Mercedes posa para la foto en su coqueta casa de la calle Sarmiento. Con una sonrisa, como durante l

La Ciudad

Mercedes Colantonio

“Para mí era una fiesta ir a la escuela todos los días”

24|04|20 08:32 hs.

“Cada vez que nombro a las escuelas en las que estuve, se me dibuja automáticamente una sonrisa”, dice Mercedes Colantonio mientras hace honor a la frase. En 1955 se puso el guardapolvo blanco, tomó su portafolio y comenzó la apasionante aventura de enseñar, dar y recibir, crear y aceptar. 


Los caminos de tierra la condujeron hacia Copetonas, en colectivo o en Estanciera, alojándose en el hotel del pueblo con sus hijos o en una pensión de la localidad; los caminos vecinales la llevaron también al Paraje San Juan, a La Tigra, con sol y lluvia, polvorientos, secos o barrosos que la dejaron encajada a mitad de trayecto muchas veces, tanto que un vecino esperaba atento su paso presto a socorrerla con su tractor. 

Salir de su casa hacia las escuelas rurales y no saber a qué hora regresaría era habitual, tanto como el enorme cariño que le brindaban los alumnos, la comunidad y las compañeras. Mercedes nació en Tres Arroyos el 17 de diciembre de 1936, vivió en Betolaza 928 durante su infancia -que en ese momento era calle de tierra- hasta que se mudó a Sebastián Costa al 300. 

Los primeros años de la escuela primaria los hizo en el Colegio Nuestra Señora de Luján y, al mudarse de casa, asistió tres años a la Escuela N°1 mientras que el sexto grado lo cursó en la Escuela N°16. 

Las conducciones de estos establecimientos las ejercieron Bartolomé Recalde y Salvador Romeo respectivamente, a quienes Mercedes estima y respeta, como a sus maestras, la hermana Concepción, la hermana Felisa, o Magdalena Duca, la señora de Díaz Camaño y señora de Pagano en la Escuela N°1, junto a la inolvidable Widelmina Bajardi de Belotti de la Escuela N°16. 

“Tengo muy buen recuerdo de los directores, de las hijas de Salvador Romeo fui muy amiga y tuvimos con la familia una relación muy especial, vivíamos a unos metros de la escuela y pasábamos mucho tiempo juntas”.

El conocimiento de la realidad y el aporte de la comunidad construyeron su experiencia. “Los años me permitieron ver la perspectiva del futuro, en la Escuela N°3 -por ejemplo- aparecieron las primeras computadoras y eso era de avanzada”


En el Tres Arroyos de los ‘50 las oportunidades de estudio eran el bachillerato en el ex Colegio Nacional o Magisterio en el Colegio Nuestra Señora de Luján que fue el que eligió Mercedes. “Me gustó toda la vida la carrera, tanto, que después de recibirme siempre seguí incursionando en los cursos, seminarios, talleres, todo lo que se podía hacer porque siempre me gustó, hasta ahora”. 

En 1955 se recibió de maestra y comenzó a ejercer al año siguiente haciendo suplencias, la primera “cortita” -de un año- fue en Copetonas, en la Escuela N°25 que tenía dos turnos, a la que regresaría tiempo después. 

Luego trabajó dos años en el colegio Jesús Adolescente, otro año -ya casada- en la Escuela N°38 en San Juan de Bellocq -Paraje San Juan-, en Tres Arroyos hizo suplencias en las Escuelas N° 5, 14 en la 1 y luego en 1964 “la nombraron” en Copetonas donde había una vacante. 

“Elegí en la Escuela N° 25 porque las demás estaban más alejadas todavía y me tuve que instalar allí, ya tenía un chiquito de dos años y venía el otro en camino”.

Trayectoria
“Nos ensamblábamos con mi esposo, un fin de semana iba él a Copetonas -yo vivía en el hotel- y, la otra semana, venía con mis chicos a Tres Arroyos y, seguimos así, hasta que pude pedir traslado después de dos años y fui a la Escuela N° 50 en el Paraje La Tigra”.

A esa institución rural iba y volvía en su vehículo y cumplía funciones como maestra y directora, luego pasó a la vicedirección de la Escuela N° 21 y de allí a la Escuela N° 15 con el mismo cargo durante 10 años. 

Llegó a la Escuela N° 7 en 1980 y permaneció en la institución durante tres años, justo para el inicio de la doble escolaridad, “esa institución tuvo una actuación muy destacada en el barrio porque el niño estaba todo el día en la escuela, igual que los docentes y fue muy relevante ese trabajo. Conocíamos a los chicos en plenitud, como sus padres, la mayor parte de la vida de los niños y la nuestra estábamos en la escuela”. 

“Aprendí mucho en el trabajo directivo y fue un gran desafío”. La doble escolaridad “marcó un hito en el barrio porque los chicos no estaban sólo con los aprendizajes básicos que brinda la escuela, sino en los talleres a la tarde que apuntaban a la vocación o a su ensamble en la sociedad después de finalizar la primaria”. 

En 1984 pasó a la dirección de la Escuela N°3 por ocho años hasta que se jubiló. “Me encontré con un edificio derruido que se reedificó: los techos, la cubierta era de tejas y hubo que hacer muchos metros cubiertos de nuevo, sanitarios. Muchos viajes a La Plata para gestionar las licitaciones, golpeando puertas hasta concretarlo, todo con la ayuda de una Comisión Cooperadora extraordinaria que trabajó codo a codo con las maestras que eran todas buenas y fue una gran familia”.

