El Negrito Alemanni y su madre Cipriana Juan

Opinión

Por Nelson Roberto Alemanni

Tres Arroyos, mi patria

07|06|20 10:58 hs.

¿Qué nos da pertenencia a un lugar? ¿Qué lo hace luego de casi 70 años de ya no habitarlo, al menos en lo físico y cotidiano? ¿Qué me hace hoy tan tresarroyense como aquel ayer lejano? 

Soy Nelson Roberto Alemanni y hoy cumplo 84 años. Por alguna causa, más cercana a la emoción que a la razón, me abrazó el deseo de escribirles. De compartir algunas instantáneas de mi historia. De acercarles así mi reconocimiento y saludos a familiares y allegados, así como a mis conciudadanos. 

Soy el “Negrito”, el segundo hijo de Santos, maestro mayor de obra venido desde Lombardía (Italia). Si alzan la vista, podrán ver su firma en bronce revistiendo todavía fachadas de esta ciudad. Soy hijo de Cipriana Juan, parida aquí, en campo profundo, durante una de las tantas temporadas de cosecha que convocaba a sus padres desde León (España). 

Nací en Maipú 727, por entonces de tierra bien aprisionada, zanjón a cada lado, territorio inmejorable para picaditos y tantos juegos como imaginación teníamos con los pibes del barrio. Calle que me daba, junto a mis piernas, una ventaja inmejorable para birlarle las bicicletas a los albañiles que pasaban a cobrar la quincena. Se las dejaba apoyada en la esquina de Castelli para no ligarme, como alguna vez me ligué, un viandazo.

Soy el que no lograba contener la ansiedad, junto a toda la pibada, de acercarme a orillas de la ruta 3 para ver la ráfaga y el rugir de Volponi, los Gálvez, Fangio, Marimón y otros grandes de las Mil Millas, que seguíamos con la oreja pegada a la Spica. Una aventura única que ocurría en la madrugada profunda y que nos hacía soñar con el día en que pudiésemos pilotear esos autos. 


El Puente Viejo construido por su padre, Santos Alemanni, que unía Claromecó con Dunamar ahora reemplazado por el peatonal


Soy el alumno de la “señorita Llera”, cuyas clases perduran en mi memoria, así como el temor que me asaltaba al sortear los ataúdes que su familia, propietaria de la casa de sepelios homónima hoy desaparecida, exhibía en el salón de la entrada. Hasta allí íbamos, ayudándola a acarrear los cuadernos de clases, algunos de los lieros como “sanción” por nuestras travesuras. 

Fue mucho el tiempo que me acompañó cierta orfandad tras haber dejado, en un frío día de 1950, Tres Arroyos por decisión familiar. Nuevas oportunidades se habían presentado por entonces en Buenos Aires. La gran capital me ofrecía de todo, menos la cercanía con aquellos que quería. Y, claro, los arroyos donde íbamos a bañarnos a escondidas. 

Fue Fabiola Aued y su familia, los dueños de la tienda de ropa La Confianza, quien me recibía en los veranos en que la añoranza me traía de vuelta. ¿Cómo olvidar los chapuzones en Club Costa Sud? ¿Cómo podrían extraviarse de mi memoria los asados multitudinarios en Parque Cabañas? Vivas están las risas de aquellos días como nítidos están los días interminables en las playas de Claromecó junto a mis padres y mi hermano mayor, Hugo. 


Los Alemanni hoy: Paula, Ilda, Nelson, Marcela y Germán


Les dije: hoy llego a los 84. Desde hace unos años, hay hechos de mi inmediatez que se escabullen de mis recuerdos. Hay nombres que escuché y que no podría repetir. Pero, ¿saben?, les puede repetir de un santiamén los apellidos de los hermanos Cimatti, Aued, Ripoldi, Gallardo, Mohamed, Quegles. Todos ellos fueron los que me acompañaron cuando el rugir de los campeones, cuando la frescura de los arroyos, cuando rodaba la pelota de trapo y no había árbol que no pudiéramos trepar. 

Entonces, de regreso al principio de estas reflexiones, ¿qué nos da pertenencia a un lugar? La infancia. Ella, ya fue escrita, nos da la patria. Y así como lo está en mí, Tres Arroyos forma parte de la simiente de mis hijos. Tengo tres, Marcela, Germán y Paula, fruto del amor que me esperaría, a cuatros años de haber llegado, en Buenos Aires. Ese amor, que late hasta hoy, se llama Ilda. Nuestros hijos nos dieron cinco nietos: Agustina, Francisco, Hebe, Valentina y Facundo. En ellos, espero, también germinará la semilla originaria. 

Lo último: permítanme este pequeño espacio para enviarles un saludo particular y querido a las familias Alemanni, Juan, Arán, Vives, Salas, Chedrese, Di Croce, Especi, Puchulu y Sabattini. Para todos mis afectados más sentidos.  

Nelson Roberto Alemanni