Sociales

En Primera Persona

Abracadabra

11|08|19 10:57 hs.

Por Valentina Pereyra

A los nueve años aparece la mística por primera vez. Las trenzas de mujer, las botellas y regalos que la gente deja en el santuario del Gauchito Gil cargan mi espíritu de curiosidad y de la amorosidad que aún sin verla me trasmiten las personas que llegan a Mercedes a venerarlo. 

Corrientes nos recibe con su selvático paisaje a manos abiertas. Papá emigra para esa provincia detrás de un sueño, un emprendimiento agropecuario que nos regala el derecho a la libertad. 

Mi hermana mayor y yo dejamos el Colegio de Hermanas en cuarto grado y nos metimos en el paisaje correntino de cabeza. 

Los camalotes entretejidos con plantas flotantes como el irupé se mezclan con el higuerón, el lapacho negro, o el blanco. El elenco faunístico es variadísimo, yacarés, boas, yararás. Una de ellas, seguramente enojada por irrumpir sin permiso en su territorio, pica a papá y lo pone muy mal, la pasa mal. 

No puedo ni explicar lo que es pasear con Clotilde por el malezal y sus verdes intensos, sentir mientras cabalgo mi yegua, aromas que salen de la misma entraña de la tierra. Humedecidos y armónicos con las lluvias, desafinados con el calor que viste las cuatro estaciones. 

El aire fresco de la mañana no me nubla el pensamiento, todo lo contrario. Bordear los embalsados me transporta a imágenes futuras, el ir y venir de esas enormes extensiones como islas que flotan con vida propia me hacen pensar en mí. Lo que veo es mágico, sin embargo el viento y las lluvias los mueven, no están firmes, se parecen a nosotros que salimos de la ciudad para entrar en la naturaleza total. 


Escribió un libro y lo presentó el miércoles. En el futuro, seguramente, escribirá otros para compartir sus experiencias


Ni bien vuelvo del paseo, tomo la leche y me pongo a jugar. Le doy clases a mi hermana y a otros chicos que viven cerca del campo y vienen de vez en cuando a pasar la tarde. Les enseño todo lo que sé de los animales y las pantas que nos rodean. Les trasmito el amor por los animales y la necesidad de cuidar a las especies en peligro. Les doy clase. Por ahí cuando sea grande, en unos diez años vaya a la universidad. Vi en la biblioteca un libro: “Cien años de soledad”, escrito por otro García Márquez, lo voy a leer, es mi tocayo, algo me va a inspirar.

La magia de mi selva añorada anidó con raíces profundas sin que me diera cuenta. Cabalgar a Clotilde y escuchar a los pájaros de los pantanos que ahuyentan con su canto a las boas me ayuda a meditar. Desmonto y en cuclillas me saco las zapatillas, tiro los zoquetes que interrumpen el paso de mi tierra hasta mi alma. 

Pisar ese suelo fangoso me conecta. Me paro cerca de tres palmeras unidas por un tronco, apoyo las dos manos y las envuelvo. Miro hacia la copa que está demasiado alta para descubrir el sol que trata de esquivarlo. 

Tal vez cuando tenga cincuenta vuelva con mi mente a este camino y recorra descalza la senda desandada, reconstruida, sin sacrificios, sin penitencias, sin culpa, ni castigo. 

Ya en casa nos ponemos a jugar a la maestra. Describo con muchas imágenes los lugares que visito en mis andanzas, espacios de soledad, de silencio, de contacto con el pasto. Se los recomiendo, los va a ayudar a mirarse hacia adentro y por ahí a transformarse. 

¡Ya sé! Voy a enseñar, voy a ser maestra, tengo que aprender mucho ¡hasta podría ser inspectora! Cuando llego a casa con mi yegua la dejo pastorear y corro rápido a ver a mis alumnos. 


Todas las fotos son de Marianela Hut


Llegaron temprano, les encanta cuando jugamos. Les traje unas hojas grandes que encontré en el galpón, de esas que usan para envolver las semillas. Se las doy y les digo que escriban todo lo que sueñan. Después reparto otra y les pido que dibujen lo que escribieron. Al terminar todos nuestros sueños quedan pintados en el papel. También el mío. La familia, dos hijos, trabajar en escuelas rurales, estudiar mucho y aprender a meditar. 

Luego los invito al patio, nos sentamos en ronda ponemos una mano sobre la otra formando un cuenco, cerramos los ojos y dejamos que la naturaleza nos recorra. Si tengo que volver a Tres Arroyos este verde, los brillantes de las flores y los frutos silvestres, lo salvaje, lo peligroso, los esteros y el gauchito Gil se van a venir conmigo. 

El llamado a cenar nos sacó de esa exploración. Cuando sea grande voy a invitar a mis amigas, sus familias, mi hermana y si tengo otros hermanos también, a sus amigos, a todos los que me dejen para que se unan a estas rondas y meditemos, esta vida es de reencuentro, eso creo. 

Tengo demasiadas preguntas y nueve años, seguro que después de los veinte o los treinta encontraré las respuestas. Me encanta pasar por el santuario, la fuerza energética de las trenzas cortadas y puestas como ofrendas al gauchito Gil invade unos minutos mis pensamientos. Parece que la gente se alivia cuando viene y tiñe de rojo su dolor y su pasión. Cuando sea grande, si sufro, si me duele el alma voy a estudiar, a meditar a hacer eso que leí hace poco en una revista que trajo mamá del pueblo, creo que se llama reiki. 