El conocimiento de la realidad y el aporte de la comunidad construyeron su experiencia. “Los años me permitieron ver la perspectiva del futuro, en la Escuela N° 3 -por ejemplo- aparecieron las primeras computadoras y eso era de avanzada”. 

Mercedes cosechó grandes amigas entre sus colegas y los encuentros con sus compañeras de promoción son frecuentes, “revivimos a través de recuerdos momentos muy hermosos, muchas ya se fueron, pero nos seguimos encontrando a tomar un cafecito o té cada mes”.

“Tengo muy buenos recuerdos de todas las escuelas, las relaciones entre los docentes y las comunidades, los papás de los chicos, las asociaciones de padres, los clubes de madres, fue muy fructífero todo eso, para el docente o el directivo fue muy enriquecedor porque realmente los aportes que te da el medio te hacen pensar, decidir ejecutar pautas que hacen al progreso de la escuela”. 

Cuando se jubiló de la gestión oficial el padre Isidoro Broilo le ofreció la dirección de Escuela “Virgen de la Carreta” en la que estuvo durante dos etapas distintas, la primera desde 1992 hasta 1998 y la siguiente como vicedirectora hasta que problemas de salud la decidieron a jubilarse en el año 2000. 

“Sentí mucho retirarme, pero había que dar el paso después de 29 años”. “Tuve muy buenas compañeras y siempre muy apoyada por los equipos que hacían que conociéramos bien a la comunidad que es fundamental”. 

Es una mujer coqueta, arreglada, impecable, con una marca registrada en sus labios siempre bien pintados, “quiero mucho a la gente, para mí era una fiesta ir a la escuela todos los días, ir a una reunión de amigas o al colegio era lo mismo, la quiero a la escuela y la extrañé muchísimo”. 

Cuando se alejó de las escuelas su espíritu más que inquieto la llevó a ser catequista de la iglesia Nuestra Señora de Luján, formar parte de los Entes Parroquiales y actualmente colaborar con la Parroquia. 

Los cambios 
Mercedes es sabia, conoce el ámbito educativo, está convencida de que el perfeccionamiento docente enriquece al maestro “no sólo el obligatorio, sino asistir a cursos, talleres donde vas canalizando las expectativas que tenés y las podés plasmar en las nuevas generaciones”. 

La comparación entre un mundo educativo y otro llega casi sin querer, “el chico de ahora es completamente distinto al niño de hace 30 o 40 años, la técnica y la ciencia se han encargado de mover en todos los tiempo de la existencia a las sociedades, por eso ahora el niñito viene cargando una serie de conocimientos que le da la tecnología -que fue tan vertiginosa- muy distinto al primer grado que tuve en la Escuela N° 25 de Copetonas cuando comencé”. 

El conocimiento de la realidad y el aporte de la comunidad construyeron su experiencia. “Los años me permitieron ver la perspectiva del futuro, en la Escuela N°3 -por ejemplo- aparecieron las primeras computadoras y eso era de avanzada”


Mercedes reconoce que los intereses de los niños cambian también según sus circunstancias y medio, “Copetonas -por ejemplo- era una zona rodeada de campos y circulación permanente, mientras que en La Tigra los chicos venían de la naturaleza, con una carga afectiva muy grande hacia la tierra, todo es hermoso, sólo son distintos aspectos”.

Es una mujer muy jovial, de palabra franca y muy culta que festeja haber pasado por diferentes “facetas” durante su carrera signada por las variadas características institucionales, “lo que me nutrió y me enriqueció, cuando le pones el hombro y te gusta es fructífero”. 

“Como docente tuve que ir cambiando con los tiempos para trabajar feliz, porque la resultante de un trabajo feliz es estar bien uno, en lo personal”. 

Desde 1957 hasta el 2000 -cuando vio por última vez a un niño en el aula- las realidades fueron muy distintas, el jardín obligatorio le dio más destrezas a los alumnos y hoy la participación del niño es mucho más activa, “muy distinto a obedecer las órdenes de manera más estricta, ni mejor ni peor, cada uno obedecía a una época, todas fueron buenas”.

Su enorme sonrisa y carácter afable la hacen tan inolvidable para sus alumnos, como lo fueron sus maestros para ella. Caminar por el centro es otra aventura que hasta el inicio de la cuarentena sorteaba a diario, “me cruzaba con medio mundo, me gusta conversar, que me reconozcan y ¡cómo no charlar con el que me reconoce! Eso me hace enormemente feliz”. 

La relación permanente con la gente la sostiene y mantiene “jovial”, sigue siendo la directora que todos recuerdan, una Maestra.   

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La familia 
“La presencia de mamá y papá en los años de la adolescencia fueron fundamentales, por eso a esta edad de mis hijos trabajé un solo turno para poder quedarme más en casa”. 

Mercedes conoció a su esposo Pocho en una fiesta de campo de una escuela rural a la fue para acompañar a su amiga que trabajaba allí.

Se casaron después de un poco más de un año de novios y se instalaron en Tres Arroyos. Su marido falleció a los 54 años y luego sus hijos, Gustavo Gerardo -que hace más de 20 años vive en Mar del Plata- y Pablo Nicolás, se casaron e hicieron sus vidas. “Gracias a Dios tuve tantos alumnos, mi vida trascurrió entre mi hogar y la escuela, ambos marcaron toda mi vida”.