Fotos: Marianela Hut

Sociales

.

Ramón es “el Gardel del copetín”

01|03|20 19:21 hs.

Por Valentina Pereyra

En una mesa cuadrada que sólo admite dos sillas, Ramón Farha apoya el diario La Voz del Pueblo y su infaltable taza de café, se sienta frente a la puerta de ingreso y desde allí contempla la calurosa mañana de fines de febrero. En las entrañas del barrio Corea, el Zorzal que habita los cristales del bar El Resorte, le sonríe a la clientela que llega cerca de las 11 de la mañana a tomar un copetín y jugar a las cartas. 

El hombre de pelo cano y ojos color cielo, camisa y pantalón perfectamente planchados y zapatos blancos a tono con la estación se pone de pie, camina hacia la barra y se acomoda en una de las banquetas, mira, señala, gesticula y revive la vida familiar que lleva más de 80 años en la misma cuadra, desde que su padre fundó una despensa con expendio de bebidas. 

La historia en el barrio la inició Jacinto Farha, un sirio que arribó al país en 1930 y se casó con Emilia Elías, con la que tuvo dos hijos, Ramón y Graciela. El Turco Jacinto anduvo de mercachifle por la zona de La Pastora y La Horqueta durante 17 años, con sus fardos y valijas a cuestas hasta que abrió junto a un socio un almacén y despacho de bebidas en la calle Gomila, pero el negocio no prosperó. 

El Turco de la Valija -como lo llamaban sus clientes del campo- quería seguir con la actividad, pero como no podía comprar otro local su amigo Julio Cánepa le prestó la plata para adquirir la propiedad de Bolívar 850 allá por los años ‘40. Fue cuando abrió “El boliche del Turco Jacinto”, un almacén, forrajería, despacho de bebidas con todas las comodidades, incluso palenques para que la clientela pudiera atar los caballos. 

Cómo surge 
Al cruzar la puerta el sol ilumina todo el ambiente y perfila varias mesas redondas y otras más altas, cuadradas y más pequeñas que sirven para apoyar los vasos. Cerca del fondo del local está el dueño y señor del lugar: un mostrador revestido con madera oscura y fórmica blanca flanqueado por banquetas marrón claro, paisaje que completan la heladera, la estantería con la colección de las bebidas para el copetín, un almanaque con los colores de Boca Juniors, un cuadro de Carlos Gardel al lado de un poster de una hermosa chica de los años ‘80 y un reloj a pilas que marca tantas campanadas como la hora que indican sus agujas. 

“Me la creí -dice Ramón y señala las ventanas del local- me dijeron que soy ‘el Gardel del Copetín’, así que escribí esa frase con letras fileteadas”. Sin embargo, ese no es el nombre que le puso al bar cuando se hizo cargo en 1975, eligió otro que le recomendó un amigo fanático del programa que hacían Luis Landriscina y Héctor Larrea en Radio Rivadavia, el que Don Verídico contaba anécdotas desde el boliche El Resorte. Bautizado así, comenzó otra historia, en un lugar más grande que el actual, que tenía billar, pool, cancha de bochas, en el que trabajó a toda máquina junto a su esposa Mabel Langenheim que hacía empanadas, pizzas, sandwiches. 

Ramón gira la cabeza hacia una puerta sobre la que cuelga el reloj e indica que él nació en la casa que está detrás, cuando su mamá tenía 13 años y dice que desde los siete vivió solo con su padre, “siempre al lado de él atendiendo el boliche”. Se levanta, va hacia la mesa en la que dejó el diario a medio leer, revisa el celular y vuelve al relato, en el trayecto hacia la banqueta lo atraviesa la melancolía cuando recuerda la muerte de su papá en 1975 y el período en el que decidió alejarse del negocio, alquilarlo y transformarse en apicultor. Sin mediar palabra sale la mirada triste y entra la picardía mezclada con la vergüenza cuando cuenta que la muerte de algunos amigos lo decidió a dejar las colmenas, ya que tuvo miedo a morirse en el campo. “Se me había metido eso en la cabeza -explica- me parecía que yo también estaba en la lista, así que ante eso, volví al bar hace ya treinta años”. 


