Uno de los vagones en los que eran transportados los judíos sobre las vías de Birkenau

Opinión

Por María Cristina García (segunda parte)

A 75 años de la liberación de Auschwitz

04|02|20 17:03 hs.


Hace unos años el escritor de origen francés (nacionalizado estadounidense), George Steiner se preguntaba: ¿cómo es posible interpretar a Schubert por la noche, leer a Rilke por la mañana y torturar al mediodía? 

¿Qué ha sucedido? ¿por qué sucedió? ¿Cómo ha podido suceder?...

¿Por qué un país de grandes filósofos y científicos pudo ser dominado por un hombre mediocre? 

¿Cuáles eran las condiciones sociales y las sensibilidades mentales del pueblo alemán que permitieron el Nazismo? 

En 2012 el Museo de Historia de Berlín debatió sobre el tema, y lo organizó sobre dos tesis:

La primera es que Hitler no era una persona con cualidades personales demasiado excepcionales, o un líder innato que encandiló al pueblo alemán gracias a sus virtudes, sino un emergente de ese pueblo, que tuvo la habilidad de aglutinar y poner tras si sus voluntades, ideas, expectativas, pero también prejuicios y frustraciones prevalecientes en grandes sectores de la sociedad alemana de entonces.

La segunda tesis es que tanto el ascenso de Hitler al poder, como su permanencia en él y el éxito de sus políticas no hubieran sido posibles, sin el acompañamiento de la inmensa mayoría del pueblo alemán, que fue expresado de distintas formas, que iban desde el fanatismo hasta el consenso pasivo, pasando por entusiasmos más o menos moderados. 

Erich From dedicó en El miedo a la libertad un capitulo para analizar la “psicología del nazismo” y allí afirma que: una parte de la población se inició en el régimen nazi, sin presentar muchas resistencias, pero también sin transformarse en admiradora de la ideología y la práctica política Nazi. 

En cambio, otra parte del pueblo se sintió hondamente atraída por esta ideología, vinculándose de una manera fanática a sus apóstoles, las capas inferiores de la clase media, compuesta por pequeños comerciantes, artesanos y empleados, acogieron con gran entusiasmo la ideología nazi. Especialmente sus hijos tomaron una parte activa en la lucha. 

La ideología nazi, con su espíritu de obediencia ciega al líder, su odio a las minorías raciales y políticas, sus apetitos de conquista y dominación, y su exaltación del pueblo alemán y de la raza nórdica, ejerció en estos jóvenes una atracción emocional poderosa, los ganó para la causa y los transformó en luchadores y creyentes apasionados. (1)

El nazismo educó a los adolescentes y jóvenes alemanes en orden a construir “seres superiores” que pudieran realizar el sueño imperialista del Fuhrer. En “Mi lucha”, Hitler afirma que la educación y el desarrollo de los alumnos deben dirigirse a proporcionarle la convicción de ser absolutamente superiores a los demás. 

El 9 de mayo de 1933 el ministro del interior Willheilm Frick decretó que la enseñanza objetiva de la historia es una falacia del liberalismo y estableció que la educación debía regirse por los siguientes principios: 

- La vida es una lucha constante donde la raza y la sangre son primordiales. 

- El valor del sacrificio por un fin superior. 

- Admiración por el liderazgo del Fuhrer y el odio a los enemigos de Alemania. 

En el siglo XX el stalinismo y el nazismo fueron variantes perfeccionadas del totalitarismo, ambas exacerbaron la represión y sustentaron su permanencia en el poder mediante la persecución criminal y la pasividad de la gente, “esa horrible apatía que produjo -señala Hanna Arendt- el indiscriminado terror contra personas inocentes”. 

Stalin lo hizo con una aceitada “cadena de denuncias” y Hitler con la denominada “industria de la muerte”. (2) 

En ambos casos, el método incluía la anulación de los hombres y su transformación en seres superfluos. 

Pero la maldad no fue patrimonio exclusivo de los nazis y el cine también lo reflejó en múltiples oportunidades. 

En 2008, la película de Max Faberbock titulada “Anónima. Una mujer en Berlín”, narra la historia del Ejército Rojo cuando el 26 de abril de 1945 ocupo Berlín y desató una ola de violaciones de mujeres alemanas, Berlín es un burdel, exclama eufórico un soldado ruso. 

El episodio se silenció durante muchos años, dentro y fuera del país, si bien el film ocupa el periodo que va del 26 de abril y el 22 de junio de 1945, las violaciones continuaron hasta 1949. 

