Sociales

Elena Curri en primera persona

Retratos

24|11|19 12:47 hs.

Por Valentina Pereyra


“Pienso que nací para los niños, pienso que cada uno nace para algo, la estupidez humana me saca de las casillas y los chicos son sinceros”, destacaba Elena, entre otros aspectos no menos importantes, en su diálogo con LA VOZ DEL PUEBLO

Pato Alarcón me dijo que iban a venir de La Voz del Pueblo a hablar conmigo y me pidió que busque algunas fotos de mi época de docente. Me puse a revolver un poco y enseguida apareció la caja de los recuerdos. Si ubico los retratos en una línea de tiempo reconstruyen toda mi historia. 

El pasado y el presente mezclados en una pila inconexa, que cobra sentido de vez en cuando. 

Las fotografías en blanco y negro están más abajo, las levanto de a una, separo algunas que cuentan mucho, dejo las que seguro se van a enojar si las enseño y las apoyo sobre la mesa armando un mosaico, ¡No! Un rompecabezas. 

De repente llegan esas palabras que suelo repetir algunas veces: “Vida nada me debes, vida estamos en paz” digo y, me recuesto sobre el respaldo de la silla que acomodé en la punta de la mesa. 

Todo fue esfuerzo, hasta padecimos cuestiones de la política cuando el secretario de un gobierno militar le negó a mí familia una beca para que yo pudiera hacer la secundaria por estar en los “libros negros”, como todos los empleados rurales que tenían que afiliarse. Tengo 75 años y de la época de Perón tengo este recuerdo y al mismo tiempo otro muy agradable, porque los primeros regalos de Reyes que tuvimos con mi hermana eran los juguetes que Eva mandaba y mi papá buscaba en Alzaga con un boleto que le entregaban en el correo. 



El día que mi papá se enteró de que no me daban la beca enfrentó al funcionario en la Municipalidad y le dijo: “Ves con estas manos llenas de callos, con éstas mis hijas van a estudiar, te voy a demostrar lo que vale la voluntad de un hombre”. 

Volvió a mi casa muy enojado y le dijo a mi mamá que fuera a inscribirme al Colegio Inmaculada Concepción. “¿Con qué vamos a pagar?, cuestionó ella, pero de todos modos fue a anotarme, aunque no nos dieran la beca. Pidió permiso a las autoridades de la institución para que me dejaran ir de guardapolvo porque no había plata para el uniforme reglamentario. Recién lo tuve cuando una vecina me lo regaló. Epoca de penurias, hasta que me dieron la beca por ser el segundo mejor promedio.

Activo mis neuronas y sostengo el corazón según la imagen que elijo mirar por turno. No puedo evitar empezar por las viejitas, la de los años mozos. Salta una foto que me lleva hasta mi primera suplencia en el año ´63 cuando Mary Ochogavía se casó. 

Con “Don Caifano” de chofer salíamos en un carro tirado por caballos a juntar a los nenes que las mamás traían a una esquina determinada y, a la tarde, desparramábamos a los chicos de la misma forma. Cuando llovía, en general, faltaban. En aquel tiempo… ¡Ay, Dios mío, qué antigua soy! Había Jardín en verano y el sistema de buscar los alumnos era el mismo. 

Las calles empedradas hacían que el traqueteo del carro fuera fuerte, creí que eso era la causa de un dolor muy fuerte que sentí cuando se me hincharon las articulaciones. Era época de polio así que mi mamá se asustó mucho, después resultó ser reuma infeccioso. 

Con ambas manos cubro mi cara, tapo mis ojos y me trasporto. Descubro la vista y dejo esas primeras fotografías que dejan paso a las de mis primeros grupos con alumnos del Jardín.

Inclino la cabeza hacia atrás, aunque no necesito hurgar demasiado. Relojeo de nuevo una foto que ya miré, que confirma los recorridos en el carro tirado por caballos y los dolores que me dejaron en casa por un tiempo. 

Un día, mientras hacíamos con mi hermana las tareas, llegó mi tío con don Carlos Ciancaglini, un concejal garmense y radical- que me propuso estudiar para maestra jardinera, le dije ¡Sí! Nunca tuve dudas. Su idea era que al terminar los estudios volviera a De la Garma a fundar un Jardín. Para eso me consiguieron una beca, que pagó la pensión en Azul, donde estudié, y el resto… sacrificio de mis padres, mi mamá lavaba para afuera, mi papá trabajaba en un horno de ladrillos durante el día y de noche lavaba autos… 

En medio del estudio y antes de recibirme me operaron de nódulos en la garganta, eso me obligó a hacer fonoaudiología en Tres Arroyos. 

No me sentí mal de no volver para De la Garma como prometí, porque antes de que terminara mis estudios ya habían fundado el Jardín con la llegada de Roca, un médico veterinario y su esposa maestra jardinera.

Caigo en Tres Arroyos para hacer el tratamiento de la voz y me gustó mucho la ciudad, vi posibilidades de trabajo, entonces, a los 24 años, les pedí permiso a mis padres y me dejaron quedarme en una pensión. Mis hijos siempre dicen que fueron unos adelantados, yo sé que la decisión tuvo que ver con algo que mi papá repetía hasta el hartazgo: “No quiero que mis hijas sufran bajo patrón, por eso quiero que estudien”. 

