Sociales

Omar Rosales y su conexión con Dios

Canciones para liberar el alma y la mente (video)

08|09|19 20:32 hs.

Por Emanuel Fredes Pacheco


Cuando me expresaron que debía realizar esta nota, no sabía muy bien con qué me iba a encontrar, aunque tenía la certeza de que de la entrevista iba a salir enriquecido. Enriquecido por escuchar las vivencias de una persona que las pasó todas y que sigue poniéndole el alma a la vida, conectándose al mundo desde algo tan lindo como el arte, que te permite abrir la mente, el corazón y dejar fluir tus sentidos hasta el extremo. 

La cita era a las 18, en la redacción del diario. Minutos después y acompañado por Ariel Rodríguez, un remisero que lo “lleva a todos lados”, llegó Omar Rosales, un hombre que ha pisado escenarios acompañado de su acordeón y que, por circunstancias de la vida, hoy estudia canto para seguir cerca de la música, esa que lo acompaña “desde los 14 años”. 

Pongámonos en contexto. Omar sufre diabetes, “una enfermedad silenciosa” como él mismo la define. A los 23 años le fue detectada pero nunca la trató con el cuidado que realmente necesita. Ello provocó que haya sufrido la amputación de una pierna, un pie y varios dedos de su mano izquierda; que haya perdido su vista y que tenga “insuficiencia renal severa”, lo que genera que deba realizarse diálisis tres veces por semana. Pero nada de esto ha detenido la marcha de Rosales, que día a día se aferra a la música para salir adelante y para poder “conectarse con Dios”. Que día a día canta canciones para liberar su alma y su mente y para, por qué no, sentirse mejor si alguna dolencia lo aqueja. 

“En realidad hace como 5 o 6 años, quizás un poquito más, empecé con acordeón a piano con el profesor Carlitos Bayúgar; después pasé a estudiar con Bernardo Huala también acordeón y luego tuve que dejar un tiempo… hace un año y medio o un poco más arranqué canto con Andrés Mazzitelli” cuenta, en un tono apacible y despreocupado. 



- ¿La música fue algo que siempre estuvo presente en su vida?
- Siempre me interesó la música. Yo tenía 14 años e iba a estudiar música, acordeón, después dejé un tiempo y cuando me hicieron la primer amputación de la pierna izquierda algo tenía que hacer porque en algo tenía que ocupar el tiempo. En ese momento estaba en Tucumán y estaba muy jodido, viajó familia mía, mi hermano fue a traerme casi casi en un cajón y zafé de esa y cuando decidí venirme acá, porque estaba tan jodido que dije 'me muero en mi tierra', no tenía pensión, no tenía jubilación, no tenía nada, entonces me fui a trabajar de voluntario a la sala de primeros auxilios de Los Ranchos, ahí pasaba el tiempo. Estuve unos cuantos años como administrativo, me dieron un plan, y después cuando perdí la vista tuve que dejar. Ahí me decidí por el acordeón de vuelta; mi papá me compró un acordeón e iba con Carlitos Bayúgar... tocamos en muchos eventos, en la Solidaria dos o tres veces… 

- ¿Cómo fue aprender a tocar el acordeón? 
- Por oído... con el profesor Bayúgar me acostumbré a tocar con acompañamiento en el teclado. Después con Bernardo Huala fuimos un par de veces a tocar a eventos y siempre con acompañamientos en vivo... al Geriátrico Municipal también fuimos un par de veces… hoy en día al teclado lo manejo, yo siento una melodía ahora y voy al teclado y la saco. 

- ¿Es el único instrumento que aprendió a tocar? 
- He tocado la guitarra pero muy poco, por ahí en rueda de amigos pero no... 

- Entonces se puede decir que la música lo acompañó durante muchos años… 
- Me interesa mucho sí, sí. Es el día de hoy que me gustaría aprender a tocar la trompeta... todo instrumento de viento me gusta pero yo sé que no… hasta ahí. La vez pasada hablaba con Luisito Granda y le decía que me gustaría aprender a tocar el clarinete pero no me va a dar… 

- ¿Por qué piensa que no le va a dar? 
- No me tengo fe para eso, pese a que yo me propongo algo y se me pone algo en la cabeza y lo tengo que lograr y lo logro. No tengo reparo y no tengo techo en ese sentido, pero yo sé que ahí se me van a quemar los papeles (risas). 

- ¿Y qué música le gusta escuchar y qué le gusta cantar? 
- Me gustan, en género, el folclore y la cumbia, me enloquece la cumbia. Hace muchos años que yo pertenezco a una iglesia evangélica y hago música mayormente cristiana, en ritmo de cumbia o alegre, no me gusta la música triste. 

- ¿Siempre fue una persona creyente? 
- Yo empecé a ir a la iglesia a los 22 años más o menos, después me fui a vivir a Tucumán y entonces dejé un tiempo, pero he vuelto y aquí estoy. Por ahí me invitan de alguna iglesia pero canto mucho en mi casa, tengo un equipo conectado ahí. 

- ¿Pasa las horas cantando? 
- Si, Andrés Mazziteli me hace las pistas y yo canto todo el día, todo el día. 