Fotos: Marianela Hut


Ser peronista 
Ramón salta de la banqueta hacia la mesa en la que dejó cargando su celular porque el ringtone de la “Marcha peronista” interrumpe a todo volumen. “Nací con el peronismo, el primer juguete que tuve me lo dio Evita, ¡Cómo no ser peronista!”. En el ‘50 mi padre lo fue a buscar al correo, era un camión con acoplado y para mi hermana una muñeca enorme que lloraba. Soy peronista, nací peronista porque no hubo más grande que Perón y Evita y esto es como en el fútbol, no podes cambiar de idea y tampoco de club, se puede cambiar de mujer, pero no de idea. Tenía siete años cuando fui a ver a mi abuela a Buenos Aires en un tren que fletó Perón para festejar un 17 de octubre, estuve en la plaza ese día, era un cabezoncito chiquito y sentía eso en la sangre”. 

La actualidad
“Estoy jugando tiempo suplementario y en cualquier momento me tocan el chifle y me dicen: “Vamos que te llevamos”. No pienso en eso, no me la veo venir”, explica jovial, al mismo tiempo que gira todo su cuerpo hacia el salón y confiesa que la clientela le hace compañía, porque los siente familiares más que amigos.

La voz recobra firmeza cuando habla de su familia, “crié a mis hijos David (43), El Cabeza Martín (42) y Darío (40) en el bar y son muy trabajadores. Le estoy agradecido a la vida, a lo mejor no hice lo que pretendí o la suerte no me ayudó o no la supe hacer, pero no estoy disconforme porque me dio hijos y 11 nietos, un buen pasar, estoy tranquilo, no tengo apuros”.

Se levanta, sale a la vereda y le devuelve la sonrisa a El Zorzal que le recuerda quién es. 


            --------------------------

El barrio y un boliche con historia

En la cuadra de El Resorte quedan pocos vecinos “auténticos del barrio Corea”, como los nombra Ramón. “Está Ana Mugnaga, Chela Trenco que me crió porque tenía 14 años, uno más que mi mamá cuando yo nací, entonces era como un muñeco viviente para las dos que me cuidaron hasta que mi madre se separó cuando yo tenía cuatro años. Con Chela siempre fuimos muy amigos, aunque nos peleábamos, pero enseguida nos volvíamos a reconciliar”. 

Con otro gesto extiende el brazo todo su largo hacia la vereda de enfrente y cuenta que allí había una quinta que tenían que atravesar para ir a la Escuela N° 24, para eso, los chicos del barrio sorteaban un molinete de madera y pasaban entre los sembrados. La fisonomía del barrio cambió, pero Ramón todavía ve pasar a los trabajadores de la construcción o fabriles que paraban bien temprano a la mañana a compartir un copetín con sus amigos. “Estoy seguro que los bares se van a extinguir a medida que se vayan yendo los clientes porque los jóvenes buscan otro tipo de lugar para encontrarse, y me parece bien, porque hay que evolucionar”. 

El Resorte tiene mucho para contar 
De pronto baja la vista, frunce el ceño y apesadumbrado dice: “Acá siempre vino gente buena, aunque debo decir que una vez ocurrió algo muy triste”. Fue un hecho funesto que ensombreció al barrio un 11 de septiembre de 1979, cuando un forastero de apellido López comenzó una pelea afuera del bar, acuchilló a uno de sus clientes y se fugó. Años después lo encontraron muerto en Quequén luego de cometer otros crímenes. 

Sale de ese momento oscuro con otra anécdota más amable que cuentan sus manos haciendo un círculo gigante en el aire, para recordar el día en que un hombre llegó al bar a las tres de la mañana para mostrar un auto que se había comprado en Mar del Plata y, para festejar, le regaló a la clientela dos vueltas de bebida. 

Vuelve a su sonrisa afable y asegura que tener su casa detrás del bar fue sin dudas vivir en el bar, por eso los recuerdos familiares se entrelazan con los de El Resorte. Uno de ellos ocurrió un sábado hace cuarenta años, en el que había un mundo de gente, los gitanos que jugaban a las bochas y el resto de la clientela al mus o al truco. Mabel, embarazada del tercer hijo del matrimonio, sintió que estaba en trabajo de parto, así que corrió hacia la casa del único vecino con teléfono, don Vicente Bianchi y llamó un taxi, besó a sus hijos, a Ramón y se fue. “Estaba re-atorado de gente –rememora-, mi esposa en el hospital y los dos chicos conmigo en el bar”. Fue justo en medio del caos que llegó un bandoneonista y le pidió permiso para tocar, aunque a regañadientes, lo autorizó sin advertir que su hijo mayor, David, había traído de su casa una guitarra para acompañar al cliente. Tanto rascó las cuerdas que las yemas de los dedos le quedaron mochas, llenas de ampollas negras. “Al otro día aparece Tato Iacoviello -cuenta Ramón- que era sodero y músico, entonces le pedí que le enseñara a mi hijo a tocar la guitarra, pero como no podía, lo cargó en su moto y lo llevó a tomar clases con el profesor Sanguinetti”. 

