Opinión

Escribe Valentina Pereyra

Manifestante de la muerte

05|01|20 15:40 hs.

Como cada mañana el canillita dejó el diario La Voz del Pueblo en el buzón de la puerta del garaje de mi casa. Lo levanto y salgo por el pasillo que me conduce a la cocina con el matutino doblado bajo mi brazo derecho. Saco la pava del fuego y la llevo a la mesa donde la espera el mate nuestro de cada día. Me siento, despliego el papel y me encuentro con la tapa que titula con letras de molde: “Asesinan a los hermanos Quintero”.


La fachada Art Decó del negocio que fundó el padre de los dueños en 1897 ocupa la totalidad de la portada. El negro muy negro de las enormes letras del titular se mezclan con el reloj frontal redondo con agujas finamente ribeteadas y, el nombre “Joyas Quintero Hnos”. Este está tallado sobre las paredes de líneas geométricas, debajo de los adornos de hojas y vegetales. Las persianas bajas no permiten ver los muebles, vitrinas y mostradores que le dieron vida y muerte. 

Paso rápido la vista sobre el texto de la página tres y me detengo en la foto que muestra una habitación revuelta y un cuerpo tapado con una frazada. La información es escueta, sólo dice que los encontraron “desvanecidos” en la casa que habita Petra Quintero en el primer piso de la joyería. En el ángulo derecho de la nota hay una imagen de archivo de los hermanos detrás del mostrador. Me concentro en sus rostros sonrientes, con arrugas plácidas y manos manchadas de trabajo y tiempo. Arnaldo luce en su índice un anillo rectangular con sus iniciales talladas y Petra un hermoso collar de perlas muy delicado. 

La crónica informa que anoche a la 1.35 horas ingresaron tres delincuentes a la joyería que está en la calle Piedras. Según el parte policial los maleantes forzaron uno de los ingresos a la casa y, una vez adentro, reclamaron dinero en efectivo a la mujer y a su hermano, quien casualmente había concurrido al lugar de visita. 

En la misma noticia el cronista explica que la esposa de Arnaldo los encontró y fue a la que el anciano le contó lo sucedido con un hilo de aliento antes de ser hospitalizado. Levanto la vista de vez en cuando para asegurarme de echar el chorro de agua caliente adentro de la boca de la calabaza y sigo la lectura: “Al no encontrar efectivo -según el testimonio del único sobreviviente hasta ese momento- los malhechores golpearon ferozmente a los hermanos y, posteriormente, se retiraron sin llevarse nada”. 

“Al no encontrar efectivo -según el testimonio del único sobreviviente hasta ese momento- los malhechores golpearon ferozmente a los hermanos y, posteriormente, se retiraron sin llevarse nada”


La peor noticia llega en el párrafo final: “Producto de un traumatismo de cráneo múltiple que le produjo un coma profundo tras el feroz ataque falleció Arnaldo Quintero que sobrevivió unas horas a su hermana Petra”. 

En otro recuadro, una foto en blanco y negro retrata el horror.

El joyero boca abajo, con una mordaza y ataduras en sus pies y manos, la cabeza destrozada a patadas, los ojos hinchados por los culatazos de las armas que usaron los ladrones. Está tirado sobre una enorme mancha de sangre que inunda la alfombra de la habitación. Un zapato de charol cerca de la pata de la cama de bronce y el otro a medio poner cuelga de su pie izquierdo. 

Sobre la cama yace muerta Petra, su pierna derecha cae del colchón cubierta apenas por los girones de su camisón teñido de rojo sangre. La cabeza entre la almohada y los barrotes de la cama tiene una hendidura enorme que seguramente, pensé, le causó la muerte. 

En la página cinco otro título llama mi atención. “Convocan a una marcha para pedir Justicia por la muerte de los Quintero”. Informan que en la plaza San Martín a las 12 esperan que el pueblo hable. 

Corrí el diario y mi vista hacia el centro de la mesa, lo cerré para ocultar esas fotos que todavía chorrean sangre. 

Voy a mi habitación, me visto, miro el reloj y sé que ya es hora. Camino hacia el centro de la ciudad y cerca del banco de Comercio escucho algunas voces. Me cruzo con otros que también caminan en la misma dirección. Llega gente a la plaza principal de todos los puntos cardinales dispuesta a marchar por el asesinato de los dos joyeros octogenarios. 

Son cientos y de un momento a otro miles. Gestos tristes, sombríos, enojados, desconcertados. Al grito de “justicia, justicia” se juntan frente a la Municipalidad. 

El sol de octubre castiga desde su punto más alto a los pequeños grupos congregados alrededor de la fuente central. El círculo de gente se hace más concéntrico alrededor de los funcionarios políticos que acaban de llegar. 

El griterío de los manifestantes se confunde con las explicaciones que éstos brindan sobre qué ocurrió. Desacelero el paso y siento los golpes de la turba que avanza y me esquiva. 