- ¿Qué significa para usted cantar? 
- Conectarme con Dios. 

- Es algo muy intenso lo que uno siente… es como que despoja de todas las cosas…. 
- Para mí es lo más. Yo, cuando estoy triste, prendo el equipo, me pongo a cantar y me olvido de porqué estaba triste, pese a que no soy una persona que me ponga triste. Cuando me despierto a la mañana jamás pensé que me tenía que pasar de la cama a la silla, jamás lo pensé. Me levanto como si fuese lo más lindo, disfruto el día. Escucho música toda la noche, me levanto, desayuno, ya prendo el equipo y canto, a la noche oro a Dios y se me va el día. 

- Entiendo lo que una persona siente cuando canta una canción y más cuando son canciones que le gustan y tienen letras que por ahí también tienen que ver con lo que uno siente, piensa o atraviesa, ¿no? 
- Sí, en parte es un reconocimiento que uno le hace a la vida, ¿no? y poder expresar lo que uno siente a través de una canción, y bueno, en la iglesia por supuesto es un agradecimiento a Dios. Muchas veces uno no piensa cómo está ni lo que va a hacer, pero no sé de dónde saca fuerzas uno y lo logra y cuando uno ve que la gente se alegra eso es como un reflejo que uno recibe.



- ¿Cuántas veces está yendo a canto? 
- Una sola, una hora y media más o menos, a veces dos horas. Por ahí se entusiasma el profesor y me dice “quedate un ratito más”... 

- Imagino que debe tener ganas de estar sobre algún escenario. 
- Sí. Hace poquito participé, vino el instituto de Valeria Lynch al Centro Cultural La Estación, hicieron dos días especiales de perfeccionamiento y ahí participé. Después me han invitado del Geriátrico Municipal, que casi todos los años me invitan, y estuve invitado, que no me animé a ir, al Centro de Jubilados. 

- ¿Por qué no se animó a ir? 
- Porque ese día andaba con una bronquitis terrible. Me llamaron y me dijeron que me habían escuchado en el geriátrico y que querían que fuera a cantar, entonces le dije “yo no soy cantante profesional, yo lo hago de coraje porque me gusta el canto” y me insistieron con que les había gustado y que tenía que ir y les dije “bueno ¿cuándo es?” y me dijeron hoy y le tuve que decir que no. He cantado en la iglesia de Ravella; en la de San Martín al 1700 me han invitado y he cantado también, pero así, al público, me gustaría algún día cantar. 

- Todos, cada uno de nosotros, tenemos sueños, cosas pendientes o que deseamos cumplir. ¿Qué le gustaría hacer que todavía no ha podido? 
- Me gustaría cantar en un escenario y en mi ciudad principalmente. Y otra cosa que me gustaría hacer es poder compartir con alguien algunos consejos de la enfermedad, de la diabetes o ser útil... me gustaría mucho tener algo con qué pasar el tiempo, como si fuese un trabajo. Un lugar donde tenga que cumplir un horario...  

Omar Rosales es un ejemplo de vida. Un ejemplo de resistencia, de perseverancia, de fe y de amor por lo que a uno le gusta. Charló con la emoción a flor de piel y expuso su intimidad, como lo hace aquel que canta con el corazón. Para él cantar “es lindo porque en la situación que uno está puede ser agradecido a Dios y puede hacer las cosas desde el corazón, hasta donde uno llegue”. 

Y la emoción aflora cuando, antes de despedirse, se toma unos minutos para agradecerle a todas las personas que lo acompañaron desde el principio. 

“Agradezco a Dios haberlo conocido al profesor Bayúgar, a Bernardo Huala y por supuesto a Andrés. A mi papá, a mi mamá y a mi hermano Carlos, son las tres personas a las que más tengo que agradecerle, toda la vida le voy a tener que agradecer a ellos. Aparte de agradecer a Dios todos los días, le tengo que agradecer mucho a mi hija María Celeste, a su esposo, a mis 3 nietas, a mi hijo Emanuel y en especial a Mónica, mi primera esposa. Ella es la que me atiende hoy en día, me cuida, me da de comer, me abriga, me sustenta en mis necesidades... a Mónica tengo que hacerle un monumento. Y por supuesto a mi hermano, que anduvo y anda mucho conmigo y a Sonia, mi otra hermana. Pero a las personas que más le tengo que agradecer es a ellos”.  



Durante varios años, Rosales realizó diferentes labores en la Cooperativa Eléctrica de Tres Arroyos. Allí conoció mucha gente, entre ellos a Antonio Mazzitelli, padre de Andrés, quien hoy es su profesor de canto. 

“Es una historia linda”, sostiene Rosales, mientras sonríe como quien revive momentos que no quiere olvidar.

