Opinión

Escribe Stella Maris Gil

La Casa Vasca

21|10|19 12:03 hs.

“No te olvides del pago Si te vas pa’ la ciudad Cuanti más lejos te vayas Más te tenés que acordar” (A.Zitarroza) El Centro Vasco de la calle Sarmiento preserva la memoria de sus antepasados, llegados a Tres Arroyos desde la lejana península ibérica, después de largo viaje, hasta este país a medio hacer, en un lejano confín del mundo, tierra de pampa y mar. 


Los nombres de los primeros llegados se fundieron en la tierra, para ir resucitando en cada generación, que aquí quedaba. 

La lista de los llegados, de tan numerosa que es, no contiene a todos, pero sí, a algunos: Benjamín del Castillo por rama materna. Miguel Ochoa, nacido en una de las provincias vascas, llegado en 1888, José Arruebarrena y Alejandro Cotabarren establecidos en San Mayol; José Correa, agricultor, oriundo de Sopuerta, provincia de Vizcaya, nacido el 8 de mayo de 1864 y arribado a la República Argentina en 1878; Miguel Ignacio Aizpurúa, nacido en Chascomús, hijo de oriundos de la región de Navarra; Pedro Errazti, hijo de ascendientes vascos; Alejandro Ayastuy, oriundo de la Villa de Oñate en la provincia de Guipuzcua; Pío Zubiri, oriundo de Tofalla; Germán Carrera, etc. (Album del Cincuentenario de Tres Arroyos). 



Ellos y muchos más se establecieron en el SE bonaerense, trabajaron la tierra, que generosamente le devolvió los frutos del esfuerzo. Otros pusieron pequeños negocios para abastecer al incipiente caserío o bien hicieron todo tipo de trabajo para conseguir un dinero que les diera alimentación y techo. Fueron albañiles, dependientes, jornaleros, dicen que son tercos, y así lucharon. Formaron familias, se aquerenciaron en el nuevo hogar. Muchos progresaron económicamente, otros quedaron en el grupo de los anónimos y vivieron como pudieron, sujetos a las buenas y a las malas de las circunstancias. 

Sus miradas de la indecible llanura se perdía en el horizonte, donde no estaba el mar de las antiguas ballenas, dónde no estaban las verdes montañas. Entre ellos hablaban su lengua materna, el euskera, pero las circunstancias le fueron acercando la del nuevo país y la adoptaron. Como dijo Tirso de Molina “Cortos en palabras, pero en obras largas”.

Y se quedaron.



Vamos a unirnos 
Los descendientes de aquellos inmigrantes y los que llegaron en las décadas posteriores, por causa de múltiples problemas políticos como económicos, a los que se agregaron también los “llamados” por sus familias, radicadas de este lado del Atlántico, sentían todos, la necesidad de reunirse formalmente para reconocerse y tener presente el hábitat de sus abuelos, sus costumbres, la patria que aquellos vivieron allende los mares y que tanto añoraron. Pasado el tiempo se preguntaban: ¿Qué hacemos, cómo lo hacemos, por dónde empezamos? 

Uno de los primeros intentos fue crear una institución, allá por 1919, la Euskal-Echea, destinada a aliviar las necesidades de ancianos y de niños huérfanos y abandonados. Tuvo poca duración. Presidida por Domingo Echegoyen, acompañado, entre otros por Arzoz; Elizondo; Ansa; Bozas Urrutia, Juan B. Istilart, Beguiristain, Chuburu, lograron dejar su rastro al Domingo Echegoyen; Arzoz; Elizondo; Ansa; Bozas Urrutia, Juan B. Istilart, Beguiristain, Chuburu. 

A fines del siglo XX, una descendiente vasca, Gladys Salcedo, actualizó tantos deseos y desde su función de bibliotecaria en la Biblioteca Popular Sarmiento, invitó a sus pares a reunirse para acompañar los festejos del Centenario de aquella prestigiosa institución. De ella dice María Teresa Urdampilleta: “Es prácticamente el alma mater de todo el principio. Ella nunca quiso visibilizarse”, pero su idea fue iniciática. 

Hubo que buscar asesoramiento, en cuanto al funcionamiento del futuro centro, sobre las actividades culturales, que condujeran a mantener la raíz de lo que son los centros vascos, y lo que se necesita para que trasciendan, para que entren en la sociedad, lo teníamos claro porque nos asesoraban desde el país vasco. Continúa: “Los dirigentes nos pedían que nos abriéramos a la comunidad, no olvidarnos de eso y participar. Y otra cosa que nos dijeron era ‘olviden que ustedes tienen raíces vascas, pero son argentinos’”. 

El Centro comenzó a rodar. “Como parte de homenaje al Centenario de la Biblioteca P. Sarmiento, el flamante Centro Vasco Hiru Erreka presentó un pequeño rincón típico y brindó a la comunidad una charla a cargo del profesor César Arrondo, quien dio a nuestra comunidad vasca el empuje final para concretar la formación del Centro” (Urdampilleta). 



“A partir de allí, los vascos tresarroyenses decidieron organizarse y el 7 de junio de 1999, entre idas y venidas se forma una comisión provisoria que se reunía semanalmente, con el fin de preparar los estatutos y señalar los objetivos del futuro Centro Vasco”. (Urdampilleta). 

