Opinión

Editorial

Derechos confundidos

10|05|20 18:13 hs.

El historiador Daniel Balmaceda en diálogo con Gerry Garbulsky, físico argentino graduado en Instituto de Tecnología de Massachusetts y organizador de Ted (tecnología-entretenimiento-diseño) Río de la Plata, entre otros emprendimientos que unen ciencia con creatividad, expresó una frase provocativa para describir el momento que vivimos en la Argentina y el mundo. La oración con la cual habitualmente establecemos el límite de nuestra libertad: “nuestros derechos terminan en donde comienzan los de los demás”, es trocada de significado por Balmaceda, en un ejercicio de audacia intelectual que no da de baja el concepto que transcribimos sobre marras, sino que lo refuerza positivamente. Él dice que nuestros derechos individuales se confunden con los derechos de los demás, que su límite se modifica volviendo a este más difuso, que se conectan con los de los otros perdiendo su contorno, para enriquecernos, para no caer en la trampa de pensarnos aisladamente.


El juego de palabras es significativo, porque enfatiza que la supervivencia humana, la derrota de la pandemia y la reconstrucción de la economía suponen una acción más colectiva, más socialmente responsable, que haga eje en un nosotros como comunidades políticas, más que en el sujeto individualista que solo persigue su propio interés. 

Está lección, es uno de los aprendizajes más significativos de todo este período. Pero como toda experiencia que se vive, su adopción como parte de nuestro modo de ser y actuar, depende mucho de lo que hagamos con ella. Se puede ver como una respuesta a una situación excepcional que nos obliga sin querer a pensar en los demás y buscar soluciones en conjunto. Pero solo a causa de la emergencia, para luego volver a ser compartimentos estancos, parafraseando a Balmaceda, concentrados en nosotros y vinculándonos con el resto por un mero interés. 

También puede convertirse en otra cosa, más humana y por ende socialmente más deseable, es decir, comenzar o seguir actuando sabiendo que nuestros derechos se confunden, se necesitan y dependen de lo que todos y todas hagamos con ellos. La circunstancia actual es un laboratorio de esto último. Si la solución dependiera de nuestro individualismo sería inimaginable. Y con un poco de optimismo, su consecución sería lenta, selectiva y extremadamente minoritaria. Una vuelta al darwinismo social de fines del siglo XIX. 

Es un dilema que está abierto. Todos sabemos que muchas cosas van a cambiar luego de estos meses, pero no podemos determinar exactamente qué cosas y cuál será la medida, intensidad y profundidad de lo que se modifique no solamente en nuestras conductas, sino en nuestro comportamiento social. 

Pero el juego de palabras, serio, desafiante, de Balmaceda, introduce un cambio de visión interesante y de la cual estamos viendo resultados palpables en la Argentina. La cuarentena, huelga decirlo, es una solución colectiva y su éxito, sí o sí, depende de una acción, también colectiva. La flexibilización, es una fase de esa misma solución que debería seguir los mismos parámetros que la primera, para terminar siendo exitosa. Lo mismo podría decirse de la educación en esta coyuntura, que implicó de manera abrupta a las familias, sus hogares, a los educadores, a los estudiantes y los directivos, en su hacer cotidiano. Las consecuencias, de vuelta, son todavía difíciles de precisar claramente, pero lo cierto es que el viejo individualismo como concepto central de la arquitectura social quedó deslucido. El ejemplo norteamericano es elocuente: Estados con políticas frente a la pandemia no acordadas entre ellos, ausencia de coordinación federal, un Presidente que manifiesta que el Gobierno no puede dar respuestas a todos, un crecimiento exponencial de la desocupación y un desconcierto general. Cada uno librado a su suerte y posibilidades. 

Los derechos que poseemos y gozamos no deben cambiar. Quizá nuestra manera de concebirlos y practicarlos debería modificarse sin perder la esencia de lo que siglos de una evolución democrática occidental logró conseguir. La confusión es pensar que todo es estable, que las culturas y países no cambian y que fenómenos como el que transitamos dejará todo igual. Quizá una de las certezas más poderosas de este tiempo sea el comprender que nuestros derechos se confunden con los de los demás, que el esfuerzo socialmente acordado es más eficaz que cualquier otra respuesta y que los países traccionan mejor hacia el futuro, cuando no dejan a nadie rezagado y hablan de su éxito, solo cuando los resultados involucran al conjunto. Y solo esto, por sí mismo, es un buen comienzo.