Opinión

Por María Cristina García (primera parte)

Vivencias sobre la memoria

27|01|20 12:37 hs.

¿Cómo debe interpretar mi generación la información que recibimos sobre los horrores del exterminio de los judíos? 


No podemos aspirar a comprender lo que en sí, es incomprensible, ni tenemos el derecho a comparar lo que en sí ,es incomparable. Pero desde que conocí en la adolescencia la solución final me propuse asumir ese horror como algo ante lo que no se puede enmudecer, presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad. 

Y esa convicción me permite compartir algunas vivencias que el azar o la vida me regalo y que valoro especialmente. 

Después del atentado a la Embajada de Israel en 1992 y a la AMIA en 1994, visité el monumento al Holocausto en setiembre del 95 en Miami. Un lugar al que llegué con mi familia, por indicación de un conserje cubano. Transitamos en total silencio, un corredor con imágenes indescriptibles, luego un túnel donde se escuchaba música hebrea, y en el centro una enorme mano de bronce que se eleva al cielo, con el número tatuado que significaba casi siempre una muerte lenta. 

Recuerdo también una mañana de junio de 1994, la proyección de la Lista de Schindler, y el silencio de la sala, junto a 300 alumnos del Secundario. 

Más cerca en el tiempo, tuve la posibilidad de conocer Praga, la ciudad más hermosa de Europa, que no sufrió el ataque nazi por decisión de Hitler, de convertirla al final de la guerra, que pensaba ganar , en capital de su imperio. 

Nuevamente, la historia se me reveló con intensidad en el barrio judío de Praga , el Josefov. El gobierno en 1893 decidió cancelar el viejo ghetto y arrasó con todos sus edificios , solo se salvaron hasta hoy seis sinagogas, el municipio y el cementerio judío. Después de recorrer la última sinagoga desconsagrada, que expone permanentemente las tradiciones y los ritos hebreos, llegué al cementerio que data del siglo XV. Rápidamente el espacio fue insuficiente para acoger nuevas tumbas y dada la imposibilidad religiosa de trasladar las viejas a otro lugar, la solución fue superponer los ataúdes y hoy existen allí 12.000 lapidas catalogadas. 

Caminé en silencio como todos los visitantes por un estrecho sendero a la sombra de altos saucos, bajo una tenue llovizna y agradecí habitar desde el corazón ese lugar. Recordé también el macabro plan de Hitler de conservar el viejo ghetto de Praga, como un exótico museo de una raza extinguida. 

Pero no hay olvido para los genocidas y en abril del 2008, tuve la oportunidad en el Colegio San Francisco de Bahía Blanca, de escuchar a uno de los sobrevivientes de Auschwitz. David Galante de 83 años. Su testimonio narrado con dolor y fuerza lo escuchamos avergonzados. De que la cultura occidental y cristiana a la que pertenecemos hubiese engendrado Auschwitz, porque el Holocausto atentó contra la humanidad toda. 

Terminó su charla David diciendo: Nunca olviden lo que sucedió, porque olvidar es volver a matar. 

Después conversé un rato con David y le agradecí haber abierto su corazón desgarrado, y especialmente a adolescentes. 

En setiembre del 2016 conocí Berlín. Es todo reconstrucción, es historia reconstruida, y con las contradicciones que todos tenemos frente al dolor, tomé el tren junto a unos tucumanos hacia Oranieburg, la estación a 20 minutos del campo de concentración más cercano a Berlín, Sachsenhausen. 

Bajamos del tren y caminamos hacia Sachsenhausen, una fábrica de cerveza abandonada que en 1936 comenzó a funcionar como campo de prisioneros hasta 1945. 

Por allí pasaron y vivieron 200.000 presos. En agosto de 1945, terminada la guerra, los soviéticos liberaron algo más de 3000 enfermos y médicos. 

Después, Europa liberada del nazismo, el servicio secreto soviético trasladó su campo especial número 7 a Sachsenhausen. 

Allí hasta 1950 se mantuvieron presos a funcionarios de bajo rango nazi, a algunos perseguidos políticos y también personas detenidas arbitrariamente. 

Este campo especial se convirtió en el más grande de la zona de ocupación soviética hasta que fue desmantelado en 1950. Durante los 5 años en manos de la URSS, pasaron 60.000 prisioneros y 12.000 no salieron con vida. Desde 1961, Sachsenhausen es un lugar de evocación.

¿Qué vi allí? Desolación 
Recorrí los barracones donde los SS hacinaron a los prisioneros, hornos crematorios, paredón de fusilamiento, sanitarios en indignas condiciones de higiene que nunca hubiese imaginado, la enfermería donde se esterilizaba, se hacían experimentos médicos y se asesinaba a internos. Allí no se permite sacar fotos, por respeto a los que murieron. 