            --------------------------

Un matrimonio no arreglado

“No sé qué pasó cuando la vi”, confiesa Ramón sobre el día que conoció a Mabel Langenheim. “Fue a comprar al almacén y no sé cómo salen las cosas, pero salen y, ahí nomás, la invité a salir pensando que iba a rebotar, pero no reboté. Ese domingo fuimos al parque, a comer pizza y se hizo una linda relación, tanto que a los dos meses ya me quería casar, pero como ella no era árabe tenía que ser medio secreto”. 

Mabel tenía 18 años y estaba de novio con un mecánico; Ramón, de 29, era soltero aunque tenía una pareja “oculta”, una mujer divorciada con un hijo, relación que su padre no aprobaba porque quería que se casara con una árabe. Los dos nacieron el 10 de enero, con once años de diferencia por eso Ramón solía decirle: “No sé si no soy tu papá por lo bien que nos llevamos y entendemos”. 


Fotos: Marianela Hut


Blanqueo y “casorio” 
Lo que sintieron fue tan fuerte que a pesar del corto tiempo trascurrido, cada uno “blanqueó” su situación y dejó a sus respectivas parejas para iniciar la relación que los uniría por cuatro décadas. 

Jacinto Farha era un hombre de convicciones que no iba a claudicar fácilmente, así que cuando Ramón terminó el servicio militar comenzó la búsqueda de una novia de la colectividad. Un día se presentó en el almacén un hombre sirio acompañado de su hija. “Me di cuenta enseguida que quería casarme con ella, la atendí a la chica que quería conocerme, pero como me di cuenta del plan de mi padre nunca la invité a salir. Es una mujer maravillosa que se casó con un árabe, pero no conmigo”. 

Ramón siguió con la idea de formar una familia con Mabel así que tuvo que enfrentar al padre de su novia menor de edad, que tenía fama de “tipo bravo”, sin embargo fue al frente y logró su aprobación.

Ramón y Mabel se casaron en el Registro Civil ante su hermana y cuñado como únicos testigos. Chela Trenco, vecina y amiga, preparó todo para que la pareja tuviera su boda en la iglesia católica -según el deseo de la familia de la novia- contra el de Jacinto que era musulmán. Ese mismo día llegó al bar -como todos los fines de semana- su amigo Cantilo Destéfano, colectivero y jugador del club Boca Juniors, que tenía un “programa” y quería que lo acompañara. Ante su negativa, Cantilo preguntó: “¿Qué otra cosa mejor tenés que hacer hoy?”. La respuesta dejó boquiabierto al hombre cuando Ramón dijo: “Voy a casarme”. Mientras trataba de explicar la situación llegó al bar Chela con los utensilios para peinarlo y arreglarlo. Cuando estuvo listo salieron para la Iglesia de Luján, pero era tarde, tanto que la novia tuvo que dar más de diez vueltas a la manzana del templo antes de que llegara. 

“Me casé a todo trapo, alfombra roja, flores, todo lo habían puesto los de la boda que seguía a la nuestra y no puse nada”, recuerda con picardía. Luego fueron al bar, hicieron unos pollos y se fueron para Necochea y de ahí a Mar del Plata por unos meses “hasta que se enfriara todo con mi padre, que cuando volvimos estaba más tolerable”.

La mayoría de sus amigos, clientes y vecinos vaticinaron que la pareja no duraría porque ella era 11 años menor que él y sólo llevaban dos meses de relación, sin embargo estuvieron casi cuarenta años juntos, tuvieron tres hijos y una vida de trabajo. 

Cuando su mujer se enfermó y murió en 2010 acuñó una nueva filosofía de vida: “Hay que estar en el día a día y no planear por adelantado. Ayer fue ayer, hoy es hoy y mañana quizá…” Ramón le había confiado a Mabel durante el último viaje que hicieron que quería vender el bar, comprar una camioneta y dedicarse a viajar con ella por distintas provincias vendiendo productos regionales. Pero la idea no se concretó nunca porque regresaron a Tres Arroyos tras la descompensación física de la mujer, que falleció unos días después. 

“Me conocía las mañas, mi mal genio, cuando faltó traté de rehacer mi vida, pero no pude porque me gusta -como dijo Facundo Cabral- ser dueño de mi soledad y de mi tiempo”, dice sin abandonar su gesto amoroso durante todo el relato.