La Ciudad

Ladislao Iraola, en Primera Persona

Un pediatra de pueblo

01|09|19 10:27 hs.

Por Valentina Pereyra y el agradecimiento de Aixa, Augusto, Octavio, Ciro y Alfonsina

El 9 de mayo del año 1988 cambió mi vida. La decisión la tomamos después de muchas conversaciones. Los consultorios de la esquina de Istilart y Sarmiento esperaban y la familia Tamagno ya había alistado todo para nuestra llegada. Me acuerdo como si fuera hoy, fue justo el mismo día que la hermana de mi abuelo cumplía 80 años. 

El viaje desde Adrogué hasta Tres Arroyos fue de 500 kilómetros y seis horas de silencio absoluto. Los tres en el Renault 12 colorado: Alicia, Lalito de seis meses y yo. En el asiento de atrás, junto al bebé, iba el televisor 14 pulgadas blanco y negro y cantidad de bultos, en el de adelante, mi esposa, a su lado, mi maletín, cajas con parte de la mudanza y al volante yo con mi desarraigo, mis raíces, el patio de la casa familiar, los aromas del pueblo. Demasiado bagaje para volvernos, poco para quedarnos. 

Es fuerte salir del lugar en el que pasé toda mi vida. Tenés que cambiar todo. En el trayecto miré varias veces hacia atrás, mi niñez, la adolescencia. Tuve la certeza de que esta ruta llegaba mucho más lejos de lo que podía imaginar. Un cartel al costado del camino anuncia los kilómetros que faltan para llegar a destino. 



Nos despedimos de Adrogué, una ciudad que me hace acordar a Tres Arroyos por ser un pueblo grande, en el que todos se conocen y saludan. Queda a 22 kilómetros del Obelisco hacia el sur, un recorrido que hice miles de veces durante mi época de estudiante y para ir al Hospital de Clínicas a trabajar. Mi historia empezó en el Hospital Otamendi donde nací, soy el segundo de siete hermanos: cuatro mujeres y tres varones, el heredero del nombre Ladislao, el mismo de mi abuelo, mi padre y mi hijo mayor, cada quien con su respectivo sobrenombre. 

Al llegar a la rotonda de la ruta 228 y la 3 leí las indicaciones, una flecha indicaba “Al hospital”, entonces fue hacia donde giré. Con la inercia mi maletín se volteó hacia mi butaca. Mientras esperaba para cruzar la ruta hacia el oeste lo miré y sonreí, pensé en mi abuelo. 

Alicia asegura que elegí la profesión por él, que era de esos pediatras bien de pueblo. Tenía un consultorio en Buenos Aires e iba trabajar a la Casa Cuna. Es cierto que fue mi modelo, la forma que tengo de trabajar la saqué de él. También de mi papá que era cardiólogo y atendía en un consultorio a la vuelta de casa, además en el Sanatorio Otamendi y como jefe de Hemodinamia del Hospital de Clínicas San Martín en Buenos Aires. Mi viejo cardiólogo, un tío ginecólogo y obstetra, el camino signado.

Recién llegados nos instalamos un tiempo en casa de mis suegros. Me llevó tiempo adaptarme, tanto que a pocos días de estar en esta ciudad cada vez que paraba en los semáforos me preguntaba, ¿qué hago acá? Miraba y no reconocía nada, no era mi calle, ni mi barrio, no estaba en Adrogué, era otra historia. Pero antes que la luz roja diera paso a la verde el maletín a mi lado me recordaba quién era. 

Hacía tiempo que teníamos con Alicia la idea de ir a otro lugar más tranquilo a vivir y trabajar. Lo charlé con mi papá que en su juventud había desistido de una decisión parecida. Quiso ir a Mar del Plata a trabajar en un centro cardiológico que se abría por aquella época y mi mamá no aceptó dejar a su familia e irse de su lugar. Entonces cuando le conté mis planes me dio el OK para que lo hiciera. Creo que fue su asignatura pendiente.


Lali en su consultorio, su lugar en el mundo (arriba). Los dos maletines del pediatra, objetos inseparables


Estudié en la UBA en una época conflictiva y en el ‘79 conocí a Alicia, en la facultad. Nos pusimos de novio y nos casamos en el ‘84, por civil en Tres Arroyos, por iglesia en Buenos Aires y la fiesta la hicimos en Adrogué. Siempre les cuento a mis hijos que en verano, cuando tenía 15 años, nos sentábamos con los chicos del barrio a charlar en la vereda hasta la madrugada. Mientras fumábamos un puchito la gente pasaba, iba y venía a la estación del Roca que queda a dos cuadras de nuestra casa. No había otros peligros y la diversión pasaba por ahí. 

