Opinión

Editorial

Tres Arroyos, sin excusas ni rodeos

26|04|20 21:46 hs.

Son muchos años, que ya se cuentan en décadas y que rebasaron holgadamente la centena. Generaciones que se van sucediendo, en un sitio naturalmente extraordinario y cercano al mar. Una ciudad, la nuestra, que puede observarse a sí misma con cierta displicencia. Y a veces lo hace y es natural, son muchos sus logros y sus aciertos. Es necesario recordarlos y valorarlos. 


Pero entendemos al periodismo como una voz que debe advertir los males, de buen modo, pero certera y precisamente. De las cosas buenas, ciertas algunas, maquilladas otras, se encargará el propio poder de comunicarlas, a su modo y movido por sus intereses e inquietudes. Para otra cosa funcionan los periodistas, para correr el velo a la mentira, para desentrañar las tramas corruptas y para informar verazmente a los ciudadanos y ciudadanas. Es un oficio que camina, casi como ningún otro, entre los márgenes de la verdad y el engaño, luchando por no caer en este último y terminar escondiendo a la otra, en los territorios de la simulación. Por esa razón, la bien denominada “primera versión de la historia”; ejercida por tantos ilustres argentinos y argentinas, tan dispares ideológicamente, pero de una enorme lucidez, desde Tomás Eloy Martínez hasta Rodolfo Walsh, pasando Victoria Ocampo para llegar a Julia Constela, y obviamente las nuevas generaciones, que no han caído ante las tentaciones del halago, por mencionar solo la más frívola de ellas, para expresar sus verdades y puntos de vista; es funcional siempre al progreso de la democracia y su búsqueda continua de justicia y equidad. 

Este diario, es más joven, que la ciudad que lo vio nacer, pero lo suficientemente longevo para haber recorrido una vida larga en su compañía y convertirse en testigo privilegiado de su historia feliz y, a veces, no tanto. Nuestra ciudad tiene hoy familias con severos problemas sociales y de trabajo y la tarjeta alimentaria, con más de 1600 familias recibiéndola, es una muestra elocuente de una realidad local imposible de no mirar. Un Tres Arroyos, que recibe y vehiculiza mucha ayuda desde el Ministerio de Desarrollo Social en forma de programas, es un lugar en donde el crecimiento con inclusión social, devaluado por una recesión doméstica y potenciado por una pandemia importada, no llega en forma equitativa. Los comedores escolares aumentan en número de asistentes para hacerse de una vianda y muchos estudiantes de las localidades tienen dificultades para trasladarse a la ciudad cabecera para poder seguir estudiando. Es decir, para perseguir parte de sus sueños. Solo esto poco que mencionamos y su combinación, porque los problemas económico sociales requieren una mirada integral, revelan carencias no solo atribuibles a los males de la nación y ahora, del mundo todo. Muchos son fácticamente solucionables y requieren de decisiones nuestras. De nadie más. 

En una época lejana de la Argentina, los presidentes salían caminando de la Casa de Gobierno y entraban en alguna escuela, en años donde la educación era un valor social sostenido desde el mundo político e intelectual. Es un buen ejercicio para los gobernantes de hoy, de todos los rangos y pedigrí político acercarse a las escuelas, cuando esto sea posible nuevamente, entrar en ellas y escuchar una clase, ver cómo acuden sus estudiantes y prestar atención a las peripecias que realizan las familias para que sus hijos e hijas puedan asistir y permanecer dentro de sus aulas, hablar con los equipos de orientación para informarse de lo que se vive en muchos hogares a causa de los impedimentos sociales que ellos escuchan y atienden. Y descubrir también que muchos de nuestros vecinos y vecinas, no conocen nuestras playas o acuden al centro muy poco y con el pudor a cuestas del que mucho le falta, pero que merece más de lo que tiene. Sin fotos, en silencio, en un ejercicio de humildad republicana. Las escuelas son la dinámica viva de lo que ocurre en las sociedades. A pesar de los problemas, y como reflejamos en una editorial anterior, ellas hoy están gestando un revolución educativa firme y silenciosamente. 

Un año más cumplimos el viernes pasado y seguimos mirando hacia delante, creyendo de todo lo que somos capaces. Pero sin dejar de ejercer la obligación profesional de marcar lo que falta. Sin excusas ni rodeos.