Opinión

La muerte de niños de comunidades Wichis

En el Monte Chaco Salteño, ya no cantan más los pájaros

02|03|20 10:35 hs.

Por Jorge González

La grave situación que se está viviendo en el norte de nuestro país debido a la muerte de un sinnúmero de niños pertenecientes a comunidades Wichis, -hecho que lamentablemente ya lo podemos contabilizar por décadas y que sólo ahora gana visibilidad gracias al fenómeno que las redes sociales han provocado en las comunicaciones y al espacio que algunos medios le han dedicado al problema- me moviliza a ofrecer mi mirada sobre la problemática, basada en mis propias experiencias personales en el seno de esas comunidades.

Así, lo primero y urgente a corregir es el deficiente servicio de salud. Parece una obviedad frente al problema que se afronta pero basta estar allí solo unas pocas horas para observar lo insuficiente y desorganizado que está ese vital servicio. Las ambulancias no llegan y, cuando llegan, comienzan a deambular con los niños trasladándolos de un centro a otro porque en la mayoría de ellos no hay insumos. Comenzar por la implementación de un buen sistema de salud es clave para revertir esta situación tan dramática.

El poder contar con puestos sanitarios bien equipados, personal idóneo conocedor de la zona y su problemática, asistentes sociales -en lo posible nativos- apoyados por las autoridades del área a nivel provincial y un buen plan de colaboración con las autoridades educativas, son puntos indispensables para una planificación que vaya al fondo del problema, sin quedarse solamente en el suministro de alimentos y otros artículos de primera necesidad que resultan indispensables pero que de ninguna manera son suficientes para la resolución del problema. 

Soy consciente que ni hoy, ni en el corto plazo, es posible llevar allí servicios de agua corriente y cloacas -sólo por mencionar dos de los servicios esenciales para la vida digna de cualquier comunidad- pero sin duda es posible en corto tiempo construir las bocas de aguas que sean necesarias, instruir a la población en las prácticas aceptadas para potabilizar y depurar ese agua para el consumo personal y doméstico, ya que la deshidratación por la falta de ese suministro esencial para la vida de cualquier persona, más la alta contaminación de lo que pueden recoger en cuentagotas de alguna improvisada canilla o de un rio altamente contaminado por agroquímicos, son causales de innumerables enfermedades infecciosas que sumado a un prácticamente inexistente servicio de salud, muchas veces termina costando vidas. También es importante al momento de construir sanitarios, instruir a la comunidad las reglas básicas que deben seguir para ubicar, respecto de ellos, las fuentes de aprovisionamiento de agua. 

Otro aspecto que requiere especial atención es el contacto que las comunidades tienen, no sólo con perros y gatos, sino también con todo tipo de animales, lo que hace imprescindible la presencia en el lugar de un veterinario que, si bien no en forma permanente, al menos realice visitas periódicas que disminuya drásticamente el riesgo de parasitosis y otros contagios. Ese profesional debería, además, capacitar a algunos miembros de las comunidades sobre calendarios de vacunación, desparasitación, y otras tareas que se encuentren a su alcance. 

Es este mi aporte de algunas ideas que en mi opinión no requieren de grandes inversiones pero que resultan vitales si en verdad se quiere revertir el drama que viven las comunidades alojadas en el monte, abrazadas a lo que les pertenece y resistiendo como pueden, en su día a día, el olvido y desamparo de nosotros, sus compatriotas. 

Deseo con fervor que comentarios e iniciativas vayan en el mismo sentido que aquí propongo, que no caigan en la grieta política, donde la raíz del problema es dejada de lado para dar lugar a acusaciones cruzadas que nada aportan a la solución del problema. 

No puedo dejar pasar la oportunidad de, primero, expresar mi dolor al ver como algunos intentan demonizar a las madres de las comunidades Wichis diciendo que la causa de la desnutrición y las muertes por hambre son culturales, eludiendo así la responsabilidad social que les cabe. Soy testigo presencial de como cuidan a sus hijos con dedicación y cariño, lo que vuelve inconcebibles aquellas aseveraciones; y, segundo, hacer llegar aquel mensaje que en una de mis visitas me entregaron cuando al momento de despedirme pregunté cuáles eran sus necesidades más puntuales para intentar centrar mi ayuda en ello. Se me dijo: 

“Nuestra mayor necesidad no pasa por lo material, pasa porque usted, y quienes lo reciban a través suyo, compartan y difundan nuestro reclamo. Reclamo nunca escuchado y mucho menos respondido por las autoridades de turno. Reclamo siempre basado en que no nos sigan contaminado el río y talándonos el monte, que son nuestras fuentes de vida. 

“Este reclamo ya no debiera ser solo nuestro, sino de todos los que habitamos este bendito país, porque todos ya estamos pagando las consecuencias de los desmontes y contaminación de los ríos, por lo que estamos convencidos que en la generalización de este reclamo es donde reside la única esperanza para nuestra subsistencia, nuestro bienestar y el de las generaciones futuras”.