Una punta de otra foto asoma debajo de mi codo, la muevo hacia un costado y la miro sin levantarla. Es la de otro grupo de chicos formados en posición de retrato escolar. Son chicos de 6ª y 7ª de la Escuela Nº 8 de Chaves. ¡Nunca lloré tanto cuando me nombraron en ese cargo! Tenía que regresar, así lo hice y estuve dos años de nuevo en mis pagos. Mi papá decía: “La única loca es mi hija, que llora porque le dan un puesto fijo”. 

Volví a Tres Arroyos cuando me nombraron en el Jardín 902 como maestra a cargo de la dirección, allá lejos y hace tiempo, cuando todo era un campo lleno de manzanilla y no existía el barrio de la Escuela 18. 


Junto a sus alumnos del Jardín N° 1 de Gonzales Chaves, en 1963


El Jardín funcionaba en la casita de la portera, teníamos un solo baño, el Club de Leones había hecho el corralón que un viento volteó, así que nos visitaban las perdices que venían del arroyo. Di clases ahí hasta el ´77, cuando quedé embarazada de mi hijo mayor. 

Estaba a cargo de la salita integrada y Marta Alonso tenía la sala de cinco años. Tuve alumnos que todavía veo, como los hermanos Laborde, Adrián y Mariana, que vivían en una quinta por ahí, y también a Julio Garrido. 

Con ambas manos levanto otra foto que me arranca una sonrisa, en blanco y negro un pequeño impecable, con ojos vivaces mira hacia el frente, yo lo observo con la cabeza inclinada y mi pelo largo y rubio cae sobre el escritorio. Mi amiga, también docente, lo sostiene del otro lado, 

Es el pelado Santos, bien limpito y vestido, porque también allí los lunes lo bañábamos. Vivían en una casita en medio de un terreno donde está la plaza Islas Malvinas. Cuando llegaba lo metíamos en la pileta de la cocina y después lo pelábamos como se ve en la foto. 


Con el Pelado Santos, en el Jardín 902, del Barrio Escuela 18


Inesita Candia traía tres chicos desde La Federación -hijos de sus empleados y nos daba damajuanas con leche con la que las porteras hacían arroz con leche, flan y otras delicias. El pelado Santos un día llegó un poco tarde y le pidió una compotera de postre y otra y otra. Cuando íbamos por la cuarta miramos qué pasaba. Sentadito en el banco, con las botitas que le andaban grandes y le colgaban, no comía el arroz con leche, en realidad se lo guardaba para llevarlo a su casa para la noche. ¡Cómo no lo íbamos a querer! 

Husmeo adentro de la caja que dejé en el centro de la mesa y busco un artículo del diario que guardé en el que dan los resultados del boxeo. En la misma nota le preguntaron: “Santos, ¿por qué le dicen “Pelado”? Y respondió: “Dos señoritas que quería mucho me pusieron ese nombre, por eso me lo dejé”. Una lágrima rueda y no puede borrar la tinta de la nota que ya borró el tiempo. 

Pienso que nací para los niños, pienso que cada uno nace para algo, la estupidez humana me saca de las casillas y los chicos son sinceros. Si te abrazan es porque lo sienten y si se enojan y te insultan, es porque lo sienten y hay que trabajar en eso y contenerlos, pero actúan con lo que sienten, son auténticos, algo que es difícil encontrar en los adultos, que me duele cuando sonríen por delante o te pegan la puñalada por atrás. Tengo la dicha de encontrarme con alumnos que me dicen: “Señorita Elena ¿Sabe una cosa? ¡Ya me jubilé!”, mientras me abrazan. 


Elena, junto a sus nueve nietos


En una pila desordenada dejo descansar las fotos que miré y elijo las de color. Entre todas no sé cuál elegir, me decido por la que están mis hijos. Otto Guillermo, el mayor; Rubén Mauricio “Mako”; Alejandro Javier, que vive en Mar del Plata; Pablo Sebastián, el menor y Evangelina, que está en Bahía. Ella nació mientras yo iba a trabajar a El Triángulo. ¡Una loca se va con cuatro criaturas al campo, embarazada y a dedo!. 

Trago saliva, encuentro otros rostros, nuevas y viejas caras, hijos del corazón, niños que tuve cuando fui mamá sustituta, queridos amigos y familiares que ya no están. La humedad de mis palmas hace difícil mover las fotos para guardarlas. La verdad es que no me da para ponerlas en el orden debido, ¡Este Pato! ¡Mirá lo que logra! Me levanto y resuelvo que esas caritas de guardapolvo blanco, o los más chiquitos en el Jardín tienen que volver a dormir en la caja que los contiene desde siempre. 


Sus hijos Otto Guillermo, Mako, Pablo Sebastián, Evangelina y Alejandro Javier


Acomodo las más brillantes arriba del todo y cuando veo a mis nueve nietos, suspiro. 

Con movimientos bruscos, apurados, guardo todo sin reparar que algunas quedan boca abajo, y tapo la caja, la bajo de la mesa y la apoyo en la silla más cercana a la habitación, ¡A la vuelta las meto en el placar! No quiero llegar tarde a telar en el Centro Cultural, me revienta la gente que no se compromete con lo que hace, llegar a horario y asistir es parte de la cosa. También voy a memoria al Centro de Jubilados con Natalia di Paolo, a pintura, una vez al mes con Silvia García, a la noche hago hidroterapia en la pileta de IRTA. 

Estoy por cerrar la puerta y el viento trae hasta mí una foto que quedó boyando, la miro sin agacharme, soy yo, maestra, mamá, abuela. Soy Elena Curri, la que nació para los niños.