La mañana es calurosa, la brisa me pega en el rostro y me empuja a moverme. Camino porque me gusta, leí que el cuerpo es nuestro sensor, ¡Es increíble lo que pasa cuándo lo escuchamos! Yo escucho mucho al mío, le doy de comer sano, más vegetales que carne porque prefiero cuidar a los animalitos. 

Voy a pasar por el santuario antes de ir a la escuela, quiero ver cómo va todo ahí. Llego y cuento mentalmente las botellas, pañuelos, trenzas y estampitas nuevas. Crece y crece. Cuando juegue con los chicos se los voy a decir, mejor dicho, a enseñar. 

Antes de empezar las clases nos mostraron cómo relajarnos. Inhalar, exhalar. Cuando algo me duele o sufro repito ese ejercicio que aprendí y enseguida se me pasa. Mi señorita dice que te podes enfermar el cuerpo y también el alma. ¡Eso debe doler mucho! Así que si me pasa voy a tratar de crear mi propia realidad, para eso tengo que aprender de la magia. Quiero ser maga y encontrar en los sueños las respuestas a los problemas que me anden dando vueltas en la cabeza. 


Prácticas y ejercicios que hacen bien al cuerpo y al alma


¡Tendría que escribir un libro! Tengo un diario y anoto lo que veo, dibujo las plantas, cuento las sensaciones. Cuando crezca voy a acordarme del olor a los pastos, yuyos y pajas vizcacheras y, si no vivo en Corrientes me busco en Tres Arroyos un lugar por el que pueda caminar, andar y meditar. No pienso dejar de escribir otros diarios. 

Salgo de clase y me doy una vuelta por los bañados, las totoras gigantes tienen magia. ¿Estará acá la fórmula secreta para ser maga? Trato de desandar el trayecto recorrido mientras la busco, por ahí hay que empezar de nuevo ¡hasta que la encuentre! 

Siento a mi hermana y amigos en ronda abajo del laurel y les pido que visualicen, así como dicen en los libros que leo, y alimenten sus sueños. Tenemos que reencontrar el camino hasta acá, no olvidar a los esteros, tampoco la mística del santuario. La clase de hoy fue muy intensa, todos se fueron pensando en sus deseos.

La oscuridad trajo la noticia, todo dura hasta que dura, tenemos que volver a Tres Arroyos porque mis padres se separaran y mi mamá está enferma. 

Dejamos el paisaje natural y la libertad para vibrar de otra forma, esta vez en la ciudad, en la casa de mis abuelos. Si no aparece la magia no va a tener sentido mi vida. 

Ya estoy en la secundaria y tengo que pensar qué hacer cuando termine. Sueño que puedo ser instructora o maestra de meditación, también estudiar reiki. Pero me dicen que primero estudie otra cosa. Así que seguro voy a hacer todo junto y veo cómo me va. Pongo toda mi energía, mi emoción en mi sueño y estoy segura que va a crecer como lo hacía la montaña de objetos del santuario del Gauchito en Mercedes. ¡Tengo que ser maga! 

No voy al colegio montada en Clotilde, eso quedó atrás, ahora camino. Detengo la marcha de repente, como si uno de esos bichos fieros y mortales que vivían con nosotros en Corrientes me cortara el camino. Alimañas que se meten en mi pensamiento. Recuerdos oscuros de momentos duros de la vida. Voy a aprender a echarlos, a sacarlos volando de mi razón, a obligarme a pensar en buenas experiencias.

Vuelvo a casa, inhalar, exhalar, incorporar luz y energía. Las hago recorrer mi cuerpo para sentir la tibieza del campo en el que crecí. Me interno en mi propia selva, olfateo a los irupés, camalotes, lirios y jacintos de agua, aunque no estén, están. ¿Cómo seguir? 

Me gustaría convertir la vida en una fiesta, volverme más auténtica y dejar atrás el vacío y desconcierto. 

No me gusta el encierro por eso me calzo las zapatillas y camino hasta encontrar algunas palmeras que me recuerdan la infancia. Me gustaría que aparezca el amor incondicional y que estalle, se multiplique y salga. Cuando todo sea certeza, libertad, lo voy a contar, lo voy a escribir. 

Ya pasaron más de veinte años desde que volví de los esteros, estudié, trabajé, tuve una familia. Encontré la magia y con ella vuelvo a la palmera, me siento, reclino la espalda y decido acostarme. Cierro los ojos y me relajo. Derribo mis barreras, las que me impuse cuando dejé de ser libre, deshago el círculo vicioso que me asfixia cada vez que un mal pensamiento llega. 

Estoy en Mercedes y en Tres Arroyos, entrego mis dolores al Universo, a Dios, a mis ángeles y arcángeles y agradezco, alguien ya me escucha. Me levanto con una certeza. Voy a escribir un libro. Lo soñé. Se va a llamar “Taller de Magia”. 

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Perfil
Gabriela García Márquez nació en Tres Arroyos y vivió varios años en Mercedes, provincia de Corrientes, durante su infancia. Estudió magisterio y sus primeros trabajos fueron en escuelas rurales: La Manga, La Horqueta, El Triángulo. Luego por la Escuela N° 29, el cargo directivo en la Escuela N° 5 y el de inspectora de nivel primario. 

En el año 2000 empezó a estudiar reiki. Una vez jubilada de la docencia continuó con su maestría en esta disciplina y para ser instructora en meditación. 

Tiene dos hijos, Juan Francisco de 23 años y Tomás de 19, y hace unos días presentó su primer libro “Taller de magia”. Sus mejores amigas Mariana, Daniela, Nadia, Natalia, forman parte de su vida y de los talleres que promueven juntas.