarle a mi hijo”, asegura Agustina, que trabaja desde los 15 años limpiando pisos, baños y muebles ajenos. 

La ruta 3 
El segundo accidente fue en la tarde del 5 de septiembre de 2016. Agustina manejaba un Dodge 1500 de su nueva pareja, un muchacho un par de años más joven que ella y con quien se sentía plena. “Era el amor de mi vida, una excelente persona, gran compañero y Maxi lo adoraba”, comenta. Una inexplicable maniobra de un camionero pulverizó el dulce presente de Agustina y comprometió el futuro de su hijo. 

“El camión venía por la ruta sentido hacia Chaves, yo como yendo a Bahía, y a la altura de la avenida San Martín frenó y dobló como para ir a la cerealera justo cuando estaba pasando yo. Nos chocó y aplastó todo el costado donde veníamos Maxi -iba sentado atrás- y yo”, recuerda. “Tengo el video, pero nunca me animé a mirarlo”, agrega. Meses después el camionero se declaró culpable. 

Las consecuencias fueron terribles. Maxi, en ese momento de 10 años, tuvo doble fractura de cráneo y múltiples fracturas faciales, por lo que fue trasladado a Bahía Blanca en estado comprometido. Agustina sufrió la quebradura de 10 costillas, la perforación de un pulmón y le estalló el bazo. Estuvo atrapada en los fierros varios minutos, la tuvieron que liberar los bomberos y luego fue llevada al Pirovano, directo al quirófano: se le extirpó el bazo y se le colocó un drenaje. Todas las heridas fueron del lado izquierdo de su cuerpo, está claro que el derecho no hubiera soportado nuevos daños. 

“Lo único que me acuerdo es que yo gritaba que sacaran del auto a Maxi. Pero veo todo negro, no tengo imágenes, sólo escucho mis gritos de desesperación”, cuenta. 

Durante 20 días madre e hijo estuvieron en terapia intensiva, ella acá, él en Bahía. “Maxi tenía medio cráneo astillado, no se lo pudieron reconstruir, así que le quedó la piel y el cerebro, no tenía protección”, explica. “Yo estaba paralizada, no podía ni sentarme por los dolores”, completa. 

En el Penna, se instalaron el padre de Maxi y un par de hermanas de Agus. En el Pirovano el resto de la familia velaba por la evolución de ella. Pasaron un par de semanas hasta que le contaron lo que le había pasado a su hijo, nunca le habían dicho que estaba grave en Bahía para no complicar aún más su estado. 

Una vez que Maxi fue dado de alta -tuvo una recuperación asombrosa- y volvió a Tres Arroyos, con todos los cuidados del caso, pudieron volver a verse en los que fueron los momentos más emocionantes de la vida de Agustina.

El día después 
“A mí me costó muchísimo la recuperación. Estuve casi tres meses internada y después tuve un drenaje en la panza casi un año, una férula en un pie… Y a los poquitos días de que me dan el alta mi pareja me dice que se iba, que se había terminado el amor. Creo que lo sobrepasó la situación, porque tanto Maxi como yo necesitábamos muchos cuidados. Valoro que vino y me lo dijo de frente, tuvo ese valor”, cuenta Agustina. 

No le quedó otra, entonces, que volver a lo de su papá porque no podía vivir sola con Maxi. “A él había que cuidarlo mucho porque un golpe en la cabeza, al no tener hueso, podía matarlo. Y yo no podía ni ir al baño sola… Además caí en una profunda depresión. Cada vez tomaba más medicación porque los dolores eran cada vez más intensos, cada día dormía menos, no comía, estaba mal en todo sentido. Me sentía una inútil”, asegura con la mirada húmeda. 

Hasta que se fue a vivir unos días a la casa de una de sus hermanas y la situación empezó a cambiar. “‘Por favor Agus reaccioná, saliste de tantas, de ésta también vas a salir. Pero así parece que estás más muerta que viva. Y tu hijo te necesita’, me dijo mi hermana y me hizo reaccionar”, recuerda. 

El gran desafío que tenía por delante era conseguir la plaqueta para la cabeza de Maxi y así lograr que pudiera volver a la escuela y a hacer una vida normal. Unos 10 meses le llevaron las gestiones, viajes a Bahía y visitas periódicas al Pirovano. “Estábamos muy mal económicamente, yo no podía trabajar porque no me podía casi mover, Maxi no podía salir a jugar porque era un peligro, fueron meses durísimos”, relata. La espera interminable un día llegó a su fin: llegó la plaqueta, se fueron a Bahía Blanca y el 1 de septiembre se concretó la operación. Cuatro días después, justo al cumplirse un año del accidente, Maxi fue dado de alta y volvió a Tres Arroyos con la prótesis en su cabeza para empezar a recuperar su niñez. 

