Opinión

EDITORIAL

Rugby

26|01|20 12:00 hs.

Resulta inverosímil y hasta fantasioso, explicar racionalmente que un evento deportivo como el Seven de Rugby que se llevó a cabo en Claromecó, el pasado fin de semana, pueda ser una incubadora de potenciales violentos o violentas (participaron también equipos de mujeres) que en el futuro cercano o lejano, pueden llegar al crimen actuando en “manada”. Se podrían enumerar otros encuentros deportivos de este estilo en nuestra ciudad y en otras de la zona, que desmontarían de un plumazo la asociación entre este deporte y la violencia social. Pero no es objeto de esta columna editorial realizar una defensa cerrada de este deporte ni de ningún otro. También existieron futbolistas que hacían apuestas ilegales y abusaron de menores, aficionados al tenis que llevaron adelante el terrorismo de Estado (Emilio Massera, sin ir más lejos), boxeadores femicidas y la lista sería larga. Los cultores y las cultoras de esas disciplinas, actuales y anteriores, no tienen nada que ver con ellos y menos con sus actos delictivos. Realizar una asociación de este tipo, es utilizar una lógica injusta. 


La naturaleza del crimen, lo que lleva a una persona a cometerlo, los factores sociales que la influyen o condicionan y todo lo relacionado con él, desde Cesare Lombroso (1835 -1909) hasta acá, al menos, conforman una discusión compleja, propia de especialistas en criminología, psicología, sociología y antropología, por señalar algunas de las disciplinas involucradas. Sin mencionar las cuestiones de finanzas públicas asociadas al tema, las referidas al sistema judicial y al educativo, por mencionar otros aspectos centrales vinculados a esta cuestión. Una complejidad filosófica y material, que constituye uno de los dilemas esenciales de la sociedad humana, dado que involucra derechos fundamentales: la libertad y su posible privación, en caso de una condena judicial firme; y la vida, en caso de su supresión, a causa de un delito. No es algo superficial, huelga decirlo. 

Hasta hace un tiempo era, en el caso argentino, un ejemplo de canto apasionado del Himno Nacional, de entrega al juego y amor a la camiseta


Los medios frivolizamos el dolor de la familia Báez repitiendo al infinitum imágenes de acciones de patovicas y de peleas en veredas, banalizando situaciones que corresponden al ámbito privado, concluyendo sin elementos, prejuzgando y realizando asociaciones entre un deporte y la delincuencia, sin las estadísticas básicas adecuadas y sin los instrumentos conceptuales necesarios. Y luego, cuando la noticia no entretenga más, pasaremos a otro tema, sin ni siquiera calibrar el tamaño de los daños dejados tras la multitud de notas de opinión, horas de filmación y de panelistas estrellas. 

La materia de la semana fue el rugby, un deporte asociado tradicionalmente a las elites (recorriendo los clubes del interior este preconcepto se derrumba instantáneamente), de reglas complejas y extremadamente estrictas, un deporte con mucho contacto físico y de un respeto casi religioso al arbitraje. Hasta hace un tiempo era, en el caso argentino, un ejemplo de canto apasionado del Himno Nacional, de entrega al juego y amor a la camiseta. 

Hoy, pareciera ser el principal formador de unos cobardes patoteros que participaron en la golpiza, que ocasionó la muerte de un indefenso joven en Villa Gesell. Así de contradictorio es el periodismo cuando sólo quiere captar y mantener la atención del público, en muchas oportunidades, a cualquier precio. El deporte es fundamental en la formación de la personalidad, incluye, nos obliga a salir de nosotros mismos, para ir al encuentro de otros, fortalece comunidades y a veces les da una identidad común. Mandela y el Mundial de Rugby de 1995, es un ejemplo elocuente en el mundo, al hacer de un deporte un instrumento de lucha contra el apartheid; Los Espartanos y su esfuerzo en la reinserción y no reincidencia de ex presos de máxima seguridad en nuestro país, también. 

El deporte acerca a las familias, sostiene barrios, tiende puentes, educa. Nos acerca nueva y constantemente al espíritu lúdico, primordial y esencial de los seres humanos, que de grandes no queremos soltar, y, de allí, la proliferación de disciplinas que incluyen la división veterana. Y si esto fuese insuficiente, y es un signo más de lo que puede generar en su mejor versión, borra toda división de género. Cada día más mujeres practican disciplinas tradicionalmente pensadas para hombres, cada día más, personas consideradas miembros de minorías son árbitros, directores técnicos, dirigentes, en ámbitos antes hostiles y cerrados para ellas. La democracia crece en derechos y el deporte acompaña, convirtiendo las leyes en realidades humanas y plurales, cotidianamente. 

Los deportes, el rugby incluido, enseñan a vivir. Devuelven a sus practicantes y espectadores, en muchas oportunidades, la ilusión que la realidad les niega. La patota cultiva y enaltece la cobardía. Y, lamentablemente, llega al crimen. Los y las deportistas de todas las edades, géneros, preferencias sexuales y condición social, enaltecen nuestras mejores cualidades como especie. Celebran la vida.