“Nunca me animé a decirle nada a él. Cuando empecé a tomar clases él las daba en Viamonte al 200 y pico y un cierto día me dice 'mirá Omar, se complican las cosas porque…' y yo ahí dije 'uhhh', porque es difícil que una persona le de clases a un discapacitado… entonces me dijo: 'me cambio de casa y el estudio lo tengo que poner arriba y hay que hacer una escalera' y yo le dije: 'bueno, yo voy a subir la escalera', de movida eh, ni sabía cómo iba a ser la escalera. Le conté que hacía pocos días había tenido que renovar el documento y Ariel Rodríguez, el remisero que me lleva a todos lados, me llevó al registro y le dije 'dejame que me agarre del pasamanos y yo voy a subir escalón por escalón' y lo subí. Cuando iba por la mitad de la escalera se baja el juez, con el que nos criamos juntos y me dice: 'no, vos estás mal, ¿cómo vas a subir caminando?'. Pero tenía la experiencia de haberla subido. Entonces empecé a subir y bajar la escalera, me dolía el muñón que tengo en la pierna derecha pero subía y bajaba ahí y lo hacía con tanta alegría, con tanto goce porque yo sabía que me iba a ir bien ahí y llegaba a mi casa contento…” 

Enseguida, Omar me cuenta que “Andrés Mazzitelli se tomó el trabajo de mandar a hacer un pasamanos para la escalera porque no los tenía… eso fue algo muy lindo”. 

- ¿Y cómo es estudiar con alguien a quien tal vez conocías sin conocerlo? Es como una conexión que te presenta la vida… 
- Mirá, un día estábamos con Andrés y me dice: “mi papá trabajó en la Cooperativa Eléctrica” y le dije que no le había querido decir nada pero que su papá era jefe mío. Ahí estuvimos casi toda la hora de clase charlando de experiencias y me preguntaba cosas del padre... 
- ¿Y cómo son las clases? ¿cómo se lleva con él? 
- Andrés es mi otro hermano, para mí es un hermano, porque tanto el profesor Bayúgar como Bernardo Huala o él me aceptaron en su casa, y muchas veces cuando llueve uno con la silla de ruedas ensucia el piso y ellos no tuvieron ningún reparo, estas tres personas que he nombrado son tres personas que para mí son familia.  




Omar Rosales padece diabetes desde los 23 años. Ha pasado más de la mitad de su vida acarreando la enfermedad, esa que lo dejó en una silla de ruedas pero que no lo detiene. Y en gran parte eso se debe a algo tan mágico como la música. 

- ¿Cómo ayudó la música a que usted pueda sobrellevar esta enfermedad durante todos estos años? 
- Es un bálsamo porque primero yo perdí la pierna izquierda, después perdí la vista y cuando perdí la vista yo pensé que ahí se terminaba todo… 

- ¿A partir de qué edad empezó a pasar? 
- Y… a partir de los 23 años, ahí me detectaron diabetes. Nunca me cuidé, cuesta cuidarse. Después cuando pido el retiro voluntario en la CELTA compro el camión, y cuando andaba de camionero era imposible porque comés un churrasquito, un asado, un cachito de fiambre o tomás una gaseosa, bebida alcohólica mayormente nunca tomé, pero sí gaseosas y la diabetes aumentaba y uno no se daba cuenta. La diabetes es una enfermedad muy muy silenciosa que avanza y no se da cuenta uno, y cuando se da cuenta ya es muy tarde. 

- ¿Por qué tarde? 
- Yo por ejemplo, cuando sentí dolor en la pierna, trabajaba en una empresa de ómnibus de turismo en Tucumán y tenía que hacer 5 cuadras para ir al galpón a buscar el colectivo y tenía que sentarme dos veces en algún lado porque me dolían mucho las dos piernas. Después de eso ingresé como bombero voluntario en el cuartel de Aguilares, cuando estaba sufriendo los dolores. Un día llego de un siniestro, yo era motorista, preparé el camión, lo estacioné, le cargué agua y sentí cuando me bajé del camión un pinchazo en el dedo izquierdo, chiquitito, y no le di bolilla. Al mes me amputaron la pierna. 

- ¿Ahí fue cuando estuvo al borde de la muerte? 
- En un mes, un mes y pico, estuve muy mal, la diabetes me había hecho mucho daño y cuando viajó mi hermana no me daban posibilidades… Yo lo escuché al comandante de bomberos con el doctor y la enfermera diciendo a ver qué iban a hacer conmigo porque... un 31 de diciembre le dijeron a mi compañera 'llevalo y que pase con los dos nenes allá en tu casa una noche porque ya no tiene vuelta'. Entonces viajó mi hermano y ahí me repuse un poco. Una noche se aparece una persona a las 2 y media de la mañana, pregunta por mí y me dice: 'vengo de parte de Dios a decirle que le da una nueva oportunidad'. Ahí me levanté y empecé a andar de vuelta. 

- Es una historia que tiene ribetes duros, difíciles, pero también tiene sus aristas mágicas… 
- La misericordia de Dios se ha hecho presente varias veces, esa es la justa. Al apóstol Pablo, cuando estaba pasando por distintas experiencias, un día le tocó pasar por algo similar y él dijo 'todo lo puedo, Cristo me fortalece' y es verdad, eso está escrito en la Biblia y el creyente en Dios tiene que aferrarse a El. No será lo mismo andar caminando que en una silla de ruedas pero yo me siento igual.