Siempre un cenicero y dentro el mazo de cartas (Marianela Hut)

Sociales

Bar Yo-Yo

El barrio, los juegos y sus concurrentes

23|02|20 19:50 hs.

Yo-Yo es parte del barrio y éste de ella, basta que se asome a la puerta para que las vecinas que circulan por la cuadra le saluden con mucho cariño y ella devuelva del mismo modo ese afecto. “Esta gente es hermosa, son mis queridos vecinos de siempre, nací aquí y viví toda la vida con mis padres”. 


La envuelve un pequeño cuerpo de no más de 1,60 que mira a través del rostro enmarcado por el enmarañado cabello rubio de rulos naturales, “bien míos”, como dice Yo-Yo que confiesa ser coqueta. “Tengo un genio alegre y eso me ayudó a estar con los clientes. Siempre hubo gente buenísima, cuando estaban mis padres la puerta que daba a mi casa siempre estaba abierta e íbamos y veníamos para adentro sin que la gente tocara nada. Hoy voy al supermercado y me encuentro con muchas personas de aquella época o que me conocen del local de ropa y aunque me olvidé de sus caras todos me saludan y se alegran de verme”.


fotos Marianela Hut


Los campeonatos: el billar y la conga 
El Bar Yo-Yo está lleno de gente como en todos los tiempos desde que inauguró, ahora con un nuevo encargado, Santos Bianchi, “adoro a este bolichero que es una excelente persona, todos los que vienen al bar son personas de maravilla, siempre hubo mucha gente”, destaca. 

El bar era el lugar elegido para dos actividades por las que se apostaba fuerte: los campeonatos de billar y los de conga. Roberto Rivero que vivía a media cuadra del boliche por la calle Liniers deleitó con su arte con los palos y las bolas y se convirtió en un competidor de lujo. “Sabíamos que era muy bueno y que hacía unas carambolas espectaculares y mi mamá apostaba todo a él cuando competía con gente de afuera. Había tres mesas de timba y dos de billar, por eso, siempre era un mundo de gente cada vez que había un campeonato, más cuando competía nuestro pollo”. 

Yo-yo recuerda otro evento muy concurrido, “siempre hubo gente del barrio excelente, seleccionada, que venían a tomar, a jugar y ni un problema. En los torneos de conga se jugaba por mucha plata, todos jugadores de mucho efectivo, pero siempre fue un bar muy tranquilo”. 


Junto a Calandria, uno de los personajes del bar. Histórico habitante de la mesa que está junto a la ventana que da a calle Reconquista que le dicen La 14 “porque estábamos todos los chupines” recuerda



Junto a Juan Lantero, otro histórico del Yo-Yo (Marianela Hut)



Calandria y Juan Lantero, en "La 14" (Marianela Hut)


En medio del relato la mujer saluda a su gran amigo Héctor Luis cuyo nombre artístico es “Calandria” que se acerca y construye con ella la memoria del bar. “La mesa contra la ventana -dice el hombre alto, delgadísimo, con anteojos gruesos y sonrisa bonachona- la llamábamos ‘La 14’ porque estábamos todos los chupines”, cuenta y larga una alegre carcajada.  

Estudiar en el bar
La infancia de Yo-Yo y su hermana transcurrió dentro del bar. Allí realizaban todas sus tareas y cuando crecieron ayudaban en la atención de la clientela. El bar es enorme, los techos altísimos, las grandes ventanas no paraban el chiflete que durante su niñez se colaba gratis todos los inviernos. La casa familiar, separada del boliche por una puerta tenía dimensiones similares por lo que calefaccionarla era muy difícil y costoso. Los Clak eligieron mantener a buena temperatura el bar y por eso sus hijas se quedaban allí con ellos.


Pasado y presente. María del Carmen “Yo-Yo” Clak junto a Santos Bianchi, actual concesionario del bar (M. Hut)


“Cuando era chiquita estudiaba atrás del mostrador al lado de una estufa, calentita, porque el lugar era inmenso y en mi casa estaba helado porque había que tener calentito el bar”, recuerda Yo-Yo. La gente siempre fue muy amable con las niñas, pero la condición de bar atrajo la atención de las fuerzas de seguridad por la presencia de las pequeñas. “Venían los milicos y le decían a mi papá: ‘La piba no puede estar acá’. Entonces mi papá explicaba que yo estaba estudiando al lado de la estufa. Ante la insistencia de ellos mi padre los increpaba: ‘Bueno den la vuelta y si les parece sáquenla ustedes de ahí’”. 

La historia cuenta que Yo-Yo siguió estudiando al calor de la estufa y su papá evitó que se congelara en su casa donde no había calefacción, “la gente jamás me molestó y los milicos no podían hacerme nada”. 

Actualmente Yo-Yo casi no visita el bar, pasa sus días en la casa contigua al boliche, se ocupa de limpiar y hacer el jardín, lo que le da un bronceado muy moderno, además de cuidar a su perro manto negro. “Si Santos necesita algo me golpea la puerta porque nunca tuve timbre”. Comparte sus días con su pareja que tiene 55 años “es una persona excelente de la que no tengo palabras, un muchacho de calidad, con presencia, excelente persona que me ayudó mucho a cuidar a mi mamá”, destaca. 

“Me acuerdo estar desde chiquitita y toda la vida con mis padres que fueron y son lo más grande de mi vida, fuimos una familia muy unida, nunca nos faltó nada, al contrario”. 

La pequeña gran mujer demuestra su afecto y recibe muestras de cariño y respeto. Es Yo-Yo, es la bolichera.