Carmen Palmieri y Juan Pedro Stefanini (Foto: Horacio Arbasetti)

Sociales

Es la reflexión de sus padres

“Juan Pablo no quiere ganar, él quiere aprender”

15|03|20 13:22 hs.

La casa de los Stefanini, de la calle Buchardo al 800, está más que conmocionada y no es para menos. Es que desde hace un tiempo a esta parte los mensajes, llamados y deseos de buenos augurios se suceden día a día. 


Es porque Juan Pablo, el hijo más chico de Juan Pedro y Carmen Susana Palmieri está por participar en la final del concurso “Cocinero del año”, evento que en España toma siempre ribetes de gran distinción, ahora diferida la final por el coronavirus para la segunda quincena de septiembre de este año. 

Por esto LA VOZ DEL PUEBLO se acercó a la casa de los padres del joven tresarroyense para saber aspectos de su vida y de cómo se inició en este camino de la cocina en su derrotero hasta España. 

Su madre es quien más conmocionada está por esto, en tanto el padre Juan Pedro es como su hijo, muy tranquilo. “Jamás nos imaginamos esto, más porque es el más chico de los tres hijos y por ser quien siempre piensa en la familia. Cada vez que hablamos sólo pregunta por nosotros o sus hermanos, Lucas (41) y Mauro (40). Juan Pablo (38) hace veinte años que se fue a España pero siempre cuenta que cierra los ojos y se pasea por la calle Colón; vive enamorado de Claromecó. Imaginate las playas de San Sebastián por ejemplo; nosotros estamos enamorados pero él sigue pensando en su Claromecó y cada vez que viene lo primero que hace es ir”. 

Del Hostal San Jorge a España 
Juan Pablo, cursó estudios primarios en las Escuelas 21 y 8, y Secundarios en el ex Colegio Nacional. Hasta los 17 años estuvo en el Hostal San Jorge haciendo eventos los fines de semana a pesar de que lo que cobraba era muy poco. Ese verano salió un aviso para trabajar en el Hotel Claromecó y allá fueron su hermano Mauro y él. Finalizada la temporada volvió al Hostal San Jorge y cumplidos los 18 recibió un llamado desde España, de un empresario gastronómico que le ofreció irse a trabajar por un contrato de tres meses, recomendado por un familiar de los Stefanini. 

Cuando contó a su familia la noticia “se nos partía el corazón. Pero nos fijamos en su deseo y en que como él nos lo dijo: ‘allá voy a crecer más en lo que es gastronomía’. El alguna vez había dicho qué lindo sería probar algo en España pero como expresión de deseo o un sueño”, recuerda Juan Pedro. 

Desde marzo de ese año 2000 en que cumplió los 18 hasta el 6 de agosto que tenía que estar en España fueron muchos los papeles que la familia tuvo que gestionar: “El primer año fue hacer una autorización ante escribano para que pudiera viajar. Esto no se podía extender por más de un año, cuando volvió nosotros teníamos todo preparado para hacer la emancipación”, dice Juan Pedro. 

El que se haya ido a España fue para los Stefanini como que a la familia le faltó una pata. Un momento más que duro “pero nosotros siempre pensamos que nuestros hijos eran un préstamo de Dios, un regalo de la vida. El que se fueran en algún momento iba a llegar, pero con Juanpi fue demasiado pronto”, recuerdan.

Luego de tres años en España conoció a la que hoy es su esposa, María Victoria Blanco Marín y tiene dos hijas, Sofía de 10 años y Martina de 6 años. 


Como toda madre “siempre” hay un archivo fotográfico y recortes de diarios que recuerden a cada hijo


Nostalgia 
Ambos padres muchas veces lo recuerdan y hasta se hacen la idea de su recorrido. Cuando se fue para España celular no había, sólo chatear por mail. Había que ir a un cyber, hablar por allí y más de una vez su madre terminó en el sanatorio, por el shock emocional que provocaba la angustia de ese momento y se nota en ambos la emoción de ese recuerdo. 

Una de las cosas más notables es que en su periplo por España siempre ha trabajado en pueblos, no en grandes ciudades y quizás esto le ha ayudado mucho a no sentirse discriminado, todo lo contrario, él ha recibido mucho cariño y respeto. 

Juan Pablo ha estado en restaurantes de los hoteles de la cadena NH española. 

Entre ellos el Ríos de San Adrián en Navarra, en el restaurante Maher, de Cintruénigo, el Hotel Zenit de Logroño y el Hotel Palacio Azcárate de Ezcaray, para finalmente recalar en la localidad de Daroca de Rioja donde desde hace 15 años trabaja en la cocina del restaurante Venta Moncalvillo. 