Y los patios inmensos donde se formaban los prisioneros al amanecer bajo condiciones de frio extremo, por horas y horas. A veces para escuchar la arenga nazi… 

Tuvimos media hora para transitar libremente por el campo, y allí se siente el silencio. Se recorre en silencio y pocos hablan entre sí. El guía español nos relataba los hechos más inhumanos, con la emoción primera. Imposible habituarse a ese horror.

Regresamos a la estación que nos llevaría a Berlín, recorriendo el pueblo de Oranienburg, que proveía personal para el funcionamiento del campo. Es un pueblo de casas prolijas, con jardines y flores, nada hace pensar que muy próximo de allí se escribió parte del Holocausto. Primo Levi, escritor italiano de ascendencia judía, nació en Turín en 1919 y se graduó de químico en la Universidad de Turín en 1941. 

Tiempo después se unió a la resistencia antifascista, pero en 1943 fue denunciado y enviado a Auschwitz . Allí trabajó en una fábrica de productos químicos y pudo sobrevivir al hambre, al mal trato y a una escarlatina. 

Ingresó en febrero de 1944 y fue liberado el 27 de enero de 1945 por el ejército ruso. El 26 de enero, un día antes de la liberación, Levi escribe: Estamos solos, abandonados en un universo de muertos. 

En su libro “Si esto es un hombre”, Primo Levi hace la crónica del 27 de enero de 1945, día de la liberación. 

27 de enero: El alba. En el suelo, el infame revoltijo de miembros secos, la cosa Somogyi (químico húngaro que murió esa noche de tifus y escarlatina). 

Hay trabajos más urgentes: no podemos lavarnos, no podemos tocarlo, hasta después de haber cocinado y comido. Y además… dice Charles, hay que vaciar la letrina. Los vivos son más exigentes, los muertos pueden esperar. Nos ponemos a trabajar como todos los días. 

Los rusos llegaron mientras Charles y yo llevábamos a Somogyi cerca de allí. Pesaba muy poco. Volcamos la camilla en la nieve gris. Charles se quitó la gorra. Yo sentí no tener gorra.

De los once de la Infektionsabteilung, fue Somogyi el único que murió en los 10 días, Sertelet, Cagnolati, Lakmamaker y Dorget murieron unas semanas más tarde en la enfermería rusa provisional de Auschwitz. Con otros me encontré meses después en Katowice. 

Con Charles, que volvió a su profesión de maestro, nos hemos escrito largas cartas y espero volverlo a ver algún dia (1). 

El libro citado fue escrito en 1947, pero la editorial no quiso editarlo. Se editó en 1956 y desde ese momento no dejó de reeditarse. En 1976, un periodista le pregunta a Primo Levi si volvió a Auschwitz, después de la liberación. 

Volví en 1965. No me ha impresionado mucho visitar el Campo Central, el gobierno polaco lo ha transformado en una especie de monumento nacional, los barracones han sido limpiados y pintados, han plantado árboles, diseñado canteros. Hay un museo en el que se exponen miserables trofeos; toneladas de cabellos humanos, centenares de miles de gafas, peines, brochas de afeitar, muñecas, zapatos de niños, pero no deja de ser un museo estático, ordenado, manipulado.

He sentido una angustia violenta en cambio, al entrar en el Lager de Birkenau, que nunca había visto como prisionero. Aquí nada cambió, había barro y sigue habiendo barro o en verano, un polvo que sofoca, los barracones están tal cual, bajos, sucios, hechos de tablones mal ensamblados y con el suelo de tierra apisonada, no hay literas, sino tableros de maderas desnuda, hasta el techo. Aquí nada ha sido embellecido (2).

Por ello meditar sobre lo que pasó es deber de todos. Todos deben saber o recordar, que tanto a Hitler como a Mussolini, cuando hablaban en público, se les creía, se los aplaudía, se los admiraba, se los adoraba como dioses. Eran jefes carismáticos, poseían un secreto poder de seducción, que no nacía de la credibilidad o de la verdad de lo que decían, sino del modo sugestivo con que lo decían, de su arte histriónico, quizás pacientemente ejercitado y aprendido. De allí al fanatismo sólo hay un paso. 

Hay verdades más modestas y menos entusiasmantes, las que se conquistan con trabajo, poco a poco y sin atajos, por el estudio, la discusión, el razonamiento… que nos alejarán de nuevos fascismos, de nuevas intolerancias, prepotencia y servidumbre. Y transitar la libertad, que hace a la dignidad de ser hombre, es una tarea que no cesa jamás.

- (1) y (2) Primo Levi ¨Si esto es un hombre¨. Editorial Ariel 2014