Opinión

Psicología

Límites: esa frontera necesaria

22|09|19 18:28 hs.

Por Claudia Torres 


El límite es la frontera psicológica necesaria para proteger el espacio físico y emocional que todo ser humano necesita para desarrollar su identidad, autonomía e independencia. 

¿Cuántas veces sentiste que no podés decir que no? ¿En ocasiones, has dejado de hacer lo que deseas por complacer a los demás? Suelo escuchar frases como “no puedo poner un límite, no quiero que se enoje conmigo si le digo que no tengo ganas de hacer algo” o “¡no puedo con este chico! Siempre le tengo que dar lo que quiere…”

Y es ahí, justo en ese momento cuando comienzo a preguntarme… ¿sabemos realmente qué son los límites y cómo podemos implementarlos? ¿Representa siempre una sanción, un reto? De acuerdo a la Real Academia Española, “límite” viene del latín limes, ĭtis y significa línea real o imaginaria que separa dos terrenos, dos países, dos territorios. Desde la psicología podríamos decir que los límites son aquellas normas que regulan nuestro comportamiento, que nos ayudan a guiar, proteger, prevenir y no solo a sancionar. 

El no saber poner límites, afecta a tu estado emocional y a tu salud mental, debido a que estar siempre dispuesto a los demás, puede producir insatisfacción personal, incomprensión, decepción y sensación constante de abuso. Lo que a la larga provoca estrés, ansiedad y fatiga crónica, entre otras problemáticas. 

Ponen orden a nuestras vidas, nos permiten tener una idea más clara de nosotros mismos y nos ayudan a interactuar con los otros, construyendo relaciones más sanas. Saber reconocer y establecer límites nos permite ubicar a los demás en su trato hacia nosotros. 

Los límites emocionales los determinamos en “cómo queremos que nos traten”. Es importante entender que al no poder influir en las reacciones de los demás, debemos trabajar sobre nuestras propias conductas. 

Pero ¿qué significa poner límites?

Es poder decir “No” cuando no deseo algo y “Sí” cuando realmente quiero. Es decirle al otro “hasta aquí llegaste”; es no dejarme llevar por lo que los demás quieren, es no terminar haciendo lo que me sugieren si es que realmente no es lo que quiero; es no dejar que invadan mi intimidad, es no dar lugar a que cualquiera pueda opinar, manipular y exigir sobre mi espacio personal; es poder distinguir de lo que quiero hacer y lo que no quiero hacer, es poder no consentir cuando alguien me falta el respeto… aunque ese alguien, tenga cierto “poder” como un jefe, profesores, tutores o padres. 

¿Por qué nos cuesta tanto poner límites? Quizás esto tenga que ver con el deseo de ser queridos y aceptados por el resto. Dejamos de lado aquello que realmente nos gustaría hacer por temor a ser egoístas o que nos tilden de malas personas. También el miedo a la soledad juega un papel importante en estas ocasiones, o quizás, también por omnipotencia, pensando que “lo podemos todo” y en el fondo, nos cuesta ponernos límites a nosotros mismos o aceptar que otros nos los pongan. 

Aprender a establecer límites sanos y claros nos ayudará a mejorar la calidad de nuestra vida. El secreto para lograr el equilibrio que tanto buscamos, es construir barreras precisas. 

Todos nosotros, contamos con un límite corporal, nuestra propia piel, que nos separa de las cosas externas que nos pueden dañar, por ejemplo si me lastimo una mano y no tomo los recaudos necesarios, posiblemente la herida se me infecte. 

Así también, y de la misma manera, debemos contar con límites emocionales que nos protegen de aquellas cosas que nos pueden dañar, actúan como un borde, separan tus emociones de las de otras personas, protegiendo tu autoestima. 

Estos incluyen a “las creencias, los comportamientos, las elecciones, el sentido de responsabilidad y tu capacidad para tener una relación íntima con otros”. 

Como ejemplos de límites emocionales saludables podríamos mencionar la necesidad de tener en cuenta que la propia salud y bienestar son importantes y obligarte a no descuidarlas. Tener el derecho a que te traten con respeto y hacerlo valer. No ser manipulado ni obligado a hacer cosas que no queremos hacer, incluso si la otra persona está tratando de hacerte sentir culpable. No permitir que otros te griten, te hagan sentir mal por tu forma de ser o por lo que estás haciendo, ni que te pongan apodos. No culpar a otros por algo que es tu responsabilidad y no permitir que otros te culpen cuando resulta a la inversa. 

Comunica tus necesidades de manera clara y concreta. Las demás personas no tienen por qué saber cuáles son tus límites, de manera que esto ayuda a mantener el respeto mutuo. 

¿De qué manera estos límites emocionales se destruyen? Si nos ponemos a pensar en cada uno de nosotros, podríamos ver que sobrepasamos los límites de diferentes maneras, por ejemplo, al manejar posturas que no son las nuestras, que no nos pertenecen o callamos en lugar de expresarnos con libertad… al fingir aquello que no somos para que el resto este conforme, hasta ignorar nuestros propios deseos, pudiendo generarse en nosotros cierta dependencia emocional, inseguridad, falta de identidad o baja autoestima. 

El único modo de lograr relaciones de respeto mutuo es establecer “límites claros”, que marquen hasta donde puede una persona penetrar en “nuestro territorio, nuestro espacio vital” y en qué punto esto pasa a ser una invasión. 

Ante una violación de límites, que tiene lugar cuando alguien, inconscientemente o deliberadamente atraviesa las fronteras emocionales o físicas de otra persona, nos encontramos en una situación que nos causa mucho daño. 

Como hemos visto los límites no sólo son para los chicos, los adultos también los necesitamos y debemos respetar el límite de los demás. 

Aún en las circunstancias más adversas, siempre estamos a tiempo de establecerlos y que nos permitan no solamente sobrevivir, sino también vivir de acuerdo con nuestros principios y valores. 

Poner límites, es una demostración de amor hacia uno mismo y hacia los demás. Es la mayor demostración de amor que le podemos dar a nuestros hijos. 


Lic. Claudia Eugenia Torres 
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