Daroca de Rioja, en la provincia de La Rioja es un pueblo de montaña, bellísimo, pero tiene sólo 21 habitantes, la gente que trabaja y concurre al restaurante es más que la que hay en todo el pueblo. Tienen una Estrella Michelín -con la que se distingue a los mejores restaurantes del mundo- y también hacen servicios y eventos fuera del mismo y del país. Es un emprendimiento familiar que comenzó la madre y ahora lo siguen dos de sus hijos, Carlos e Ignacio Echapresto, este es el jefe de cocina de Juan Pablo. El siempre dice: “yo no quiero ser un cocinero conocido, quiero ser un cocinero que la gente quiera conocer”. 

Este concurso le ha dado la posibilidad del reconocimiento y que hasta lo vistan empresas de gastronomía; la condición de Juan Pablo es que le dejen tener bordada la bandera argentina. 

Una de las cosas que en la casa siempre se tomó como norma fue el deporte. Por eso Juan Pablo comenzó con natación para luego pasar al hockey sobre patines, al igual que su hermano Lucas. Pero ninguno eligió el deporte de su padre, el básquet, y Mauro -el del medio- como su madre, cero deporte, a pesar de los intentos de Juan Pedro terminó como músico. 

Acá Carmen saca diferentes fotos de Juanpi con patines en distintos equipos y torneos porque como toda madre “siempre” tiene archivo fotográfico y recortes de diarios que recuerden a cada hijo. Acá se nota la grata nostalgia de que ahora lo tienen a 18.000 kilómetros, pero siempre pensando en cómo estará; “para una mamá no se mide la distancia en kilómetros, la medida es del amor, de que vos querés verlos”… cuenta Carmen en el final y Juan Pedro asiente porque aún callado como su hijo no deja de ocultar la emoción con que lo recuerdan.    


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Siempre callado y de bajo perfil

Su madre cuenta aspectos de la vida de Juan Pablo pues desde chico ya era tan callado “que hasta tuvimos que llevarlo a una fonoaudióloga -María Isabel Menna-. Ella quedó impresionada y nos dio un informe que se refería a lo parco que era Juanpi (como lo llamaba cariñosamente) algo que aún se mantiene. El me contaba que en el evento cocina, con los micrófonos ahí, no le llama esto de hablar. Su jefe de cocineros en el restaurante Venta Moncalvillo (en Daroca de Rioja, La Rioja, España) donde trabaja dice lo mismo ‘Juan Pablo es de poco hablar’”. 


Juan Pablo Stefanini, en el institucional de Venta Moncalvillo, juntando verduras de la huerta del restaurante (https://ventamoncalvillo.com/web/)


Su padre agrega que han hecho programas de televisión en el restaurante y “nosotros estiramos el ojo para verlo pero nunca aparece”, cuenta sonriendo sobre el perfil de su hijo… curiosamente igual al suyo, ya que los Stefanini en su mayoría son así, callados. 

Juan Pablo, desde chico, tuvo un vínculo más que importante con la cocina: “A nosotros nos costó todo mucho. Esta casa está hecha por Juan desde los cimientos, rellenar el terreno y armar esto. Costó horrores porque tuvimos los tres chicos, Lucas, Mauro y Juan Pablo, antes que la casa, a nosotros nos faltaba de todo pero la cocina era un trono familiar. Mis hijos todos lo saben hacer, Juan Pablo con tres años, los domingos nos hacía tortas para el mate, marmolada, de naranja, de limón. Era natural para él, yo estaba haciendo pasantías en el Hostal San Jorge y con 5 ó 6 años lo llevaba porque el chef me lo permitía (Carmen también estudió esta carrera en el ISFDyT Nº 33 local). Juan Pablo deshuesaba pollo, limpiaba calamares subido arriba de un cajón de gaseosas, porque no llegaba a la mesa”. 

Emprendedor 
En su pensamiento estaba en que cuando fuera grande iba a ir a trabajar al Hostal San Jorge y a los 12 años llamaron un día a la casa de “los Stefanini” para hacer un pedido de empanadas. Esto era porque Juan Pablo había hecho tarjetas y repartido en la ex fábrica Vizzolini; “yo no hacía comida para afuera –cuenta la madre-. Imaginé que era Juan Pablo; cuando llegó le pregunté y era cierto: empanadas, ñoquis rellenos y pizzas ofrecía”. 

“Llovían pedidos” agrega el padre riéndose. 

Otra de las anécdotas es que cuando cumplían los 15 años a los tres hijos los Stefanini les hacían un regalo que les preguntaban lo que querían y el “cumpleaños grande” a los 18. Imagínense qué pudo haber pedido Juan Pablo… “el Libro de Doña Petrona –cuentan sus padres-. Imaginate que lo pagamos en 12 cuotas de las que todavía están los recibos por ahí, en casa nunca lo tuvimos pero él lo tiene en España”. 

En cada uno de los lugares de la casa hay recuerdo de sus tres hijos pero curiosamente siempre Juan Pablo está en el medio “es el sandwichito de los hermanos. Porque de esta manera así lo abrazamos” cuentan sus padres en el final.