Junto a su nieto Gunnar, su hijo Ezequiel y su empleado Sergio Francois

El Campo

Fernando Jacobsen

Rendirse nunca jamás

10|05|20 10:40 hs.

Por Juan Berretta 


 Antes de abrir la tranquera ya vio con claridad las siluetas de las vacas caídas amontonadas junto al alambre. Lo primero que le vino a la cabeza fue que había empezado el mes de mayo. Siempre mayo… 

“Si yo pudiera, a mayo lo sacaría del calendario. No lo quiero ni ver. Esta vez fueron 32 vacas muertas…”, dice Fernando Jacobsen desde uno de los campos que arrienda en San Cayetano con el hilo de señal que le queda. “Más allá de lo económico, me duele por los animales. Pero tampoco creo que esto sea un drama. He pasado muchas cosas graves en la vida y cuando tenés golpes duros, lo económico pasa a segundo plano”, asegura. 

Fernando termina de revisar un lote de maíz, logra ubicar la camioneta en un sector con mejor señal y empieza a desandar sus 59 años en un relato sin pausa y en los que el mes de mayo se lleva un rol tristemente protagónico. Pero en estos días este productor nacido, criado y que todavía hoy vive en Ochandio fue noticia por la muerte de 32 vacas producto de una intoxicación por haber comido trigo de un silobolsa. Entonces la narración comienza por ahí.

Trigo mortal 
El último martes de abril, el sector norte del partido de San Cayetano padeció una fuerte tormenta de viento y lluvia. En uno de los potreros de un campo que Fernando alquila cerca del paraje Chapar, las vacas se amontonaron contra una esquina y la presión hizo que terminaran rompiendo el alambre. Los animales se desparramaron en el lote vecino, donde había un silobolsa de trigo custodiado por un alambre eléctrico. 


Algunas de las vacas que se murieron el 1º de mayo por haber comido trigo


Cuando el miércoles el productor y su hijo Ezequiel hicieron la recorrida de rutina se encontraron algunas vacas comiendo el cereal de un agujero que habían logrado hacerle al bolsón. “Llamamos al veterinario y le contamos lo que había pasado, y que a las vacas se las veía bien”, cuenta. 

El jueves no hubo novedades. Las malas nuevas llegaron el 1º de mayo. 

“Mientras almorzaba en el pueblo me llamó un vecino y me dijo que tenía un lote de vacas tiradas en un potrero. Cuando llegué al lote encontré 25 muertas. El sábado cayeron seis más y el lunes otra. En un rodeo de 140 vacas y 70 terneros fueron 32 vacas muertas en total: una jaula completa, una pérdida económica de alrededor de 1.500.000 pesos”, dice. 

El consumo de trigo les provocó a los vacunos una acidosis que les generó la inflamación del rumen y después la muerte. “Es doloroso ver a los animales ‘reventados’, pero desde lo económico el daño recién lo voy a notar el año que viene cuando voy a tener 32 terneros menos, porque me van a faltar estas vacas que son mi fábrica”, cuenta Jacobsen quien desde hace 37 años es productor agropecuario, siempre en campos ajenos y siempre en el distrito de San Cayetano. 

“¿Qué se me vino a la cabeza? Que había empezado mayo… Qué le vas a hacer, hay que seguir para adelante. No lo pienso demasiado”, asegura Fernando que hoy con su hijo y un empleado trabaja 3000 hectáreas desparramadas en todo el partido y que pertenecen a 27 arrendatarios distintos. La logística la poseen en las afueras de la ciudad de San Cayetano y de ahí parten todos los días para atender las 800 vacas que están distribuidas en ocho establecimientos y realizar las labores que demanda la agricultura. 

“Menos camión y avión, el resto tenemos todo. Contamos con tractores, sembradora, cosechadora, mosquito, extractora y embolsadora”, indica este nieto de inmigrantes daneses que comenzaron a escribir la historia familiar en esas tierras a fines del siglo pasado.  

48 horas fulminantes 
Buena parte de la historia de su vida Fernando la escribió en Ochandio, su lugar en el mundo. Y también lo era de Norma Mosqueira, la madre de sus dos hijos (Daiana y Ezequiel), a quien conoció en la escuela primaria y con quien compartió su vida hasta que una anemia hemolítica se la arrancó en apenas 48 horas. Fue el 23 de mayo 2016. 

“Tuvo una enfermedad en la sangre y se me murió en dos días. Sufrió un paro cardíaco cuando íbamos en la ambulancia a Necochea”, recuerda sobre uno de los hechos más dolorosos de su vida sucedido en el mes de mayo.

“Si después de eso seguí adelante, imagínate qué problema me voy a hacer por 32 vacas muertas”, insiste. Pero la maldición de mayo había empezado nueve años antes. Fue el 3 de mayo de 2007 cuando le tuvieron que extirpar un testículo producto de un cáncer que lo puso cara a cara con la muerte. “Mi madre había muerto de cáncer, así que yo estaba muy asustado. Me tenía que operar y estaba convencido que no volvía del quirófano”, dice. 