He intentado encontrar las respuestas a las preguntas que hice al comenzar esta publicación, algunas se encuentran en la historia, otras en la sociología, otras en la psicología, y en la política fundamentalmente. 

Pero ello seguramente no alcanza, sólo podemos llegar a retazos de verdad de lo que fue ese horror. Lo que estoy convencida, es que no podemos ignorarlo y ser indiferentes, cualquiera sea nuestra posición política. 

Y sí puedo sostener que la lectura y la escucha de los testimonios de aquellos que sobrevivieron al Holocausto superan toda explicación teórica. 

Marceline Loridan-Ivens, a los 86 años escribió “Y tu no regresaste”. Allí leo: 

“Tu podrás regresar, porque eras joven, pero yo ya no volveré”. 

Esta simple frase, que Marceline oyó de boca de su padre cuando eran deportados en el mismo tren al Campo de Auschwitz-Birkenau en abril de 1943, quedó grabada en su memoria para siempre y es el origen de este relato extraordinario. 

Sigo su relato: “Hubo aquel día que nos cruzamos. Mi comando había sido enviado a picar piedras, a remolcar vagonetas y cavar zanjas a lo largo de la nueva carretera que llevaba al crematorio cinco, marchábamos como siempre en fila de a cinco, eran más o menos las seis de la tarde (…….) Yo me arrojé a tus brazos, me arrojé con todo mi ser, ¡estabas vivo! ¡Me sentía tan feliz de verte! Habíamos recuperado nuestros sentidos, el tacto, el cuerpo querido; aquel instante nos costaría caro, lo interrumpió el grito de un SS, me golpeó, me trató de puta, porque las mujeres no debían comunicarse con los hombres. ¡Es mi hija! Gritabas tú, sosteniéndome todavía. Los dos estábamos vivos .Tu razonamiento no se sostenía, allí la edad no significaba nada, no existía ninguna lógica en el campo. Yo tuve el tiempo justo de decirte el número de mi barracón, el 27 B. 

Me desmayé debido a los golpes, y cuando recobré el sentido no estabas allí, pero tenía en mi mano, un tomate y una cebolla, que me habías pasado con disimulo, seguramente tu almuerzo, lo escondí enseguida. ¿Cómo era posible? Un tomate y una cebolla restablecían todo, yo era de 
nuevo la niña y tú el padre, el protector, quien traía la comida, la sombra de aquel empresario que hacía prendas de punto en su fábrica de Nancy. 

No sé cuánto tiempo después me hiciste llegar un mensaje (…..) Tu carta también llego demasiado tarde. Probablemente me hablaba de esperanza y de amor, pero ya no había humanidad en mí, yo había matado a la muchachita de 15 años, yo cavaba al lado de las cámaras de gas, cada uno de mis gestos negaba y enterraba tus palabras. Tus palabras se fueron, me resbalaron, incluso habiéndolas leído varias veces. Me hablaban de un mundo que ya no era el mío. Era necesario que la memoria se desmigajara, si no, no habría podido vivir. 

Tengo 86 años, el doble de la edad que tu tenías al morir. Hoy soy una señora vieja. No tengo miedo a morir. Soy una de las 160 que todavía viven de entre los 2500 que regresaron. Fuimos 76.500 los judíos de Francia que partimos hacia Auschwitz- Birkenau. Seis millones y medio murieron en los campos. 

Una vez al mes ceno con amigos supervivientes, sabemos reírnos incluso del campo, juntos y a nuestra manera. 

Y también me encuentro con Simone, ahora Simon Veil ha sido una mujer importante, ministra en Francia, pero aún acumula cucharillas sin valor para no tener que beberse a lengüetadas la horrible sopa de Birkenau. 

Si todo el mundo supiera hasta qué punto el campo permanece en nosotros…. Lo llevamos todos en la cabeza y hasta la muerte. (3) 

La poesía siempre nos ayuda a transitar el dolor, escuchemos a Primo Levi: 

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas 
Los que os encontráis, al volver por la tarde, 
La comida caliente y los rostros amigos, 
Considerad si es un hombre 
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz 
Quien lucha por la mitad de un panecillo 
Quien muere por un sí o por un no. 
Considerad si es una mujer 
Quien no tiene cabellos ni nombre 
Ni fuerzas para recordarlo 
Vacía la mirada y frío el regazo 
Pensad que esto ha sucedido 

Referencias
(1) From, Erich, “El miedo a la libertad” Paidós. 2007 
(2) Arendt, Hannah, Los orígenes del totalitarismo. Madrir.Taurus.1999. 
(3) Marceline Loridan-Ivens “Y tú no regresaste”. Ediciones Salamandra. 2015