Con alumnos. Es directora de la escuelita de tenis en el club Los Andes

Sociales

Milka Jaureguibehere

Sin límites

03|11|19 09:19 hs.

Por Valentina Pereyra


En el bolsillo de mi pantalón de buzo las pelotitas suben y bajan entre los dedos de mi mano derecha. Me paro en la línea de fondo y levanto la vista, primero subo la visera, después mis ojos. Al otro lado de la red no espera una rival, son chicos que vinieron a que les enseñe a jugar al tenis.

Giro la muñeca de la prótesis que calza como un zapato a presión debajo del muñón izquierdo, saco la pelota y la tiro. Cae justo en mi palma y vuelve hacia el cielo hasta encontrarse con el encordado y volar al otro lado de la cancha. Los pequeños formados en fila devuelven mis tiros como lo practicaron en clases anteriores. 

El frontón de Huracán aparece irremediablemente en mis recuerdos, meriendas y cenas que se sucedían en la semana mientras mi padre jugaba bochas y mi mamá tenis. ¡Nunca me aburrí! 

Los alumnos van rotando y el primero pasa al último lugar de la fila a la espera de la recepción del saque certero de la profe Milka. 

La mañana avanza y el sol de primavera aprieta, por eso me saco la campera, la tiro arriba del banco que está entre las dos canchas y me quedo en mangas cortas. Doy clase siempre en remera, los chicos nuevos, muchas veces me dicen: “¿Profe que le pasó en la mano?”. Tuve las mismas dudas que ellos a los siete años: ¿Por qué a mí? Pero de ahí en adelante entendí que no había un tratamiento o un remedio para “curarme”, salvo un injerto a riesgo de que mi muñón lo rechace, por eso no se justifica para nada, además no tengo la necesidad de mover los dedos. 

Siempre supe que quería dar clases de tenis, me enamoré de ese deporte a los cuatro años, un día que fui con mi abuela y mi mamá a ver un torneo en Huracán porque jugaban mis primos Gastón y Jorge Etchegoyen. Cuando volvimos a casa y les dije: “Quiero jugar al tenis”. Algo incomprensible porque me falta la mano izquierda, sin embargo mi familia habló con el profesor Mingo Aguirre y enseguida aceptó entrenarme y enseñarme. 


Con los hermanos Miguel y Sergio Alarcón


Repuesta de las imágenes de mi infancia, inicio otros ejercicios y, los alumnos me siguen sonrientes, transpirados, agitados, llenos de ganas. Pongo algunos conos en zigzag para hacer algo físico hasta que me doy cuenta que uno de los nenes tiene la cuerda floja de su raqueta. Revuelvo mi mochila para encontrar algo que la ajuste y veo en el fondo la estampita del milagro. 

Una bocanada de aire fresco se adueña de mí cuando acuno esa imagen de la Virgen con mi mano de yeso liviano cubierto de goma. La llevo y traigo siempre conmigo, igual que las palabras de mis papás que nunca dejaron de apoyarme. No hubiera podido ni a palos sin ellos, olvídate… No fue fácil dejar que su hija con una discapacidad se venga a vivir sola a una ciudad tan grande, pero no dudaron. 

Cuando decidí buscar trabajo en Buenos Aires no pensé en las dificultades, pagué derecho de piso en todos lados, no es tan fácil hacer pie acá y anclarse. Todavía me acuerdo cuando hablé con mis padres, ¡hasta recurrí a una amiga de mi mamá para que la convenza! Dejé Tres Arroyos por una semana y no volví hasta siete meses después. 

Con plata para unos pocos días más y sólo dos curriculums por repartir, salí a pedir trabajo a un club ubicado a cuatro cuadras de la casa en la que estaba alojada. En Tres Arroyos soy Milka Jaureguibehere, no tener una mano no fue un inconveniente, pero acá no me conocía nadie. 

En el camino pensé que tenía que hacer alguna propuesta atractiva u ofrecer algo más que un simple papel escrito con toda mi historia deportiva. Las ideas golpearon mi cabeza y llegué agitada a pesar de estar muy bien entrenada. Cuando entré reparé en una de las dos canchas, al recorrerla los yuyos me llagaron hasta la rodilla. Al mismo tiempo que extendí la derecha con el curriculum me acordé de todo lo que me enseñó Mingo, entonces le ofrecí al que me atendió un intercambio beneficioso para ambos: dar clases a cambio de dejarles la cancha destruida utilizable y arreglada. La respuesta tuvo que esperar tres días, hasta que el encargado de tenis del club lo aprobara. 

