Opinión

Por Juan Francisco Risso

Perpetua - Fin

07|06|20 10:16 hs.

Por cierto que, tras el hecho, la pareja de Galetti era amenazada por él: “a vos te va a pasar lo mismo que al otro”. Sic. Cada tanto renovaba esas sugerentes palabras. 


La mujer no deseaba, para nada, seguir viviendo con él, tras el hotelito. Ni en ningún otro lugar. Pero el -ya- homicida le hizo ver, empero, que “tenían que despistar”. Y quizá por sus antecedentes Galetti resultaba convincente. Agregó que debía ella ir a confortar a la familia, cosa que ella hizo sin saber muy bien cómo hacerlo. En esa casa todos aguardaban descubrir al homicida. 

Allí se me generaría un problema, pues al destaparse todo, los familiares bramaron “¡Entonces ella sabía todo!” No podían creerlo. El problema vino cuando dije que estaba la idea de sobreseerla, para “levantarla” como testigo. Calificarla. 

“¡¿Sobreseerla?!” bramaron. Y agregaron que ella sabía todo, que lo había callado, que poco había faltado para que se salieran con la suya y que era evidente que alguna culpa tenía en todo aquello. Pero la acusación buscaba darle el status de cónyuge, si mal no recuerdo. Que por el vínculo gozan, en esa situación, de entendibles beneficios. Se la dispensa de mandar preso a su propio marido. Y la necesitábamos. 

“¡Muy bien, pedimos que a ella se la acuse!” bramé yo. Y aprovechando el mismo ímpetu agregué: “¡Pero así no metemos presos ni a él ni a ella ¿estamos?!” Suspiros, meneos fatalistas de cabeza, y... nada. La sobreseyeron, como correspondía. Y la mujer fue sobreseída a pedido del propio fiscal Lemble. Porque toda la acusación pivotaba sobre esa testigo. 

Por supuesto, la bombacha hallada había pasado a la historia. Bien poco sabía Galetti en cuestiones de ADN. Y menos se detuvo a revisar si estaba lavada o usada. Pero a todas luces era prueba plantada. Lemble hizo su argumentación -correcta- y el juez Oleaga la sobreseyó. Sólo quedaba en pie aquello de que ella lo acusaba a él para zafar, nada más. Cosa que levantaron más de una vez. Problema menor. Avión nivelado. Que lo digan... 

Un segundo problema fue la declaración del testigo Islas, vecino del hotel. Islas había comentado a Galetti lo siguiente: que por la mañana escuchó la camioneta de Cao. Que a la tarde volvió a verla y saludó al conductor. Que no devolvió el saludo. Galetti, rápido como el rayo, no quiso dejar pasar aquello de la camioneta vista a la tarde. Y le dijo que entonces debía declarar en la DDI. Pero antes le hizo ver que por la mañana Cao no había venido, y que si declaraba eso “iba a declarar una boludez”. Okey. Partieron a la DDI y declaró. 

Mucho tiempo después, las noticias narraron las cosas como fueron. Entonces Islas se dijo: “yo no estaba tan loco, la camioneta vino por la mañana”. Y salió a aclarar las cosas. Bastante enfadado. También habló largamente en el debate oral, donde todos lo vimos y escuchamos: el aleccionamiento de Galetti y las condiciones en que declaró. Un montón de gente alrededor, otro testigo esperando turno y Galetti al lado de él. Y una cuestión dudosa, Galetti juraba que esa mañana Cao no había venido. Y lo creyó. Y así declaró. Tras las noticias Islas resignificaba todo. Y entonces explicó cómo se escuchaban los autos, su paso sobre el pedregullo, si iban o venían, de qué lado tenían el escape. Y que él no había soñado. Y la camioneta de la tarde era de otra persona, claro. De ahí que no saludara. 

Hombre nada miedoso, se produjo con energía y con detalles. Desde un principio la acusación lo tuvo como nuestro. “Fijate como le manejó la declaración a Islas” me animaba Romero Jardín. Y convenció. Punto para la acusación. 

Y tantas cosas más que quedan en el tintero. El homicidio, parece ser, está en nuestro ADN. En las primitivas hordas, quien mataba a otro, lejos de ser mal visto, tenía más... hembras. Sepan disculpar, tenía otras ventajas, pero es la única que recuerdo. Llegado el caso muchos de nosotros mataríamos. Defendiendo nuestra casa, por ejemplo. También una imprudencia puede llevarnos a matar. Pero con el revólver aun echando humo, allí estaría yo tecleando 911, llamando a una ambulancia y declarando ante quien corresponda. No me bancaría el ocultamiento y la consecuente culpa de un homicidio. A ver: 

En un escrito, refiere el fiscal Lemble algo narrado por la pareja de Galetti: “Que después de la muerte de Cao, un día fueron para Claromecó a juntar hongos, y estaban haciendo el desagüe de la laguna de Arenal, por la calle donde habían matado a Cao, y le pregunta a Galetti, bajito, para que no escucharan sus padres, “donde fue…”, y él le hizo un ademán hacia la derecha, señalando el lugar donde después hicieron el canal”. 

Hay homicidios y homicidios. Y hay formas y formas de vida. Yo me anoto en la que me pueda bancar. Fin. En serio.

Por Juan Francisco Risso