Lo bautizaron Hiru Erreka. Redactaron los estatutos y destacaron entre sus objetivos el que dice “sin perder la coincidencia nacional, rescatar las señas de identidad de nuestros mayores”. Es oportuno el conocido dicho “Los vascos no son cabezas duras, sino que tienen razón”. Y así fue que el 7 de setiembre de 1999 en asamblea constitutiva, se eligió la comisión directiva definitiva, integrada por la presidenta María Teresa Udampilleta; María A. Goizueta; Mario Rodríguez: vocales: Gladys Kuhn Zubillaga; Gladys Salcedo; suplentes: Goicoechea Carlos; Raúl Elizari; revisores de cuentas: María J. Urdampilleta; María E.Lazcano; María V. Goicoechea; Margarita Bayúgar, Jorgelina Wilson de Orúe y Néstor Arostegui. 

Se aprobaron los estatutos, pero no tenían local para sus tareas. Mariquita Goizueta dio la solución: se instalan el 16 de setiembre de ese año en la que sería la primera Euskal Etxea, (casa vasca) en Dorrego 577 “cedida en comodato por la familia de Heriberto Goizueta”. 

La Casa Vasca en 2002 se va a la avenida Rivadavia 381, también en comodato. Ema Gastañaga de Pérez Hurtado, generosamente entrega las llaves de la misma. Finalmente se aposentan en Sarmiento 375/387 en calidad de comodato. Luego se toma en alquiler. ¡Y allí se quedaron y continúan!. 

Así fue y se hace “camino al andar”, como poetizó Antonio Machado. 

Ese mismo 16 de setiembre, como lo indica la tradición, se plantó un roble, emblema de las instituciones vascas; el árbol, bajo cuya sombra se sentaban las Juntas de Bizkaia antiguamente. 

El árbol de Guernica tresarroyense quedó sujeto a la tierra, pero no pudo subsistir. La remodelación de la Plaza San Martín arrasó con él, su savia se secó y su esqueleto quedó tirado a pesar de los intentos para que brotara. Algunos pozos se hicieron para nuevas plantaciones, fue inútil, no crecieron. 

Años después, la tierra tresarroyense recibió nuevamente otro árbol donado por el Centro Vasco, en adyacencia del arroyo del Medio. El arbolito se convirtió posteriormente en la plaza vasca. Fue Martín Daguerre, el artesano que realizó la placa colocada el día de la inauguración 

Hiru Erreka 
Como toda casa de familia, el Centro Vasco tiene un movimiento continuo, hacia adentro y hacia afuera, constante. 

Entran diariamente los jóvenes dantzaris, toman como propio el lugar, meriendan, bailan, juegan, tienen 3 años y los hay hasta 12 años. Los chicos crecen y se transforman en maestros de la chiquillada. Bailan y practican el idioma con saludos, identificaciones o pequeños comentarios, y la lengua madre de sus antepasados, entra en ellos. Tienen sus profesoras que los guían en forma presencial y también virtual, pues ellas estudian y se perfeccionan en centros de estudios como en Tandil. 

Los grupos crecen en cantidad y hay que desdoblar. Todos los días ese bullicio. Dicen que los vascos son serios, sin embargo hay risas y travesuras. Mientras tanto, la comisión directiva piensa en cómo administrar los gastos evitando subir las cuotas de los asociados. Por tanto organizan cenas donde las comidas típicas son saboreadas por los muchos asistentes. La clásica paella, las cazuelas de lentejas o de merluza, las tortillas, kayos, pintxos, morcillas. La sidra ha sido reemplazada por el vino bebido en bota, como para afirmar el dicho del chalchalero Pancho Figueroa “el que al mundo vino y no toma vino, a qué vino”. 

Están los juegos de mesa, las ferias; el cine aportado por el empresario Iturralde; los programas culturales; los talleres. Hay entusiasmo detrás de tanto movimiento. 

Organizan reconocimientos a personas destacadas de la comunidad, sean o no de ascendencia vasca como es el homenaje a la mujer en todos los meses de marzo y la invitación a conferencistas para hablar de la Vasconia; de los problemas actuales, de las formas de vida en aquel país que bordea el Cantábrico, y así poder reconocer lo que, los abuelos de los abuelos, no pudieron contar de los aconteceres del allá, ensimismados en la búsqueda de una vida digna. Poco tiempo tenían para compartir sus vivencias. En cierta oportunidad vino César Arrondo y dejó temblando al auditorio por tanta destrucción y muerte en Guernica. 

Las comisiones directivas se suceden, y las nuevas continúan los proyectos, libres a los cambios. Hay muchos imprescindibles, por recordar a uno, que se fue sin permiso, Mario Rodríguez Goizueta y tantos otros que son emprendedores incansables. 

Una de las situaciones honrosas para los jóvenes es el programa Gastemundu de intercambio. Todos los años se otorgan becas para distintas disciplinas. 

Los vascos, como se lo propusieron desde el principio, se integran a la vida ciudadana de la región. Tienen su stand en la Fiesta de las Colectividades donde ofrecen sus productos; participan en la Fiesta Provincial del Trigo; están presentes en la dinámica del movimiento ciudadano. 

Las semanas vascas en diferentes ciudades del país han recibido su visita, a donde acuden con sus cantos y bailes típicos, con sus coloridos trajes, diseñados y elaborados por las propias manos de los asociados. A través del tiempo el número de socios no disminuye; no se exige ascendencia vasca para ingresar. 

La colectividad vasca se integra para mantener la memoria.   


Escribe Stella Maris Gil