Opinión

Editorial

Nisman

12|01|20 17:40 hs.

Los seres humanos nacimos con derechos inherentes a nuestra condición. Derechos que son anteriores a la formación de cualquier comunidad política y que todas deben salvaguardar, si se definen como democráticas y, como tales, plurales. Entre otros aspectos, los sistemas democráticos, al tener los poderes divididos, deben propiciar la mayor independencia de cada uno de ellos. Independencia que no es aislamiento, sino colaboración y cogobierno. Los poderes no son absolutamente independientes unos de otros. Por eso la noción de “equilibrio de poderes” tiene la cualidad de definir perfectamente la relación de armonía-desarmonía entre los mismos, su inestabilidad vincular natural, propia de la dinámica de la política democrática. 


La separación evita el abuso de poder y garantiza que la vida y la libertad, nuestros derechos naturales fundamentales, sean protegidos. Esta noción elemental y clave, constituye el ordenamiento fundamental de los sistemas como el nuestro: representativo, republicano y federal. 

El atentado que sufrió la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en Buenos Aires, el 18 de julio de 1994 se trató de la mayor acción terrorista ocurrida en nuestro país, y dejó un saldo de 85 personas asesinadas y 300 heridas (El ataque terrorista a la Embajada de Israel en Argentina fue anterior y ocurrió el 17 de marzo de 1992, causando 22 muertos y 242 heridos). No mencionamos aquí las pérdidas materiales y los efectos psicológicos en familiares y sobrevivientes, difíciles de medir adecuadamente. 

El documental “Nisman, el Fiscal, la Presidenta y el espía” relata los pormenores e hipótesis en torno a la muerte de Alberto Nisman, fiscal especial de la causa AMIA desde el año 2004, ocurrida el 18 de enero del 2015. Sus seis capítulos parecen haber sido guionados por Franz Kafka (1883 – 1924), para luego ser transformados en un documental por la plataforma Netflix. Su trama, sinuosa y gris, llena de discrepancias entre los participantes y con pretensiones de una película de espías, parece más propia de un film norteamericano convencional, sino estuviese basada sobre el irresuelto crimen terrorista de la AMIA y el posterior fallecimiento de su investigador principal, Alberto Nisman. 

La primera reflexión que surge de la miniserie, es que la falta de resultados en la determinación de quienes fueron los autores materiales e intelectuales del atentado, y en su posterior captura, enjuiciamiento y prisión, no corresponden a un solo gobierno. Si se hace un raconto serio, pasaron, desde el hecho a la fecha, las presidencias de Carlos Menem, Fernando De la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Fernández y Mauricio Macri. Y si hubiese que cargar las tintas sobre alguno de ellos, la administración Menem, que gobernó durante los sucesos y los cinco años posteriores, tuvo más chances de llegar a la verdad. El paso del tiempo enturbia el camino de la justicia, transformándolo en una senda de impunidad. La primera responsabilidad se encuentra allí. Luego, cada uno de los gobiernos hizo su parte en pos de la persecución de la justicia o del ocultamiento de la verdad de los sucesos. Balance que a su tiempo hará la historia. 

En segundo lugar, el documental trae nuevamente a la luz, los resabios de conspiración, espionaje, operaciones al margen de la ley, extorsiones y criminalidad de algunos sectores de la fuerzas de seguridad. Fuerzas que todavía no han sido depuradas totalmente de sus vicios, hijos de la denominada “guerra sucia” de los años ´70 y comienzos de los ´80. 

En tercer lugar, se observan claramente los bolsones de corrupción que existen dentro de la justicia federal, más motivada por la política y sus vaivenes que por la búsqueda de la verdad. Cuando la justicia es lenta por incapacidad, cálculo político o corrupción, la vida y la libertad de las personas corre peligro de modo permanente. 

En cuarto lugar, el periodismo que abordó en forma amarillista un hecho, la muerte de un fiscal que investigaba la causa más importante del país, que por su envergadura exigía profesionalismo, buen criterio y concentración en los hechos, debe reflexionar sobre su condición de cuarto poder y pieza clave en la generación de información, a partir de la cual los ciudadanos y ciudadanas conforman sus puntos de vista. Una República sin periodismo independiente, que no significa “sin opinión”, es una República de baja intensidad. Un país con prensa efectista y cultora de la pos verdad, contribuye al deterioro de la sociedad civil. 

En quinto lugar, la utilización política de la muerte de Alberto Nisman, con fines electorales o para desprestigiar a los opositores circunstanciales, devalúa y empequeñece el debate político, además de desviar la atención entorno a las razones de su desaparición física. 

Luego de 37 años de vida democrática, la Argentina debe resolver todavía los graves problemas que se encuentran en su aparato judicial y en sus fuerzas de seguridad e inteligencia. Precisamente los ámbitos del Estado que deben proteger nuestros derechos más básicos: nuestra vida y nuestra libertad. La muerte del fiscal Nisman y la trama que lo rodea, son una muestra elocuente de esa irresolución y un recordatorio de otras de las graves deudas que tiene la vida pública de nuestro país.