Al jueves me levanté ansiosa, revisé la valija que estaba todavía armada y me di cuenta que no tenía resto. Si no conseguía el trabajo, el sábado volvería de Retiro a Tres Arroyos. Respiré ese aire enrarecido y emprendí el camino por Soldati hacia mi destino. En la mochila metí una botella de agua y el último bollito de billetes ajados.

La cabeza me pesaba y tiraba mi cara hacia abajo, lo único que veía pasar eran las vainillas de las baldosas viejas, levantadas, embarradas. Me llamó la atención una imagen enmarcada en una tarjetita rectangular con bordes dorados que estaba en el cordón por caerse a la calle. La levanté al ver que era la estampita de la virgen porque pensé que nadie debía pisarla. Le sacudí las hojas pegadas, la metí en el bolsillo y dije: “Dame una mano, necesito trabajar”. 

Un hombre simpático me esperaba en la puerta del club, con ambos brazos en alto me indicó la cancha arruinada y llena de pastos que vi el primer día. “¿Podés?”, dijo. Asentí, entonces me contrató, consiguió los materiales y en un fin de semana tuve todo listo. Aprendí a armar y desarmar canchas con Oscar “Mingo” Aguirre, mi primer profesor de tenis. Todavía hay mucha gente que se sorprende que una mujer sepa cuidarlas y tenerlas tan bien. 

Cada tanto acomodo la estampita que dejé junto al portarretratos de mis padres. Que hay milagros, seguro que los hay, las oportunidades empiezan a aparecer y vino otro contrato en el club Lanús. Consigo ese trabajo por un entrenador que traía jugadoras a Tres Arroyos a las que les ganaba siempre, conocedor de mi potencial me contrató. 

Un tiempo después me ofertó ir al club Los Andes en Lomas de Zamora. Acepté y empecé a buscar casa, siempre vivo cerca del trabajo, el trasporte es muy caro en esta ciudad. Hace quince años que estoy, soy la directora de escuelita y de grupos de alumnos de primaria, con dos profesores a mí cargo, además de dar clases particulares. 

Las prótesis 
Llegan las familias a buscar a mis alumnos, muchos no se quieren ir y siguen peloteando. Me parece ver llegar a mis papás que son mi ejemplo, fui criada con una enorme fuerza de voluntad, pusieron el pecho y yo caminé de sus manos, son los que insistieron y no bajaron los brazos. 

El otro día encontré una foto que subí a mi Facebook, estoy con mi mamá, a upa y tengo mi “bracito de telgopor”, sonrío y ella también con un gesto alegre, despreocupado, orgullosa de mí. Del codo para abajo me falta parte del brazo y la mano izquierda, por eso usé desde los tres meses el suplemento necesario para equilibrar y evitar que se desviara mi columna. A medida que crecía incorporaron más peso, otra prótesis con forma de mitón, la mano completa y un solo dedo de madera. 

A partir de los cinco o seis años tuve otra con los deditos normales, de yeso liviano. Hasta los 10 años sostuve la prótesis con un arnés de madera que cruzaba de un lado al otro de mi pecho con una cinta de cuero, lo colgaba al hombro para que no se me caiga porque era muy chica y no tenía fuerza. Ahora la sostengo al doblar el muñón, es del mismo material con cubierta de goma, son importadas que con el calor toma color, hay movibles, pero son muy caras y no me da el presupuesto. 

Los más chiquitos juntan sus pelotas y toallas y las meten desordenadas en las mochilas, los más grandes llaman a sus padres y les piden permiso para acoplarse a la clase siguiente. Junto algunas pelotas entre suspiros. 

Tener una sola mano nunca me quitó el sueño. En la adolescencia alguna vez, por un minuto pensé: “¿Quién me va a querer con una sola mano?”, pero esa idea me duró nada, especialmente cuando vi el estrés por el que pasaban mis amigas cada vez que querían salir y tenían que pedir “permiso” a sus novios. Eso no es lo mío porque si me sale trabajo en cualquier lugar del mundo me voy, estoy casada con el tenis que es lo más celoso que tengo, no me deja hacer nada, pero si fuera una persona no tendría manera de agradecerle, el tenis me salvó. 


Junto a Gabriela Sabatini. También tuvo la oportunidad de conocer a Guillermo Vilas


Las canchas son sanadoras, desde los cuatro años que no quiero salir de ahí. Algunas veces me duele la panza, me meto a la cancha y se me pasa todo. Estoy en una cancha y estoy en mi casa, en el lugar más seguro que tengo. 

Mi mundo fue siempre pequeño, entraron sólo los que quise. Una vez en el colegio me dijeron “manca” y terminaron con dos dientes menos, nunca más lo intentaron. Me autoprotegí con mi familia, amigos, religión, con el deporte. 

