Ilustración de Hugo Costanzo

Opinión

Primer Premio en Cuento Breve

Una reunión animada

03|11|19 20:22 hs.

Por Aldana Rocío Dall Oro 

(Ciudad de Buenos Aires) 

Salgo mi departamento, apoyo la bolsa de basura en el piso, es de noche, toco la luz de pasillo y al instante se ilumina todo, los cuatro pisos del rectángulo espiralado se encienden. Vivo en el último departamento del último piso en lo que solía ser la casa del hombre de mantenimiento. Por eso mi puerta es distinta a todas las demás, es una puerta de madera ciega, el resto de las puertas son de vidrio esmerilado, quiero que me la cambien. 

Comienzo a bajar las escaleras de mármol blanco y paso mi mano en los barrales de madera lustrada, hubo un tiempo en que en Buenos Aires se pusieron de moda las estructuras de vidrio y hierro negro. Son apenas las ocho de la noche, pero parece más tarde. Me vibra el celular en el bolsillo, tengo ciento once mensajes sin leer del grupo de trabajo, a mitad de la escalera con la bolsa de basura en la mano y el delivery en la puerta, me dispongo a ponerme al día con la conversación. La luz del pasillo se apaga, con las dos manos ocupadas deseo con el corazón que algún vecino entre y toque el interruptor automático, pero tengo que terminar de bajar medio piso solo iluminada con la luz nocturna que entra por la claraboya y la pantalla de mi celular. A medida que voy bajando comienzo a escuchar voces que llegan desde una reunión abajo, bastante animada por lo que se oye. Será la casa de la lesbiana, la única persona con vida social en este edificio de viejos carcamanes.

Llego al tercero y todas las luces de la casa de Carol cg están apagadas, es sábado y seguro está tomando vino tino en copa en una lectura de poesía erótica feminista. La reunión es enfrente a su departamento, la casa de “la vieja que grita”. 

Le digo la vieja que grita porque es una señora de noventa años que grita en las madrugadas. Como si la atormentaran terribles pesadillas. La primera vez que la ví fue hace meses atrás cuando la trajo la sobrina al edificio, yo salía con la valija fucsia con rueditas que me compré en el Coto de Villa Crespo, iba a tomar un taxi para ir a Ezeiza y de pronto la veo en la silla de ruedas en medio del pasillo oscuro, la vieja es blanca como un fantasma y enorme, debe medir casi como dos metros, me hizo pensar en esas alemanas exageradamente altas de las películas de la Segunda Guerra Mundial, encorvada y con las manos sobre el regazo, la cabeza inclinada hacia el hombro derecho, el pelo blanco suelto y desalineado, la boca abierta y los ojos como dos bolitas negras, perdidas entre pliegues caídos de piel que solían ser párpados, su mirada un túnel oscuro. Sentí un hilo delgado de frío desde la raya del culo hasta la nuca. Inmediatamente aparecieron atrás la sobrina y dos enfermeros empujando la silla, la sobrina le murmuró a la vieja algo al oído, cuando pasaron a mi lado tuve que aplastarme contra la pared y subí la valija por encima de mi cabeza con los dos brazos para que pudieran pasan, saludé con el único fin de entablar una conversación que me diera más información de la señora alemana, pero no me respondieron. Seguí hasta la puerta de la calle, atrás quedaron los enfermeros subiendo a la vieja gigante por las escaleras. 

Cuando volví de mis vacaciones los gritos estaban instalados como un terror nocturno. Esa noche me despertaron a las tres de la madrugada, alaridos infernales que pronto se convertirían en un clásico. Al día siguiente esperé encontrarme con Carol cg -me gusta llamar a la gente como su usuario de Instagram-. Carol salía de su casa a las diez AM para dar clases de canto a domicilio. Cuando escuché el sonido de su puerta salí con la bolsa de los mandados y le pregunté si ella también escuchaba a la vieja gritar, me confirmó todo y agregó: –es la dueña del departamento donde vivían la sobrina y el marido, antes estaban solos ¿viste? 

Al parecer tuvieron que sacarla del asilo donde estaba y volvió a su casa y ahora la sobrina y el marido, que parecen gemelos, viven con la señora alemana y los gritos. 

Llego a planta baja y abro la puerta a la calle, el pibe del delivery está parado con la tortilla en la mano, le digo que me espere y voy a tirar la bolsa de basura a un contenedor que está a unos pasos, las calles de Monserrat tienen olor a pis de humano. Le pago justo al pibe, le pido disculpas diciendo que no tenía cambio. La verdad no tuve ganas de buscar en la mochila. Cuando vuelvo a subir, las risas habían aumentado, decido subir en silencio y a oscuras, me da mucha curiosidad que esa gente tenga amigos, cuando paso por la puerta noto varias personas paradas, me vuelvo unos pasos hacia atrás y dejo la tortilla apoyada en la escalera, me arrodillo en el piso, una miradita nada más, acerco mi ojo en la cerradura y hago fuerza para poder ver. 

Al principio no distingo bien, hay una iluminación amarillenta que sale de unos veladores antiguos, todo muy vintage, ajusto más el ojo izquierdo, unas mujeres gordas toman unas bebidas extrañas en copas de Martini, el líquido es color verde esmeralda, están sentadas en un sillón justo enfrente a la puerta en el recibidor, parecen vestidas de otra época, con trajes color beige, incluso sus peinados parecen de los años 40. Me pregunto si será una fiesta temática. 

Me duele la rodilla y considero que ya vi suficiente, me alejo para pararme, pero de pronto la música y las voces paran, me froto el ojo y hago fuerza para abrir y ver un poco más, seguro alguien rompió un vaso, vuelvo a apoyar la cara en la cerradura. Los invitados están acomodados en ronda, aparece la sobrina empujando la silla de ruedas decorada con guirnaldas y acomoda a la vieja en el centro justo frente a mí, separadas sólo por la puerta, tiene un bonete de cumpleaños. 

La mirada de la vieja que daba al techo de pronto se orienta hacia la puerta, hacia la cerradura, siento la mirada como una flecha y me caigo hacia atrás, en ese momento alguien entra al edificio y prende la luz automática, dejándome expuesta como un bulto negro atrás de la puerta de vidrio esmerilado. 

La puerta se abre y frente a mí la sobrina me mira, los invitados formaban un semicírculo detrás de la silla de ruedas, me invitan a pasar. La música vuelve a sonar en un aparato antiguo, es una melodía que nunca había escuchado, alguien me acaricia el pelo, una señora que estaba acostada en la alfombra se levanta del piso y camina hasta el bar, derrite un cubo blanco de azúcar en la bebida verde, me ofrece y tal vez por la culpa de haberme sentido descubierta espiando, la bebo, inmediatamente supe que fue una mala idea. Afuera la tortilla de papa se enfría en la escalera.