La Ciudad

Por Juan Francisco Risso

Perpetua – Apostillas 3

24|05|20 01:21 hs.


Grandes Asesinatos del Siglo XX. Editorial Sudamericana. Página 87. Sobre el asesino de León Trotsky, en Méjico: “Ramón Mercader no era ni un fanático ni un enfermo. Era un frío ejecutor que cumplió con su deber sin jamás dar muestras ni de arrepentimiento ni de exaltación mística”. 

Leer eso me hizo volar sin escalas a la sala de audiencias, donde zumbaba un enjambre de personas. Muchas. Juicio público. Para quien quisiera observar, la persona más tranquila –lejos- era el acusado. Aún lo recuerdo quitándose una motita de su bufanda en mitad del debate. 

Mi tendencia a caminar por las paredes me ha llevado a envidiar la tranquilidad. Envidié a mi hijo recién nacido cuando lo llevé de la clínica al departamento: ojitos cerrados que no abrió ni siquiera cuando el ascensor se detuvo con cierto ruido. Abrí las ruidosas puertas. Tampoco los abrió. Envidio la parsimonia de mi contador José Cansado, a quien tanto le debo. Primero lo primero. Luego pasa a lo segundo. Todo a su tranco, mi contador. Los envidio. 

Y en la sala de audiencias tampoco era yo el más tranquilo. La familia de la víctima necesitaba justicia. La necesitaba. Y allí estaba Duca, el abogado, tratando de llevar las cosas al homicidio simple. Que también es doloso. Que, eventualmente, cabía. Tuve que jugar de tranquilo para hacer mi trabajo. Llevé dos botellitas de agua, recuerdo. Y algún miligramo de alprazolam puesto. Supongo. También recuerdo que, con el discurrir de la audiencia, la acusación se fue afianzando. Sin prisa pero sin pausa. Y me quedó royendo sólo la polilla de la duda: que no fuese homicidio calificado, que fuese simple. Pero las cosas se iban haciendo bien. Lo digo por la Fiscalía en primer término. Pero un funcionario luego me felicitó por haber llevado prueba propia, en lugar de colgarme del fiscal. 

Parafraseando a alguien, yo digo: “Cuando llegue la suerte, que te encuentre trabajando”. Los jueces ordenaron pasar una grabación obtenida por intervención telefónica. El acusado hablaba con su ex esposa, ella en Olavarría. Típica conversación de quienes saben que son escuchados. La mayor parte del tiempo lo emplearon en formulismos habituales, sin soltar prenda: cómo están por allá, acá también, ¿el tiempo? ¿llovió?, acá no, todo así. Pero todos esperábamos el meollo. No aburrían, aumentaban la expectación. Y llegó.

“¿Qué pasó? ¿Fueron a joder otra vez?”. Eso lo preguntaba el acusado. Deduzco que habría llamado ella. Un allanamiento en Olavarría. Ella asintió. Él pidió algún detalle más. “No, se llevaron una escopeta y…”. Y algo más que no recuerdo. “Bueno, eso no importa, porque esa escopeta siempre estuvo allá” respondió él. Respuesta ambigua, que le cabe a quien es consciente de haber usado “otra” escopeta. Supongo que encendió una luz amarilla en cada cerebro. Pero ella se encrespó: “¿Cómo que siempre estuvo acá?” fue su inmediata reacción. Tres segundos. “Ahhh… sí… siempre estuvo acá”.

El Arcángel Gabriel me susurró al oído: “Serenate boludo, esto está hecho”. Luego miró al acusado y le mostró su espada de fuego. Creo que nadie lo veía. Me relajé, me arrellané en mi silla, estiré la mano y tomé mi vaso con agua. Luego me restregué las manos y me dispuse a disfrutar del paseo. Pero les digo algo: hay que estar. 

El presidente del Tribunal preguntó si alguien quería decir algo. Pedí que la conversación se reprodujera nuevamente. Concedido. El audio lo manejaba el Ayudante de Fiscal, hoy Fiscal, Marcelo Romero Jardín. Comenzó a manipular el cassette y los controles. No me pregunten qué quiso hacer. Tampoco él lo sabe. Finalmente levanté la mano y dije “está bien”, o algo así, y el debate siguió adelante sin más escuchas. Fue mejor. No volvieron a escucharlo, pero todos lo reprodujeron mentalmente: la airada contestación, la vacilación… de eso estoy seguro. Cuando se lo recuerdo, Romero se ríe y abre los brazos. 

 Muchos asesinos profesionales mataban con una piqueta de alpinista. Un piquetazo en el cráneo y ya. Sin ruido. El asesino sale, saluda, se marcha y luego se esfuma. Cuando alguien descubre a la víctima ya es tarde. Pero Trotsky gritó. Y allí mismo lo agarraron. Había custodia. 

Cuando a la pareja de Galetti, allá en su calabozo, se le terminó la paciencia, fue como si gritara Trotsky. Nuestro homicida había planeado coartadas un poco infantiles. El día anterior a su raid delictivo envasó ajíes en vinagre, colocándole al envase una etiqueta con la fecha. Pero esa fecha era la del día siguiente. Cuando, al día siguiente, reapareció en las adyacencias del hotel, como si recién saliera, llevaba el frasco en la mano. Y se lo exhibió a la hija de su víctima, como si esa mañana se hubiese dedicado a las conservas. También saludó a unos vecinos que pasaron en auto. Luego habrían de declarar que había saludado en forma aparatosa, como haciéndose ver. Un sesgo grotesco. 

 La ley se cumple y no se cumple. “Prohibido salir sin cabeza” lo cumplirían todos. “Prohibido respirar” no lo cumpliría nadie. En medio, hay un montón de mandatos que podrían cumplirse o no. Eso dependería…

Pero el Código Penal no prohíbe nada. Dice así: “Se aplicará reclusión de ocho a veinticinco años al que matare a otro…”. Artículo 79, homicidio simple. Por ejemplo. 

 Como diría De Gaulle, bastaría que alguien estuviera dispuesto a pasarse veinte años en la cárcel… Y tanto Mercader como Galetti eran eso: hombres que sabían lo que hacían. Que estaban dispuestos a asumir lo que viniera sin una queja. Mercader purgó veinte años. Galetti no anda tan lejos. La naturaleza humana es fascinante, produce esa mezcla de temor y atracción. Pero a la hora de sacar conclusiones siempre me faltará una pluma para volar.  Complicado. 

Por ejemplo, en lo personal no tengo temor. Nadie se perdería veinte años de su vida por mí. A lo sumo me rayarán el auto con una llave. Y de todos modos tengo decidido llevarlo al chapista ¿se entiende cómo funciona? 

Te interesaría leer