Y como prueba de que no exagera cuenta que la semana anterior a internarse en Necochea subió a su hijo, por aquel entonces de 19 años, y lo llevó a la casa de todos los arrendatarios para presentárselo y explicarles que si el no volvía de la operación iban a tener que seguir arrendándole el campo a él. “En esos tiempos sembrábamos unas 1000 hectáreas, y él estuvo a cargo durante un mes y medio, que fue lo que yo tardé en volver a trabajar. El terminó de cosechar y empezó a sembrar. Siempre fue un hijo espectacular”, asegura productor. 

Pero el cáncer y el mes de mayo iban a volver a marcar la vida de Fernando. “A los tres años de haber terminado el primer tratamiento me salió un tumor entre el riñón y la vejiga. El 19 de mayo de 2010 me tuvieron que poner una sonda en el riñón y la tuve que tener ocho meses”, cuenta. 

El riñón debieron extirpárselo y el retrasó la fecha de la operación, en principio indicada para noviembre, hasta enero. “En esos meses me estaban haciendo rayos y yo le pedí al médico que hasta que no naciera mi primer nieto no iba a operarme, porque otra vez, pensaba que no iba a volver del quirófano”, dice. Y así fue, su primer nieto nació el 5 de enero. Un par de días después le realizaron la intervención.  

El crucero del dolor 
Cuando se dio cuenta que había superado otra operación, Fernando decidió seguir el consejo de Carlos Baracco, un coterráneo que tras superar varias complicaciones de salud había hecho un crucero. “Llegué a casa y le dije a mi mujer que nos íbamos a hacer un crucero. Ella no podía ver el mar, lo odiaba, pero siempre vivió para hacerme feliz, entonces aceptó”, cuenta. 

El matrimonio se embarcó en Buenos Aires para navegar hasta Río de Janeiro y regresar parando en Uruguay. Pero lo que era una semana soñada se transformó en una pesadilla para Fernando. “Estando en Brasil me agarró peritonitis. Así que terminé el viaje internado en hospital del barco”. 

Ni bien atracaron en el puerto de Buenos Aires fue trasladado a Tres Arroyos y luego derivado al hospital de San Cayetano. Allí, con su médico de confianza arregló evitar la operación. “Como lo tenía encapsulado, el doctor me propuso una internación de una semana y un tratamiento con antibióticos”. 

Fernando ya había entrado demasiadas veces al quirófano y se eligió el camino alternativo. Tres años después el cuadro volvió a aparecer y ahí sí no quedó otra que la intervención.  


Fernando Jacobsen


Fuera de calendario 
Hay otros dos sucesos fuertes que marcaron la vida de Fernando, pero que no sucedieron en el mes de mayo. El más reciente, y tal vez algo que todavía no ha terminado de digerir, fue un accidente en la manga de trabajo que le costó el 80% de la visión del ojo izquierdo de su hijo. 

“Estábamos en la manga haciendo la yerra y justó un ternero levantó la cabeza, mi hijo estaba mirando, y le pinché el ojo. Fue el 19 de octubre. Lo operaron en Tres Arroyos, le pusieron ocho puntos, y a los 15 días estaba otra vez sentado en el tractor sembrando. Es un fenómeno”, dice Fernando, que en esas dos semanas perdió siete kilos. 

“Fue lo más doloroso que me pasó. Había tomado todos los recaudos de seguridad, pero nos pasó eso igual. Entonces, uno se siente culpable de haberle hecho eso a un hijo”, analiza. 

El otro hecho que lo sacudió fue el fallecimiento de su padre, que nunca superó haber enviudado y un domingo por la mañana decidió bajar los brazos. Fue Fernando el que lo encontró sin vida cuando lo fue a buscar para seguir cosechando un lote de girasol. Un recuerdo que todavía lo lastima. 

“Ante cada cosa que me pasó, yo siempre decidí mirar para adelante y seguir. Y me podrán decir que soy calentón, que es cierto, pero no que ando alunado. Nunca esto de mal humor”, afirma. 

Es cierto, además, que también tiene de las buenas para contar. Como los cinco nietos que le dieron sus hijos, o la relación que viene cultivando con una necochense. 

“Empecé a rehacer mi vida, desde hace dos años tengo una nueva pareja. Yo siempre dije que no quería morirme solo, así que sabía que en algún momento iba a tener una novia. Como también dije que iba a hacer un duelo de dos años. Y lo cumplí”, asegura. Claro que en la vida de Fernando nada parece ser convencional, y eso queda plasmado en su nueva relación. 

“Mi novia tiene el mismo apellido, Mosqueira, y las mismas iniciales de mi primera mujer. Mi esposa se llamaba Norma Beatriz y mi pareja es Nilda Bibiana”. 

A esta altura del texto y de la vida de Fernando, la muerte de las 32 vacas es apenas un detalle.