María del Carmen Clak en la puerta del Bar Yo-Yo, nombre que surgió como apodo suyo (M. Hut)

Sociales

María del Cármen Clak, "Yo-Yo"

El bar de Yo-Yo

23|02|20 09:30 hs.

Por Valentina Pereyra


“Este bar vive desde 1943”, afirma eufórica su dueña mientras alza los brazos en señal de alabanza y repite la frase para el deleite de los parroquianos que la miran con enorme respeto. 

María del Carmen Clak es Yo-Yo, sobrenombre que le puso su papá en alusión a su juguete preferido. Nació en Tres Arroyos, el 15 de febrero de 1943 en una casa que estaba haciendo cruz con el antiguo edificio de Liniers y Reconquista. Ese mismo año se inauguró el bar que tenía un enorme salón al frente y atrás la casa en la que vivían Tomás “El Paisano” Clak, Lila Micheli -su esposa- y las hijas del matrimonio: Gladys y Yo-Yo que nacieron el mismo día con cinco años de diferencia. 

En Liniers 202 el edificio de ladrillos visto y puerta de madera luce en sus paredes superiores un cartel en el que letras borrosas y descoloridas anuncian que allí funciona el Bar Yo Yo. Otras letras más brillantes y modernas hechas con papel de contacto forman la palabra “pool” sobre el vidrio lateral de la puerta principal. La enorme mesa que justifica el anuncio está en el centro de la sala, la madera reluce al impactar con la luz del sol, el paño verde impecable permite que las bolas de brillantes colores se deslicen con facilidad al golpe de los palos. Está emplazada en el mismo lugar en el que dos billares hicieron vibrar muchos corazones cada vez que había alguna competencia. 

De otro tiempo 
Los mazos de cartas reposan ansiosos adentro de unos cacharros antiguos que con el paso del tiempo pierden esmaltado y ganan historias. Esperan sobre las mesas redondas que empiece el juego y se sucedan una tras otra las manos que consagrarán a algún ganador de conga. Al lado, otras mesas cuadradas más pequeñas y altas sostienen ceniceros metálicos que brillan listos para recibir las colillas de los cigarrillos de la clientela. 


fotos Marianela Hut


Del altísimo techo se descuelgan dos lámparas rectangulares con varios fluorescentes adentro, una de ellas está bien centrada sobre la mesa de pool, mientras que la otra testifica que allí hubo un espléndido billar que ya no está. Yo-Yo y su mamá solían viajar juntas a Buenos Aires para comprar el hermoso paño verde por el que corrían las bolas que también traían desde la capital. 

“Se toman todas las bebidas que están en el aparador, muchas ya no existen, antes no había tragos y en ese momento no se usaba el fernet con coca” 


El mostrador, la heladera de madera con seis enormes puertas pesadas con herrajes y manijas de metal plateado, las estanterías, verdadero muestrario de botellas de ginebra Bols, anís 8 Hermanos, añejo Doble-V, cañas de durazno y quemada Padilla, quemada y quemaíta Ombú, vinos espumantes Robino, Nebiolo y Gamba di Pernice, licores Cusenier y Bols, whisky’s Premium y Old Smuggler, Caña 39º Especial, champagne Duc de Saint Remy, Asti Gancia, decoran la nostalgia. 


fotos Marianela Hut


Yo-Yo señala la estantería en la que botellas con etiquetas amarillentas se convierten en las reliquias del lugar y cuenta que “se toman todas las bebidas que están en el aparador, muchas ya no existen, antes no había tragos y en ese momento no se usaba el fernet con coca. Cuando lo empecé a hacer recuerdo que tenía una gran habilidad, ponía siete vasos en hilera y los servía todos al mismo tiempo con gran ligereza. Este trago y que yo estuviera atrás del mostrador acercó al bar a muchas chicas que venían con una pinta y una presencia bárbara”. 

Anécdotas 
Yo-Yo busca la heladera de seis puertas que encuentra sobre una pared lateral. “Antes estaba detrás del mostrador y siempre completa de cervezas frías, mientras que en las puertas del medio había vasos que colocábamos boca abajo sobre un paño blanco para que estén bien helados. Las copas y cervezas se servían heladas”.

“Mi papá atendía el bar, fue su primer bolichero, un hombre con mucho genio, de mucho carácter, igual que yo”, relata Yo-Yo de pie en el centro del bar que nunca cerró desde su apertura y siempre estuvo lleno de gente. “Ya no se ven bien las letras por tanta cantidad de años que pasaron, mi papá le puso mi sobrenombre”, cuenta Yo-Yo en medio de saludos que recibe de los habitués a medida que ingresan al salón.


María del Carmen Clak (Marianela Hut)


“Siempre estuvo en el mismo lugar, cuando faltó mi papá en 1995 mi mamá se hizo cargo de atenderlo hasta que se enfermó, fue cuando me puse yo atrás del mostrador”, explica Yo-Yo que tuvo por más de 30 años la boutique “Marilyn, igual que la Monroe”, en Maipú 59. 

“Siempre mi afición fue vender ropa, especialmente la hindú que es la ropa de mi adoración, venía desde el local para el bar a ayudar a limpiar, siempre caminando, para después volverme a la boutique”. Al enfermarse su madre Yo-Yo decidió cerrar su negocio y dedicarse a tiempo completo a su casa y al bar. 


fotos Marianela Hut


Vivir en el bar 
“El bar me encantó siempre, lo atiendo con adoración, la gente es buenísima, fui amiga de todos que me querían y me quieren”, cuenta Yo-Yo que era la encargada de baldear y limpiar todo el enorme lugar cuando cerraba a eso de las cinco de la mañana. “A mi papá no le toques la Yo-Yo, soy igual a él muy simpática, pero si te tengo que sacar del cogote te saco, algo que nunca pasó en el bar porque los clientes siempre fueron uno mejor que el otro”. 

Asegura que “lo más grande que me puede quedar son todos los recuerdos, siempre fui una persona muy bien recibida, estos muchachos son amigos y nos conocemos de toda la vida”.

“Soy muy feliz, fui una mujer muy feliz con el bar, con mis padres, con la gente. Es un verdadero bar al que se puede venir tranquilos, nadie se pelea, podés tomar, jugar, charlar y después ir tu casa. Me gusta ser la bolichera Yo-Yo” señala en el final.