Opinión

Segunda Mención en Cuento Breve

Un precio insólito

27|10|19 19:44 hs.

Por Román Ignacio Kysbala 

(Bahía Blanca) 

El nivel del agua iba subiendo poco a poco, y él observó la bañera de su casa recién comprada con desaprobación, mientras esperaba. Los bordes desgastados, la grifería vetusta y esas rajaduras, esas ranuras en el costado izquierdo. Sin duda llevaba demasiados años a cuestas… Demasiadas batallas.

- Vamos a tener que reemplazarte por una nueva, tarde o temprano –murmuró para sí mismo, mientras en segundo plano su mente evaluaba si se lo podía permitir. O si habría de tener otros gastos importantes en los próximos meses; algo más urgente que remendar. De todos modos, el empleado de la inmobiliaria le había hecho un precio extraordinario por la casa; una oferta fantástica. ¿Cómo es que nadie se había abalanzado a comprarla…? Al principio él había desconfiado, especialmente cuando en la inmobiliaria se habían mostrado evasivos con respecto al dueño anterior. Pero se había cerciorado con un abogado, y estaba todo bien. Todo era legal. ¡Y era un precio insólito! 

Le pareció advertir un temblor, una ondulación en el fondo de la vieja bañera, pero no era posible. Una ilusión óptica, seguramente. Eso, sumado a la ley de Snell, sonrió. Ya era suficiente agua. Probó la temperatura, decidió que estaba demasiado caliente y agregó un poco de agua fría… Ahora sí. 

Se sentó con cuidado, y apoyó la espalda. Su mente comenzó a flotar a la deriva y él la abandonó. Hizo una lista material de sus obligaciones con cierto disgusto, y al cabo pensó en cosas más gratas. El agua caliente relajaba su cuerpo y él se sentía bien. Pronto se iba a enjabonar, pero por ahora era agradable dejarse estar así. Evocó el rostro de Natalia y su cuerpo joven, y se sintió mejor todavía. 

Al cabo se dejó hundir lo suficiente como para que el agua le tapara la cabeza, sólo porque le gustaba cómo cambiaban los sonidos. Se tornaban más graves y parecían provenir de lejos, aunque fueran cercanos. Luego emergió y se pasó la mano por el rostro. Miró distraídamente las ranuras en el borde izquierdo y por alguna razón las contó. Eran once, once cicatrices... Pobre cachivache antiguo. 

- Sí, vamos a tener que reemplazarte –murmuró para sí mismo-. El día que invite a Natalia a compartir la bañera no quiero pasar vergüenza. 

La temperatura del agua era perfecta, y él asomó las rodillas para poder hundir el resto de su cuerpo hasta apoyar la espalda en el fondo. Los sonidos se volvieron a distorsionar, y ahora él era el comandante de un submarino, vigilando esa fragata de una nación hostil que amenazaba su flota. Su cerebro convirtió cada ruido en señales delatoras de la presencia de la nave, y contuvo la respiración acechando su presa. ¿Variaba el sonido de las hélices, o se mantenía constante…? Sí, variaba… Estaban cambiando el rumbo… al parecer a estribor. 

Cuando sus pulmones protestaron decidió emerger, sólo para descubrir asombrado que no le era posible ¿Qué diablos…? Se volvió a impulsar, y recién entonces comprendió que algo lo sujetaba firmemente por el pecho desde atrás. El pánico le inyectó adrenalina en la sangre y gritó aterrado, pero sólo produjo un borboteo grotesco; el bramido primordial de una criatura sumergida contra su voluntad. 

Tras el grito inspiró de manera instintiva, como había inspirado toda su vida, pero lo que entró a sus pulmones fue agua, y su horror trepó un escalón más. Quiso toser y descubrió con espanto que no tenía con qué. No tenía aire.

Se activó la parte más antigua de su cerebro y comenzó a comportarse como un animal acorralado peleando por su vida. Todo vestigio de racionalidad se evaporó. Se debatió enloquecido de terror por un buen rato, luchando en vano contra esa superficie lisa y resbalosa, mientras sentía en todo momento que algo poderoso, algo fuerte y sólido, lo retenía por el torso. Forcejeó y pataleó desesperado, haciendo remolinos. 

Y finalmente la tortura terminó. Ya no hacía falta luchar. Los pulmones le dejaron de arder, y él se tranquilizó. El ambiente se volvió cálido y luminoso, y le llegó un sonido continuo, como el silbato de un tren, pero más agudo y muy lejano. El rostro de Natalia se materializó entre esos contornos difuminados y le sonrió de una manera especial, y él ya no tenía miedo.

Luego el sonido se fue extinguiendo, y la luz de aquel ambiente se apagó. Algo se movió en la bañera bajo el cuerpo inmóvil. Hubo un desplazamiento en esa superficie blanca, y el fondo volvió a ser neutro y plano. 

En el borde izquierdo se dibujó lentamente la ranura número doce.