Sociales

En primera persona

En el Edén está la verdad

01|09|19 16:09 hs.

Por Valentina Pereyra

Amanece en el Edén. Al oriente Dios plantó un huerto y puso ahí al hombre que había formado. Su desnudez explica el clima agradable del lugar y los arroyos que lo rodean enmarcan su natural imagen bíblica. Cuando llegué el suelo parecía cemento, reseco, inmenso, listo para dar si lo cuidaba. Fue lo que me enamoró del lugar. Respiro creación y soplo vida. 

Abro la cerca de alambre y enfrento varios surcos bien marcados, camino entre ellos, levanto algún cartel separador, esos que indican la variedad que está sembrada. Yo no los necesito, puedo diferenciar muy bien cada especie, pero aquí trabajamos varios y todos aprendemos. Entre los enormes eucaliptos y los pinos que se yerguen cual custodios silenciosos, está el Edén. 



Encaro para el almácigo del compost, lo remuevo con ambas manos y sigo por el sembrado. Acá vas a encontrar todo lo que nos gusta comer. Rúcula, habas, remolacha, papa, tomate, morrón, lechuga, achicoria, rabanitos, poco repollo porque descubrí que no lo usamos mucho en nuestra alimentación diaria, cebolla, ajos. 

Todos los que llegamos al Edén observamos que la tierra no es Dios, no determina las cosas, es un libro del que uno aprende, escrito por alguien superior, el que nos puso acá. Al mismo tiempo estoy seguro de que nosotros somos un libro. 

¡Lo busqué tanto! Jamás creí que podía estar tan cerca. Siempre tuve la idea de entrar alguna vez, por una razón u otra me alejaba. Pero una vez aquí, no lo abandono más. Vengo dos o tres veces por semana, te atrapa el trabajo con las plantas y da otro sentido a la vida, respirás otro aire, estás en contacto con la tierra y te saca de todo aquello que es irreal. 



Es cierto que nos afecta lo cotidiano, la economía, el dólar, los mercados, pero nada de eso se come. Lo más importante para nuestra vida es tener una tierra sana que nos dé alimento sano, mantenerla limpia igual que el agua y el aire. Esto es lo básico, más estás acá y más te das cuenta de la vida artificial que vivimos con cosas que no son necesarias, al final del día sólo necesitamos comer, respirar, tomar agua. 

Después de haber leído mil libros me propuse conocer al Creador, no el de las iglesias, sino el que hizo todo. Me niego a creer que toda esta belleza salió de una explosión. Tengo la certeza que todo está relacionado y todo funciona. Cada vez que se termina una especie se produce un desequilibrio porque todo funciona armónicamente. Me di cuenta de que no iba a poder entender todo y fue cuando me hice humilde. 

Desaprendí los libros que leí y empecé a aprender del aire, agua, sol y tierra que es “el libro” y con eso fue suficiente. Sé que lo que necesita una planta es lo que necesitamos nosotros. Si tenemos vida también la planta, el pájaro, funciona así. 

Desde que era chico tuve la idea de que la cosa no andaba bien, no me creí mucho lo de los inventos, lo de los adelantos científicos y todo eso. A la edad que tengo he visto que no hemos progresado gran cosa. Entonces digo que tiene que haber algo más. Pensé en el primer hombre que labró la tierra, que le dio su alimento y no tuvo que hacer modificaciones genéticas porque estaba todo hecho. Pensé en el huerto, en el origen, el sueño de tener un lugar que produzca frutos donde la tierra de sin alterarla mayormente. 



La verdad es que es muy sencillo, es simple, de una semilla de tomate sale una planta de tomate y cuando se mejora se hace naturalmente. Para hacer una planta nueva elijo del mejor tomate la mejor semilla, es la forma natural de selección sin alterar su genética. No siempre salen bien las cosas, si me fracasa una siembra me forja la personalidad, me hace fuerte. Si no lo intentás y te quedás en el sueño te debilitás. Pensé que no servía sólo tener la idea, lo que funciona es hacer. 

Pedaleo desde mi casa en 25 de Mayo e Ituzaingó hasta el Parque Cabañas donde la Municipalidad me dio un espacio para hacer el huerto. Me agito un poco antes de llegar, pero me espera el Edén. Parece lejos, pero llegar acá es sanador. 

Todavía no aprieta tanto el sol así que empiezo con la tarea de labrar, sólo eso, porque en el crecimiento de las plantas no intervengo para nada. El canto permanente de los pájaros y la armonía de los surcos marcan el destino y aumenta la necesidad de ser, te saca del mundo irreal. Hace 20 años se me ocurrió que podía tener una huerta porque me gustaba vivir en una quinta y tener una camionetita, o en una granja, pensaba que debía ser facilísimo, si soy cerrajero ¡Cómo no iba a poder con eso! Lo primero que hice fue conseguir libros porque me parecía que ahí estaba todo, incluso que iba a saber más que el quintero tano que toda su vida hizo huerta, pero descubrí que la primera planta que creció sólo fue para darme el gusto porque en realidad yo no sabía nada de nada.

Sin dudas con el tiempo entendí que la premisa es cuidar el agua, no ensuciarla y que nadie me toque la tierra. Estamos hechos para funcionar en sociedad, pero necesitamos reglas o leyes, cosas en las que nos pongamos de acuerdo para cuidar lo que necesitamos para vivir. 



La primera plantita que observé fue una de tomate, que la ignorancia me hizo trasplantar a San Mayol cuando me mudé para allí. Pero a pesar de todos los pronósticos que vaticinaban que no iba a vivir y la información que lo ratificaba, algo sucedió y la planta sobrevivió. Fue cuando empecé a observar. 

Descubro cosas que se complementan con las que ya sé, es un conocimiento incompleto que no estoy seguro si alguna vez voy a terminar. Aprendí a hacer huertas en macetas, hice plantines que al principio vendía hasta que decidí que más beneficioso es sólo dar porque así es como recibís mucho, aunque sea la estima necesaria para vivir o el cariño de quienes se acercan a buscarlos. 

Al Edén se sumó de a poco gente que viene a trabajar y de paso se llevan la ensalada lista para el almuerzo o la cena. La idea es volver a tener verdura natural, para eso cada semilla necesita tres o cuatro veces de usarla para no tener alteraciones. Así es como se regenerara, vuelve a ser lo que tiene que ser, por eso se eligen los mejores frutos de cada especie. Para esto, en el grupo que venimos al huerto, hay una chica que sabe y me ayuda a recuperar las semillas que vamos a sembrar. Trato de entusiasmar a todo el mundo para que hagan huerta, por eso les doy las semillas buenas y así seguro se empieza algo distinto. Al que se acerca le explico que hay que convivir con los bichos, si todo estuviera en estado natural las plantas fuertes sobreviven y el resto es su alimento. 

Encontrar el Edén fue tan beneficioso que rejuvenecí diez años, vuelvo a casa con más energía que cuando vine, la idea es la salud, estar acá te ordena los pensamientos. En este huerto podemos solucionar lo real porque no tenemos capacidad para solucionar lo irreal. 

Todos los que vienen acá son amigos, y todos estamos de acuerdo en ofrecer nuestras semillas para que otros huertos nazcan en la ciudad. Todas las que producimos las regalamos, lo que damos es lo que recibimos. 

El Edén nunca estuvo lejos, sólo tuve que buscarlo.