Hace 31 años que traje definitivamente mi maletín a esta ciudad. Estoy muy agradecido por lo que han sido conmigo, no pensé más en volver a Buenos Aires jamás… Jamás. Y ahora menos. Tuve algún proyecto para hacer radiología pediátrica en capital, pero no se dio y desistí totalmente de esas cuestiones. El trabajo y Alicia me ayudaron a superar el desarraigo, a pasar por esta historia. 

Recién vuelvo a casa, tarde, como siempre. Hice tres visitas después del consultorio. Trabajo así porque es lo que mamé desde la cuna con mi papá, al que muchas veces acompañé a atender urgencias, era adolescente y le manejaba el auto. Con el tiempo me pidió sacar los electros así él ganaba tiempo y ese era mi trabajito mientras hacía la carrera. Mi inspiración la encontré en las anécdotas familiares sobre mi abuelo Lali que atendía hasta tarde el consultorio y después salía con el maletín y un chofer hacia las quintas por calles de tierra hasta altas horas de la noche, casa por casa, para visitar a los enfermos.

Los relatos sobre esa forma de atender fueron mi influencia. He hecho hasta 13 visitas después del consultorio, la mayoría de los días llegaba muy tarde a casa y los chicos ya dormían. Otras tantas veces Alicia me avisaba antes de entrar el auto en el garaje que alguien había llamado porque me necesitaba y, sin bajar el maletín, salía de nuevo. 

Esta ciudad me recibió muy bien, empezamos a trabajar ni bien llegamos en el hospital Pirovano, primero en forma gratuita, luego gracias a Marcelo David tuvimos unos cargos de Provincia que más adelante concursamos e ingresamos definitivamente. 

En 2002 sentí que había cumplido mi ciclo, un desgaste natural, entré con mi maletín casi nuevo y para esa altura ya estaba ajado, descolorido. Otra decisión surcó nuestras vidas. Lo resolvimos y me fui del hospital a trabajar en el Juzgado de Menores a un cargo que concursé durante la gestión de la doctora (Mirta) Guarino quien me aceptó, primero por seis meses a prueba, hasta que quedé confirmado. Fue cuando vi la otra cara de la pediatría. Por eso hice la especialidad de Medicina Legal en Bahía Blanca, carrera de la Universidad de La Plata y me recibí de médico legista. 

Todas las mañana bien temprano salgo para el Juzgado, a la tarde consultorio -las guardias en el Sanatorio Hispano las dejé en el 2015- y, después las visitas ¡Hay que hacerlas! A la noche, llego a casa y apoyo el maletín en el sillón cerca de la puerta. Nunca sé cuándo tendré que volver a salir. Cuando un chico se enferma no dormís, realmente la pasas mal y estás pensando en eso. Cortás clavos hasta que mejora. Esto parte de cada uno, de cómo cada uno es, pero la residencia te inculca eso, siempre hay que estar alerta. 

Cuando surgía un traslado urgente la llamaba a Alicia y le pedía el cepillo de dientes y algo de plata, en general no llevo billetes, no los toco, no me importan. Ella me preparaba todo y así me subía a la ambulancia con la plata que mi esposa me metía en el bolsillo y el maletín. 

De esas épocas los chicos me pasan la factura en la medida que se van poniendo grandes. El gran sostén de la familia es Alicia. Siempre que pude estaba presente, entre comillas. Hace poco Lalito recordó un cumpleaños suyo en el pelotero de la calle Betolaza en el que estuvo toda la familia, la torta, los chicos y sonó el bip. Me avisaban que un chiquito necesitaba el traslado a Bahía Blanca, me fui y no aparecí más hasta el otro día. Para nosotros fue algo natural, pero los chicos lo recibieron como ausencias. Los tres son muy cariñosos, los adoro y ellos sienten lo mismo por mí, Alicia dice que me admiran. 

De lunes a viernes casi no los veía, pero los sábados aprovechaba para andar en bici con ellos o acompañarlos en sus actividades, pero no como otros padres, por eso el sustento es Alicia. 

No estoy cansado, seguiré en la profesión hasta que la meseta vaya cayendo, siempre hay algún estímulo nuevo, algo para leer, cursos de la Sociedad de Pediatría para hacer, me voy actualizando. 

El 12 de agosto fue mi cumpleaños y recibí el regalo más amoroso. Un nuevo maletín, igual al mío, con el Minion en el frente y todo, pero repleto de mensajes y fotos de más de 150 pacientes que me saludaron y recordaron. Fue emocionante, me da vergüenza, es muy movilizador lo que Tres Arroyos y la gente de este lugar me ha dado. 

Estoy muy agradecido a todos los que confiaron en mí y nunca más podría volver a Buenos Aires, ya soy de acá.