Me crié en una ciudad en la que no sufrí la discriminación, por eso estoy convencida que las vivencias son fundamentales. Compitiendo, a los doce años, me tocó jugar con una nena que adelante mío y de mi papá le dijo al suyo: “A esta manquita le gano en dos minutos”. La final fue 6-1, 6-0 a mi favor. Muchas chicas me pedían que les tire despacito porque no me la podían devolver, tengo toda mi fuerza concentrada en un solo brazo que uso para vestirme, moverme, para todo. El corazón se acelera a mil mientras juego, en cada golpe va toda mi voluntad, mis horas de entrenamiento, fijo la vista en mi rival y me olvido cuántas manos tengo. 

Antes de irse me abrazan y saludan, preguntan por los próximos torneos y se entusiasman con los avances que tienen clase a clase. ¡Ojalá se den cuenta lo bueno que es jugar al tenis! 

Mingo 
Empieza otro grupo, la categoría de juveniles, más competitivos, aguerridos, resueltos. Pocos minutos después ya están en cancha listos para la recepción. 

La brisa que corre es como la de otras primaveras, las de Huracán. No me pueden parar y corren de un lado al otro. 

“¿Cómo haces con una sola mano?”, gritan. 

Mingo me enseñó a tirar la pelota y hacer el saque. La prótesis que usé de chica tenía la mano rígida hacia adentro, pegada al cuerpo. Al principio la agarraba con la misma, la tiraba para arriba y le pegaba, después descubrimos que en la muñeca de la prótesis se podía poner una arandela de rotación, entonces la giraba y ponía la palma hacia arriba. Ahora pico la pelota y la hago calzar en la mano, lo mismo para canastear. Esa fue la técnica que usé a partir de los doce años. 

Empecé a los 14 años a dar clases en Huracán de ayudante del profesor Oscar “Mingo” Aguirre, con eso colaboraba con mis papás para pagar mi enseñanza, tengo 44 y compito desde los 7. Estos chicos tienen mucho camino por recorrer todavía. 

Sabía que mis papás no me podían pagar el estudio, por eso me dieron a elegir: “O cumple de 15 o curso de profesorado”, me decidí por lo que me iba a dar de comer, además vestido no uso, así que fui directo al curso. Era chica, pero el tenis me cambió la cabeza y me ayudó a salir adelante. 

A medida que aparecieron los problemas, busqué las soluciones. La prótesis que tengo ahora me la compré porque hice un espectáculo a beneficio y me dieron gratis el Teatro de la Escuela Nº 1, el sonido y los cantantes que eran amigos míos actuaron sin cobrar un peso. Pagué la mitad de la prótesis con las publicidades que salí a vender en bicicleta, si pedía 20 me daban 30, la gente siempre fue re generosa conmigo. 

Final de jornada, me voy a tomar una Coca con las chicas y a escuchar a Mónica Naranjo que sacó un video nuevo. Los miro alejarse entre las canchas, revuelvo la mochila, me aferro a la estampita y a la idea que no hay que dejarse vencer por los obstáculos, hay que sacar la fuerza de donde sea porque hay que vivir. Me tuve que acomodar al mundo de hoy, no el mundo a mí. 

La fuerza básica siempre es la familia, el amor más grande es el de los padres, hay que apoyarse en eso.  

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Perfil
Milka Jaureguibehere hizo su nivel Inicial en el Jardín 901, la Primaria en la Escuela Nº 1, el Secundario lo comenzó en el ex Colegio Nacional y completó hasta tercer año en Nuestra Señora del Luján. 



En 1994 se recibió de profesora de tenis, de entrenadora y de coach, para eso viajó todos los lunes a Buenos Aires cuando tenía 15 años. Realizó los tres cursos al mismo tiempo, porque podía hacerlo sólo con el Ciclo Básico aprobado. Además de tenis, compitió en natación, practicó taekwondo, atletismo, lanzamiento de bala, jabalina, entre otras disciplinas. Compitió en torneos de tenis hasta los 20 años, trabajó en el Club Olimpo, en Costa Sud, Chaves, vivió dos años en Orense, también en Claromecó. 

Le encanta la música y es la fan número uno de Valeria Lynch, es amiga de la cantante tresarroyense Paula Iriart con la que comparte sus recitales. Actualmente sigue a la cantante española Mónica Naranjo. 

Realizó un curso de diseñadora gráfica, de diseñadora web y le faltaron unas clases para finalizar el curso de sonidista. Conoció a sus máximos ídolos entre los años 1993 y 1994: Guillermo Vilas y Gabriela Sabatini.