La Ciudad

El adiós a Alberto Borelli

El guardavidas de alma que ya es mito

30|10|19 01:37 hs.


Por Claudio Menéndez

Un debut en radio no es motivo de noticia para casi nadie, a menos claro, que uno sea una celebridad. No es mi caso. Mi debut en Radio Comunidad Claromecó se produjo un 1º de enero de 1994, y lógicamente, no había casi nadie observando el momento. Estaba Luis Satini, el que me abrió la puerta de la emisora e ideó aquel programa en exteriores, que instaló los equipos y luego se alejó para que no me sintiera presionado, y había otra persona más. Era Alberto Borelli. Claro, porque mi debut radial no fue en el estudio, fue en Nahuel Epú, ahí dije “hola” por primera vez, con un miedo terrible. 

Alberto fue acaso el único testigo de mi torpeza de principiante, y lo recordaba siempre. Me hacía un chiste con unas pizzas, derivado de un texto publicitario que yo tenía que decir. 

De ahí en adelante, la amistad con Borelli era de esas que no tiene demasiada frecuencia, pero que aparece cuando es necesario. Cada vez que surgía algún problema Alberto me llamaba para ver cómo estaba todo. Lo hizo en forma reciente, para conocer el estado de salud de Billy Wilson, de hecho me visitó el pasado 17 de septiembre, su último viaje a Claromecó. 

Alberto Borelli falleció este martes, a la edad de 75 años, en la Capital Federal, donde se encontraba residiendo desde hacía un par de años. Si bien su salud se venía deteriorando, estaba bastante bien. Pero en los últimos días tuvo un cuadro viral, que se fue complicando. El deceso se produjo a raíz de un paro cardíaco. 

Borelli nació en Buenos Aires, el 9 de enero de 1944, de muy chico su pasión fue la natación. Era bueno, muy bueno. A punto tal de estar al nivel de Luis Alberto Nicolao, el gran campeón de la época y un referente del deporte argentino de todos los tiempos, con quien compitió varias veces. Pero prefirió no dedicarse a la natación carrera, porque descubrió su verdadera vocación, salvar vidas en el agua. Guardavidas de alma, de corazón, ese fue Alberto. 

Flechazo mutuo 
Conoció Claromecó de niño, y su mar. El flechazo fue mutuo. Sin entrar en demasiados detalles biográficos, tras trabajar de guardavidas en distintos lugares, como en el Racing Club de Avellaneda, Borelli comenzó a desempeñarse en Claromecó. Su sueño siempre fue ser guardavidas en el “agua grande”, como él decía. 

Las anécdotas son miles. Como el día que sacó a un turista del mar y la esposa comenzó a increparlo airadamente. Borelli le dijo que se calmara, que son cosas que pueden pasar, y la respuesta fue: “si, pero lo que vos no sabés es que a éste ya es la tercera vez en la semana que tenés que ir sacarlo”. 

O el día en Dunamar que junto a Claudio Trybuchowicz tuvieron que ingresar sólo ellos dos, sin elementos, a sacar a unos diez chicos que estaban en un canal. 

En 1970, cuando Dunamar no tenía ningún balneario, surgió el Nahuel Coy, el primer parador, un lugar pequeño, aún hoy muy recordado. Ese proyecto duró unos 15 años, y luego surgió Nahuel Epú. Alberto y su esposa Lucrecia, la Tía Lu, criaban dos chicos, algo muy común en el matrimonio. 

Borelli licitó el lugar con la finalidad de darles a ellos el emprendimiento, pero surgieron nuevas posibilidades para los jóvenes, que emigraron de Claromecó, y Alberto y Lu terminaron haciéndose cargo del nuevo balneario. 

Nahuel Epú, el puma segundo, en el medio de la playa, el decano de los balnearios, como afirmaban sus slogans publicitarios. En el Nahuel era tradición el 9 de enero, cumpleaños de Alberto, el clericó para los guardavidas y todos los amigos, que se contaban de a cientos. El cumpleaños de la Tía Lu en febrero, otro clásico. El bautismo de mar para los niños pequeños, las guitarreadas, las mesas grandes pobladas de historias y mil cosas más. 

En esos encuentros, sólo para los íntimos porque le daba bastante pudor, Borelli empuñaba la guitarra y hacía sus grandes clásicos: la Canción de Cuna para Nenes Marineros, grabada luego por Andrés Mazzitelli, y la canción del lituano, en un cocoliche muy gracioso. 

La estampa de Alberto con su barba, su eterna gorra de marinero y su chaleco son parte del ADN de la playa claromequense. 

Todo el mundo tiene una historia con él. Historias de salvatajes y de los “chicos”, como le decía a los guardavidas, la gran mayoría formados por él mismo. 

En 2018 impusieron su nombre a uno de los refugios de la playa, lo agradeció muy emocionado, y dijo aquella vez que el mejor homenaje era el profesionalismo y la seriedad con que trabaja el Cuerpo de Guardavidas de Claromecó. 

Su gran orgullo fue haber sido un referente indiscutido en la profesión, ser uno de los pioneros en la prevención en el mar, más que en el propio salvataje. 

En una de aquellas reuniones nocturnas en Nahuel Epú le surgió una propuesta inesperada. Eduardo Calcagno le propuso protagonizar su película “El Salto de Christian”, tenía que reemplazar nada menos que a Ulises Dumont, que a último momento canceló su participación porque le surgió otro proyecto. Faltaban pocos días para el inicio del rodaje, no había tiempo para pensarlo mucho. Al principio no se lo tomó en serio, pensó que era una broma del director. Pero no, era en serio, era una propuesta de verdad. 

En cuestión de horas ensayó, tomó clases aceleradas de actuación, de postura ante cámaras y así surgió Vilas, el personaje que le tocó interpretar, clave en el desarrollo de la historia. Tuvo escenas con la protagonista Moro Angileri, y con la recordada Alicia Zanca. Participó de la avant premiere del film, y de las funciones estreno en distintos lugares del país. Los flashes de las cámaras apuntaban hacia su imponente figura, y Alberto, acaso sin entender del todo lo que ocurría, de un día para el otro pasaba a ser partícipe del cine argentino. 

También participó en la grabación del disco “Claromecó Me Encanta”, proyecto de Billy Wilson, a beneficio del jardín por entonces llamado Maris Stella. Puso su voz para un relato autoría del doctor Juan Abad, llamado El Arca de Noé, una versión actual y argentina del diluvio, un relfejo de la burocracia nacional en clave de humor. Allí tuvo que hacer un personaje singular, la voz del mismísimo Dios. 

Amaba la película “The Guardian” (Guardianes de Altamar), de Kevin Costner, que cuenta justamente la historia de un guardavidas heroico. Participó del coro de Claromecó, que ensayaba en Nahuel Epú. Fue integrante de varias instituciones, encabezó una fundación para sacar chicos de la calle y darles una oportunidad. 

De a poco se fue retirando del Nahuel, los años y la salud le impedían seguir trabajando. Pero de vez en cuando se daba una vuelta por su lugar en la playa, por su sitio en el mar, ahí mismo donde depositó las cenizas de su madre. El mismo sitio donde irán las suyas, puesto que sus restos serán cremados. El Gordo, Tarzán, el Capi, el Oso Blanco, ya era leyenda. Ahora es mito. Una gorra de marinero y una barba larga miran al mar de Claromecó, para siempre. 

Foto: gentileza Luis Satini

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