“Le pusieron un hueso sintético, es una protección, pero no es su hueso. Por eso hay cosas que no puede hacer, por ejemplo jugar el fútbol, ni ninguna actividad en la que pueda golpearse”, explica Agustina.   

Todo por venir 
Se encaminó la vida de Maxi y de a poco también la de ella. Mucho tuvo que ver su familia y también sus empleadoras. En la casa donde trabaja por la mañana le pagaron el sueldo los primeros seis meses y le hicieron los aportes por 12 meses más. Cuando recibió el alta definitiva, y pese a las limitaciones para hacer fuerza y ciertas tareas, le volvieron a dar el trabajo. 

Por la tarde, en tanto, colabora en “Delicias Tresa”, el emprendimiento dedicado a la venta de productos para celíacos, a cuya responsable conoció en un taller de cocina al que concurrió para aprender recetas para Maxi. 

“Me siento muy querida en los dos lados y ellos fueron muy importantes para que yo haya superado momentos muy complicados. Me ayudaron miles de veces”, afirma sobre Fernanda y Federico, donde trabaja por la mañana, y Gladis, a quien asiste por la tarde. 



“Tengo 31 años y quiero disfrutar de mi hijo y volver a ser mamá. Esa es mi meta ahora”, cuenta. Para poder quedar embarazada debe volver a entrar a un quirófano, porque necesita ponerse una malla interna, “porque más de la mitad de mi panza son cicatrices y la piel no toleraría el crecimiento del bebé”, indica. 

Agustina cuenta que muchas veces sus amigos y sus hermanas, le dicen que tendría que escribir un libro con lo que ha sido su vida. 

“¿Cómo se llamaría el libro? Le pondría de título una frase que repito mucho: la vida de perfectamente maravillosa. A pesar de todo, vivir es maravilloso”, asegura con una sonrisa. 

“Siento que mi vida es maravillosa. Es verdad que tuve momentos malos, pero también sé que siempre hay alguien que está peor que una. Además, siempre tuve a mi hijo y a mi familia conmigo. Por eso amo estar viva”. 

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Ellos lo hicieron posible 

“Si no fuera por mi familia yo no hubiera podido superar todo lo que superé. Mis padres y mis hermanas siempre estuvieron a mi lado y de mi hijo”, asegura Agustina. En la foto de arriba papá Guillermo y mamá Gladis custodian a Agus y Maxi. En la de abajo, las siete tías (Flor, Myri, Vane, Pico, Romi, Tichi y Gabi) posan con su querido sobrino el día en que tomó la comunión. “Ellas, mis padres y amigos colaboraron para que podamos festejar su primera comunión y fue un día inolvidable”, recuerda.





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El amor después del dolor 
Los peores momentos para Agustina fueron las semanas posteriores a su segundo accidente, cuando no tenía contacto con su hijo, que estaba internado en Bahía Blanca. Cuando le dieron el alta en el Penna, Maxi volvió a Tres Arroyos y fue a visitar a su mamá. “Con ayuda de mi papá y de quien era mi pareja, me pude sentar junto a la ventana, tenía mucho dolor, me costaba respirar por las diez costillas fracturadas. Y a Maxi lo acercaron del otro lado. El no podía entrar a la habitación porque tenía las defensas bajas y yo estaba aislada porque me había agarrado un virus”, relata. 



“Así lo que hicimos fue tocarnos a través del vidrio, pero para mí fue tremendo, porque lo pude ver, supe que estaba vivo, que no me estaban mintiendo”, agrega. Una de sus amigas sacó una foto y es una de las imágenes más importantes de la vida de Agustina. 



Unos días después, el contacto ya pudo ser físico. Y la primera vez que lograron abrazarse fue el día del cumpleaños de Maxi. “No puedo explicar lo que sentí al volver a abrazarlo”, dice Agustina emocionada que en aquellos momentos, además de sus dolores físicos cargaba en su conciencia la culpa de lo que estaba viviendo su hijo. “Yo no me acordaba de nada del accidente y me sentía culpable porque era la que manejaba”, cuenta. Luego pudo comprender que ella nada pudo hacer para evitar el choque.