Opinión

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Una revolución silenciosa

08|04|20 10:22 hs.

Como sucede casi siempre, los cambios se producen debajo de la superficie de los acontecimientos cotidianos, que obturan muchas veces nuestra visión. A veces se intuyen, por ese motivo se nombran y se intentan explicar. Pero generalmente, las transformaciones ocurren y modifican el estado de las cosas, sin poder precisar su verdadera e inusitada importancia. Es que la velocidad de las noticias, el impacto de la crisis sanitaria y económica a nivel global y doméstico, naturalmente distraen nuestra mirada y atención de lo que se está produciendo en millones de hogares argentinos. 


Lo que ocurre es que las casas, sin importar formas, tamaños, ubicaciones, condiciones sociales, económicas o número de integrantes, se han convertido en aulas. Las de los docentes y las de los estudiantes de esos docentes. Aulas sin bancos, con horarios sin timbres, con reuniones y clases virtuales en algunos casos, con consultas por mail o WhatsApp, respondidas del mismo modo o por mensaje de voz. Grupos de estudiantes y docentes que se conforman y se denominan seriamente, “cuarto Biología”, o relajadamente, “los copados de sexto”, en las redes sociales para intercambiar conocimientos o videos cortos de saludos y de aliento. Extraordinarios directivos y maestros y maestras que se las ingenian para superar las barreras que supone la falta de conectividad en muchos hogares, agudizando el talento y la creatividad, para que todos y todas lleguen y estén en ese aula, en que se ha transformado la República. Quizá el sueño de Sarmiento se refería a otra realidad futura cuando quería hacer del país una escuela. Pero ese día llegó, por la fuerza de las cosas y por la extraordinaria eficacia del personal docente argentino. Mérito de ellos y ellas, no de ningún gobierno, porque las vocaciones pertenecen a las personas y son gobernadas por sus mejores pasiones. 

El ciclo lectivo comenzó y no hay vacaciones. Solo hay que mirar al interior de las familias argentinas, no dejar de contar lo que allí ocurre, para, de este modo, acallar a los profetas del desconsuelo, parafraseando mal a otro argentino autodidacta, ubicado en las antípodas del sanjuanino pero con una extraordinaria pasión, al igual que él, por las cosas nuestras, Arturo Jauretche. 

Las casas, sin importar formas, tamaños, ubicaciones, condiciones sociales, económicas o número de integrantes, se han convertido en aulas


Mucho se ha escrito sobre la tecnología en las escuelas, mucho también se ha hablado de lo atrasado que estamos en esa materia. Quizá sea cierto en algún punto. Pero bastó una realidad impensada, para poner en acción todo aquello que se venía estudiando y analizando. Pero nada podrá reemplazar a la experiencia humana del aula, al contacto personal milenario que supone el acto docente. El aprender en grupo, valorando los matices, compartiendo un espacio común, en libertad. El peligro es suponer que la rama puede reemplazar al árbol. El tronco de cualquier sistema educativo, son sus docentes y las ramas, son los recursos que utilizan para que el fruto madure y pueda llegar a su máxima expresión. Sumados, conforman un bosque, que oxigena al país en tiempos de incertidumbre y dota a sus hijos e hijas de esperanza en el porvenir. 

Estamos viviendo un gran cambio, una revolución insospechada. Pero que requerirá de ajustes, de dirección y de una transformación de la valoración social de la labor que se hace en las escuelas. Ellos y ellas, sus docentes, están habitando en la trinchera y usan también delantal blanco. 

Como siempre, siguen enfrentando las enfermedades sociales más terribles, la pobreza y el hambre, día a día, clase a clase. Están repletos, como no mencionarlo, de cicatrices que no son visibles, porque están en el interior de sus corazones. Sin embargo, ahora, de otro modo, con otras armas, enfrentan los males que suponen la incultura y la falta de oportunidades, potenciadas por un mundo en crisis. 

Y es en medio del desasosiego, en la peor época del mundo contemporáneo, cuando construyen su revolución silenciosa, cuyo mayor premio es saber que tal o cual venció sus miedos, limitaciones y rebeldías, para finalmente aprender.