Opinión

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Lo aniñado de la vejez

26|01|20 11:29 hs.

Por Jorgelina Ouwerkerk

Mis días transcurren tranquilos, casi sin penas ni glorias. Bueno, sin penas no. 

A mis amigas del barrio no las veo hace mucho. Tal vez ni sepan que mis hijos me trajeron a vivir acá. 

Se me olvidó un día la hornalla abierta de la cocina. No la encendí, eso dice mi hija. Iba a tomar un té, pero creyendo que ya lo había tomado, me fui a acostar. Estaba oscureciendo. 

Mi hija vino a visitarme, no entiendo por qué a esa hora. Ella insiste que vino a la hora de siempre, a la mañana. Que era un día de tremendo temporal. 

Yo me resisto a creer lo que dice. ¡Si estaba oscureciendo! Me quiere convencer de que no puedo vivir más sola; que estoy muy delgada, que seguro ni me alimento bien… 

…….. 

Es de noche. 

Este lugar no sé qué es. 

Me despierto porque alguien se queja: 
-¡Ay! ¡Ay! ¡Aaaay! 

Se acerca una jovencita vestida de blanco, que no sé si es maestra o qué. Revisa debajo de la sábana de la persona que sufre. 

-¿Qué es este lugar?- pregunto. 

Me mira, se ríe. No me contesta, y se va. 

No me siento bien, pero la cama está cómoda, y como no me echa, me quedo. ¿A dónde voy a ir si ni siquiera sé dónde estoy? 

Me cuesta dormir, porque alguien en la cama de al lado se queja mucho: 

-¡Ay! ¡Ay! ¡Aaaay! 

Me acerco y pregunto si le puedo ayudar, pero no me contesta. Tiene los ojos tristes, y repite con voz lastímera y monótona “ay ay aaaay…ay ay aaaay”

Necesito ir al baño. Salgo al pasillo pero no sé a dónde dirigirme. Camino hacia la luz sosteniéndome de unas barras frías que hay en la pared. La verdad, me vienen bien porque entre que está un poco oscuro y que yo tengo estas piernas flacuchas que a veces se me aflojan… Cuando llego al lugar iluminado, hay alguien que no sé si es maestra o qué… 

¿Qué hace una maestra aquí, de noche? ¿Será que estoy en el colegio de pupilos del campo? 

-¿Qué necesitas mamita? -me pregunta. 

-Yo no soy tu mamá- es lo primero que me sale decir. 

-¡Vamos, vamos a la cama! ¡Tomá esta pastillita! 

Me lleva, apurada, a la habitación donde alguien, no sé quién es, grita y se queja: 

-¡Ay! ¡Ay! ¡Aaaaay! 

Creo que me duermo pronto. A la mañana, cuando despierto, no sé dónde estoy, pero tengo mucho frío. Mi cama está mojada, no sé por qué… 

-¡Qué trabajo das mami! ¡Otra vez cambio de sábanas! ¿Cómo hacemos con el colchón? ¡Encima hoy llueve! ¡Vamos, vamos! ¡Apurate que no estás vos sola acá! ¡Dale! 

Me llevan, me apuran, me sacan la ropa mientras me dicen “mami, mami”. No son mis hijas. Yo no las conozco pero me desnudan. Y la verdad, me da mucha vergüenza. Nunca me ha gustado desnudarme frente a otras personas; eso lo sé bien.

¡Si hasta con el Pancho me costaba! El Pancho… El Pancho… 

-¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¿Por qué me miran así? ¡Cuando venga mi mamá a buscarme le voy a contar! 

Se ríen y murmuran entre ellas. 
-¡Vamos mami! ¡Dale que encima te vas a quedar sin desayuno si seguís dando trabajo!.