Claro, Reta y Orense

Claromecó: cien años construyendo

Trajo el primer médico, y El Farolito

12|01|20 18:47 hs.

A raíz del centenario de Claromecó, muchas son las historias dignas de contar para conocer cómo era y como fue creciendo el lugar que eligen tantos residentes y veraneantes. Julio Victor González se instaló en el año 1950 donde puso una tienda grande, aproximadamente donde ahora es Casa Chedrese. Ese fue el comienzo de una larga lista de cosas que impulsó para este lugar. Aseguran sus hijos, que el lazo con esta tierra sigue intacto. 


Ana Luisa y Julio Roberto son los hijos de Julio Víctor González y Luisa Rucci, quienes pasaron gran parte de su infancia en el Claromecó de hace tanto tiempo “del lado de la calle 26 hacia abajo, era todo campo. Cazábamos perdices”, aseguran mientras ríen comparando con lo que hoy es esa zona, y lo que ha crecido. Su padre, fue uno de los primeros pobladores del lugar dando origen a una sucursal de Casa Aduriz, que llamó “Tienda Claromeco”. Un espacio de encuentro, con el tocadiscos siempre prendido, en el que “nadie compraba nada pero se llenaba, porque no había otra cosa”; allí ofrecían desde prendas de vestir hasta electrodomésticos. “Todo se lo daban desde la sucursal de Tres Arroyos, en consignación”, aseguran. 



Junto a su reciente esposa y luego sus hijos decidieron emprender una vida en esta villa balnearia apostando a un lugar que todavía, era muy poco. “Calles de tierra, se cortaba la luz a las doce de la noche y no había absolutamente nada”, cuentan ellos mientras piensan que fueron muy aventureros al decidir vivir en un lugar inhóspito; la ruta a Tres Arroyos no estaba formada aún y eran caminos de tierra, en los que los pocos autos que había muchas veces se encajaban. 

“Gonzalito”, como aún hoy deciden llamarlo quienes lo conocían, fue el creador junto a su compañero y amigo Carrozi del “Bar El Farolito”. Famoso aún hoy, el nombre lo adjudicó su esposa porque en la entrada había un farol; estaba ubicado en la misma cuadra de la tienda y ahí se concentraban los pescadores y muchachos del barrio, aseguran. “Se llenaba, se tomaba el vermút con los platitos de maní y almejas que sacamos de a baldes y luego se hacían en escabeche”. Con el correr de los años la sociedad se rompe, y Carrozi queda a cargo.

Abocado a Claromecó 
Julio Victor fue jefe de la estafeta postal mucho tiempo y a pesar de ser radical, debió seguir las indicaciones del General Perón: se puede ver en una foto entregando pan dulces, algo típico en aquella época. 



Cuando la UCR se divide, él ya completamente vinculado a Frondizzi, toma el lado de la UCRI y se convierte en delegado de Claromecó. A partir de allí, Gonzalito no paró de impulsar propuestas que ayudaran al crecimiento local. Ellos hablan de su padre desbordando orgullo, se apasionan por contar lo que él les trasmitió; menciona Roberto varias veces que “para mí lo más importante fue que trajo el primer médico” y sin duda lo fue. Brindarle a la población la posibilidad de atenderse en Claromecó sin necesidad de trasladarse a Tres Arroyos, fue un mérito difícil de igualar. Pero eso no fue todo, ya que el doctor Barbero estuvo viviendo en la casa familiar por seis meses, “ellos le daban de comer, lo hospedaban. Con tal de que no se fuera, cualquier cosa”, aseguran. 



Siempre pensando en el bienestar de la población, impulsó la puesta en marcha de los baños públicos que aún hoy funcionan y la Colonia de Vacaciones Felix Larsen; “él era de gestionar siempre y en conjunto con un senador amigo tomaba los recursos propios para crear cosas”, Julio Victor no cobraba por la delegación, lo que implicaba estar utilizando la recaudación de la tienda para estos fines. 

En sus últimos años, fue tesorero de la Cooperativa Eléctrica; jubilado con un sueldo mínimo y fallece muy joven, a los 56 años. 



El apellido es parte de la historia de Claromecó, lo recuerdan por lo que hizo pero por sobre todo lo que fue en materia humana. Siempre estaba cuando lo necesitaban y ellos, emocionados aseguran que es un orgullo pertenecer a la familia, y que “te paren en la calle después de tanto tiempo, sin conocerte, y digan siempre cosas buenas”. 

Si bien Claromecó conserva parte de sus construcciones antiguas, con sus espacios tranquilos y pequeños, ambos coinciden en que falta información sobre la historia, datos que inviten a conocer la tradición y creación del lugar que elegimos visitar. Indicaciones de las casas que fueron importantes, espacios que “deberían ser patrimonio cultural”. Así se construye la historia de una localidad, recordando lo que hicieron en pos del crecimiento y el bienestar de quienes lo disfrutaban y aún hoy, lo siguen haciendo.