Opinión

EDITORIAL

Una obra siempre inconclusa

23|02|20 19:37 hs.

El ambicioso, polémico y extravagante Sarmiento (1811-1888) tuvo, quizá, una de las más grandes iniciativas políticas en la historia de nuestro país. Un objetivo que se sustentaba en una realidad crítica: más de dos tercios de los habitantes (unos 1.800.000, medidos según el censo de 1868) de nuestra nación eran analfabetos, carecíamos de escuelas y docentes y la condición de ciudadanía era un privilegio para unos pocos, que, además, la ejercían mediante el fraude, en una práctica sistemática, dirigida desde la cúspide del poder público. 


La idea de Sarmiento era construir un sistema de educación pública sostenido desde el Estado cuyos objetivos eran confluyentes: conformar una República de ciudadanos; consolidar la autoridad del Estado en un mix de orden y libertad para terminar con la inestabilidad del tumultuoso siglo XIX, al que él también había contribuido con su impronta arrebatada y, en muchas ocasiones violenta, y cambiar la estructura de la pampa, transformándola en agrícola, eliminando de esta forma el latifundio y sus formas feudales, desarrollando pequeños y medianos productores, farmers, al estilo de la pujante máquina norteamericana que se puso en movimiento a mediados del mismo siglo en el que él vivió y que también tuvo oportunidad de visitar y admirar. 

Criticados sus arrebatos y su cólera, Sarmiento a su vez es elogiado porque produjo un enorme legado educativo para las generaciones que lo siguieron


Fue el primer presidente (Superintendente General se llamaba el cargo) del Consejo General de Educación, cuya obra seminal fue el impulso a la sanción de la Ley 1420 que consagró la educación primaria pública, gratuita y obligatoria. Luego de ella, la historia educativa del país siguió su curso con otras políticas que ampliaron derechos y democratizaron más la enseñanza en todos sus niveles, pero fue su inestabilidad congénita la que todavía hoy, convierte a los meses de febrero y marzo en un acertijo: ¿comenzarán las clases en tiempo y forma?

Los problemas que arrastra la enseñanza en la Argentina no son sólo salariales (con enormes desigualdades: hay ocho provincias en donde el salario mínimo inicial docente es de $20.000, mientras que en otras, como la provincia de Buenos Aires es de $ 26.700, Ciudad Autónoma de Buenos Aires $ 29.000 o Córdoba de $ 31.500), aunque es el más sensible. Se suma a este tema la existencia de una carrera docente “aplanada”, en donde las únicas variables de aumento de ingresos son la antigüedad, el cargo que se tenga o la cantidad de horas que se dicten clase. No hay un sistema que combine lo anterior con incentivos por más formación o con un esquema de evaluación de desempeño (tema siempre polémico, que no debería serlo). Se suman a esta realidad, los graves y vergonzosos problemas de infraestructura que dificultan la práctica docente, perturban el clima escolar (clave en la mejora del rendimiento) y ponen en riesgo la vida del personal y los estudiantes. 

Por otro lado, la sociedad ha naturalizado, por razones válidas y evidentes, a las escuelas como lugares en donde los niños y niñas asisten para alimentarse en sus comedores. Esta situación, producto de la ineficacia política de décadas ha desnaturalizado los objetivos de la educación y de los educadores, corriendo el eje de sus competencias y distorsionando su real función en el imaginario de millones de argentinos y argentinas que viven en situaciones de pobreza e indigencia. 

El problema educativo es grave. Se requiere, entonces, de una política presupuestaria consistente y bien administrada, que combata también con vigor los abusos dentro del sistema (superposición de cargos, abusos de licencias, incompatibilidades, entre otras prácticas reales). Se agrega a la gravedad y seriedad que requiere el abordaje de esta área sensible, una estrategia sindical que a veces está más concentrada en afinidades partidarias que en soluciones permanentes y sólidas. Parecen pesar más, en algunos dirigentes, las ambiciones individuales, que las soluciones colectivas. 

Se requiere de una política presupuestaria consistente y bien administrada, que combata también con vigor los abusos dentro del sistema


Sarmiento es proclive a críticas por sus arrebatos y su cólera, por sus odios, pero también es elogiado por su gran intuición, que produjo un enorme legado para las generaciones que lo siguieron: un sistema público que incluyera a todos, con docentes formados en las mejores teorías pedagógicas de su época, con edificios escolares que honraban la profesión y por su impulso alocado, si se permite esta expresión, en pos de la ciencia y la cultura. Él, que conoció también la falta de oportunidades y el desprecio social, que forjo en su personalidad un resentimiento que se percibe a veces en sus escritos y en sus intervenciones públicas, como recuerda el historiador Eduardo Zimmermann. 

La pregunta siempre regresa y el modo de responderla, determinará el verdadero calibre de los dirigentes responsables en empezar a encontrarla de forma definitiva: ¿conformarán estos días el mismo escenario de siempre, con parecidos actores, con libretos similares y con una obra que no consigue tener el éxito que merece?