“¡A la Fiscalía, a la Fiscalía!”, exclama una señora grandota que pasa y me empuja. Tiene un vestido fresco, con flores azules y rojas salpicadas sobre el blanco de la tela. Se acomoda el cabello blondo que le cae por debajo de sus hombros. Un destello de sol choca contra el anillo de oro que lleva puesto y me encandila. La sigue un muchacho de jardinero azul y remera blanca con algunas manchitas de pintura amarilla de vez en cuando. Atrás va otro hombre que avanza con el ceño fruncido mientras saca un pañuelo engrasado del bolsillo de su overol. 

Luego otro de mediana edad con camisa leñadora a cuadros rojos y negros arriba de una remera gris que cae sobre su pantalón raído. En fila se forman desordenados trabajadores, maestras, doctores, amas de casa, y un conocido activista sindical que grita: “Hoy fueron los Quintero, mañana podemos ser nosotros”. 

“¡A la Fiscalía, a la Fiscalía!”, marcha la multitud con rumbo fijo y sin líder aparente. 

El clima es pesado, hace calor, los reclamos me aturden, todavía tengo la imagen nítida de los dos ancianos sonrientes que me miraron esta mañana desde las hojas del diario. 

Me quedo lejos del grupo que preside la marcha, prefiero caminar a la par de un anciano que lleva una radio portátil contra su oreja. El volumen es tan alto que escucho al locutor mientras brinda detalles del crimen. Anuncia la muerte de los joyeros más antiguos del pueblo, e informa con voz carrasposa que en la plaza ya hay miles de congregados para pedir Justicia. 

La peor noticia llega en el párrafo final: “Producto de un traumatismo de cráneo múltiple que le produjo un coma profundo tras el feroz ataque falleció Arnaldo Quintero que sobrevivió unas horas a su hermana Petra”


El hombre se adelanta y apenas oigo palabras sueltas, entonces me animo y le pregunto qué novedades hay mientras salimos de la plaza y caminamos por la calle Urquiza en contramano. Me cuenta que un movilero trasmite desde la Fiscalía y otro desde el Juzgado de Garantías. “Parece que reclaman la custodia de la Policía”, dice y, agrega: “Calculan que somos unos cuatro mil”. 

Dejo pasar a los que corren, un mar de cabezas y colores, cuerpos y vestuarios, cinco cuadras de gente apiñada que quiere sangre o justicia. En la puerta de la Fiscalía entran a buscar a su titular, después van por el juez que tiene su oficina unas cuadras hacia el norte y, una vez que están juntos, continúan con ambos hacia la Comisaría. 

La columna se retuerce como una serpiente cascabel, salta sobre su propio lomo, se enrula y vuelve a circular sin que haya ningún policía, la calle es del pueblo. 

“¡Justicia, Justicia!, suena el reclamo al compás de puños cerrados y brazos arriba que contrastan con mi silencio. 

La Comisaría no está abierta, no hay policías, ni patrulleros, sólo la bandera argentina flamea como único estandarte de un orden tan desgastado y desteñido como su paño. La muchedumbre rodea la manzana, adentro permanecen atrincherados efectivos de todos los rangos, por lo menos es lo que escucho en la radio que lleva el anciano al que sigo por todo el trayecto. 

Frente a la Comisaría el fiscal y el juez hombro con hombro, codo con codo. El primero tiene la corbata corrida hacia la izquierda y las gotas de traspiración sobre la frente. El otro, inexpresivo. Un poco más lejos del centro del conflicto una tropa desalineada de jóvenes que miran la escena montados sobre los capots y techos de los autos estacionados. 

Hago equilibrio en el cordón de la vereda que desaparece entre los zapatos y zapatillas de centenares de personas. El fotógrafo del matutino local gatilla las escenas que serán la tapa del diario de mañana. 

La multitud exhausta y agónica no cede. Una nueva columna se desprende de la principal y enfila hacia la plaza donde intenta volcar una camioneta estacionada, otro grupo corre hacia la escuela secundaria centenaria que está frente al municipio y la apedrean. De pronto la policía sale de su guarida y abre una balacera que empeora todo. El desbande es grande, me agazapo y logro salir de la plaza. 

Corro, corro, me agito, pero me detengo de pronto para buscar al anciano de la radio portátil. Lo veo cerca de la esquina sur de la plaza, tiene una herida en la cabeza, pero justo cuando me dispongo a ayudarlo un joven lo sostiene del brazo y lo lleva con él. Vuelvo a girar sobre mis pies y salgo hacia la ruta cerca de donde vivo. 

Entro a casa y el mate frío duerme en la mesa junto a la foto de la joyería y a la noticia vieja de la muerte y la marcha. Prefiero dormir sin almorzar, o merendar porque ya casi oscurece. Todos los rostros se revelan en mi almohada, es difícil dormir. 

Al día siguiente corro al garaje y busco el diario. Me tiemblan las manos, las pupilas se agrandan para poder leer en la penumbra del amanecer. Devoro los textos y mastico lento las fotos. En la portada aparecen el juez y el fiscal en el centro de la multitud. Rostros enrojecidos por el calor y la bronca, torsos desnudos, manos que blanden remeras como banderas de guerra. 

Me llama la atención entre todos, una mujer alta, rubia, de vestido floreado que apoya su mano en el hombro del fiscal. Lleva en su índice un anillo rectangular que tiene talladas las iniciales AQ. 

Por Valentina Pereyra